Reordenar la universidad

Misma normativa, distinta universidad

El sistema universitario español está formado por universidades que difieren mucho entre sí. La legislación, sin embargo, apenas tiene en cuenta este dato crucial. La misma normativa se aplica, por igual, a una universidad grande que a una pequeña, a una generalista que a una especializada, a una con larga tradición histórica que a otra recién creada, a una privada con ánimo de lucro que a una sin esa finalidad, a una universidad dividida en varios campus desperdigados en kilómetros que a otra concentrada en la ciudad, a una presencial que a una no presencial, a una con más de un idioma oficial que a otra que solo usa el castellano, a una con una contrastada experiencia en investigación que a otra que apenas comienza, etc. Las variables son múltiples, y todo esto debería llevar a una reflexión previa para adecuar la normativa universitaria –que, en todo caso, debiera ser reducida de forma drástica y tajante– a la realidad. No al revés, que es como se hace hoy en día.

Las variables que explican as diferencias entre nuestras universidades son múltiples. 

Una reflexión ausente

Parece que sobre este hecho central no reflexionan demasiado los políticos. Por poner un ejemplo, tengo mis dudas de que los responsables políticos nacionales de los partidos sean capaces de responder, huyendo de tópicos, a preguntas del tipo siguiente: ¿Sobran o faltan universidades en España? ¿Hay demasiados universitarios? ¿El rendimiento universitario es el adecuado? ¿Cuál es la tasa de abandono? Y, sin embargo, si se considera que la universidad es algo importante para la sociedad, deberían ser capaces de decir algo que mereciera la pena sobre todo esto. Estas reflexiones sí las ha hecho la CRUE, pero parece que corresponden más bien (o, al menos, también) a dirigentes nacionales y autonómicos.

Los programas que presentan los partidos sobre la Universidad se limitan a vagas generalidades. 

Basta repasar los programas que presentan los partidos cuando se presentan a las elecciones, sean nacionales o autonómicas: fuera de cuatro vagas generalidades sobre universidad e investigación (del tipo «promoveremos la financiación estable, los títulos de doble grado, pasarelas entre FP y universidad, se impulsará la investigación»), es raro encontrar algo más argumentado y estudiado, y que realmente se presente como plan de actuación creíble, establecido tras una reflexión previa, serena y detallada sobre el tema. De ahí que parezca hasta natural separar en dos ministerios universidad e investigación, sin que nadie atisbe a saber las razones. Los sucesivos intentos de solucionar el problema universitario que han venido haciendo los ministros correspondientes han acabado en un marasmo de leyes, normas, avisos preventivos y dificultades burocráticas que lastran de forma grave el funcionamiento de una institución que solo puede trabajar de forma aceptable bajo parámetros mucho más flexibles y menos oficinescos.

Sin embargo, aun cuando las universidades difieren entre sí, todas ellas siguen un patrón académico más o menos similar: todas tienden a ofrecer títulos de grado y de posgrado. Esto merece una reflexión.

¿Una carrera académica elitista?

Es evidente que solo una parte de quienes se matricularon en el grado cursan el máster (uno de cada cinco, aproximadamente, en España), y solo una parte de quienes cursan el máster pasan a programas de doctorado (uno de cada tres, que son menos del 7% de quienes en su día se matricularon en el grado), como también se señala en el informe de la CRUE citado. Desde esta perspectiva la carrera académica es, por tanto, muy elitista.

En una sociedad democrática todo el mundo que así lo desease y tuviese capacidad intelectual suficiente debería ser capaz de formar parte de ese 7%, sin que se favoreciese, como sucede con demasiada frecuencia, a quienes más disponibilidad económica tienen. Asegurar de forma efectiva que suceda eso debería formar parte central de la política universitaria.

El sistema, en el fondo, no difiere de lo que sucede en otras partes. En EEUU también nos encontramos con una situación similar: muchos estudiantes de grado, que van menguando en número conforme se avanza en la carrera académica. Pero hay un hecho organizativo diferencial entre ambos sistemas que es de enorme importancia. Al igual que el número de estudiantes se puede reflejar en una pirámide de especialización, la propia estructura de las universidades está diseñada también como una pirámide. Dicho de otro modo: hay universidades (llamadas colleges) que solo imparten titulaciones de 2 grados (Associate Degree). Otras universidades imparten solo titulaciones de AD o de grado (Bachelor). Finalmente, una minoría imparte, además del grado, o incluso sin ofertar titulaciones de grado, también titulaciones de posgrado (Máster y/o doctorado).

Una pista: el sistema piramidal institucional

La filosofía de fondo es la siguiente: solo podemos tener una buena selección de estudiantes de posgrado, si hay muchos estudiantes en las titulaciones inferiores. Tan solo una base ancha en la parte de abajo asegura una selección eficiente en la parte de arriba. Solo los mejores llegan. Pero para que puedan llegar los mejores, las universidades se deben especializar en niveles específicos y diferentes.

Un ejemplo claro es el sistema público del estado de California: 116 Community Colleges, CC que ofrecen titulaciones de dos años (2,1 millones de estudiantes); 23 campus –en la práctica colleges independientes– que conforman la California State University, CSU (50.000 estudiantes), que ofrecen el grado y algún máster (aunque en los últimos años el número de estos se ha incrementado ya a hasta 258), y las universidades que conforman la University of California, UC (grado, posgrado e investigación), con 10 campus, varios laboratorios, 286.000 estudiantes, de los que 60.000 son de grado. Tres niveles claramente definidos, con objetivos y ofertas diferentes.

Esto nos puede parecer extraño, pero creo que es este sistema piramidal institucional el que asegura posiblemente que año tras año aparezcan tan bien situadas determinadas universidades norteamericanas (varias pertenecientes a la UC) en todos los rankings universitarios.

La traducción de lo que sucede allá al sistema universitario español requeriría, por ejemplo, diseñar un sistema también piramidal en el que muchas universidades se dedicasen en exclusiva a ofertar solo el grado, y unas pocas se concentrasen, además, en el posgrado que, a ser posible, debería impartirse en inglés para atraer también a estudiantes extranjeros. Y habría que combinarlo con sistemas de becas eficaces, claro. El grado debería bastar para acceder al mercado laboral. 

Otra pista: ordenar el sistema

En mi opinión, no se trata de reducir universidades o titulaciones, sino de ordenar el sistema de forma que las universidades admitan que tienen objetivos y misiones diferenciadas, y especializadas. Al final, en la parte de arriba, pocos estudiantes (como sucede ahora) que acceden a pocas universidades (como no sucede ahora). Pero eso solo es posible si en la base hay instituciones universitarias con objetivos aparentemente más modestos, a las que acceden amplios sectores sociales. Esta modestia contribuiría a asegurar la eficacia del sistema en su conjunto.

 

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