El impacto de la dimensión social en la universidad

Afrontamos las últimas semanas de un curso extraño y, esperemos, excepcional en todos los sentidos. Las incertidumbres propias de la pandemia han afectado directamente a la docencia y a la actividad universitaria. Esta realidad, ha cercenado las expectativas de miles de jóvenes para quienes su experiencia universitaria no se reduce a la adquisición de conocimientos o de un título concreto. Se suma a esto un futuro que, si antes del COVID-19 era difícil, ahora es, además, preocupante. Los cambios sociales y las repercusiones económicas afectan también a las posibilidades de encontrar becas para un posgrado, unas prácticas o iniciar una carrera profesional.

¿Y los jóvenes?

Es importante poner de relieve todos estos aspectos cuando se pretende juzgar a los jóvenes y a sus actitudes ante la pandemia. Es cierto que son mayores de edad, y se espera de ellos una respuesta responsable a una situación sobrevenida y que afecta a todos. Con ello, merece la pena el esfuerzo de ponerse en su lugar e intentar entender cómo les ha afectado y afectará, lo vivido en muchos niveles.

Si bien la dimensión social es una necesidad humana que nos afecta a todos, es también claro que su importancia es mayor en los años de juventud, cuando todavía no existen otros vínculos interpersonales o familiares. El papel de los iguales, de los amigos, o de las primeras relaciones, es clave también para la conformación de la identidad personal. Por eso no se puede menospreciar el impacto que la pandemia ha tenido sobre este grupo de edad, a quien no haríamos justicia pensando que buscan, tan solo, salir de fiesta o divertirse. La actividad social, que también adquiere esas manifestaciones lúdicas, va más allá y tiene unas raíces antropológicas más profundas que deberíamos recordar.

Por eso la vida universitaria también tiene una dimensión social nada menospreciable que, además, interpela a la faceta más profesional del joven y, por tanto, complementa otras posibles.

Con la situación actual, ya estamos pensando en que el curso próximo podamos retomar de manera más estable una cierta vuelta a la normalidad. Me gustaría rescatar algunos elementos que probablemente todos hemos valorado, durante estos meses: el valor de la presencialidad y el de la relación profesor-alumno.

La importancia de la presencialidad

Decía el rector de la Universidad de Navarra al arrancar este curso, que la pandemia nos había enseñado que “lo presencial es un producto premium”. En relación a la universidad como la conocemos, han sido muchas las voces que han augurado su transformación. Se ha planteado, incluso, su fin definitivo ante la posibilidad de ser sustituida por una versión totalmente online y flexible. No me cabe ninguna duda de que todos, instituciones y profesores, hemos descubierto posibilidades en este entorno que no barajábamos hace un año; también que es especialmente bueno para algunos perfiles que necesitan una formación adicional sin poder permitirse el lujo de dejar de trabajar.

Pero para la mayor parte de los jóvenes en edad universitaria, la presencialidad es parte de la experiencia y motor también del aprendizaje. En la universidad no solo se aprenden contenidos del profesor. También se aprende de los compañeros de clase que ayudan a matizar, asentar o incluso cuestionar lo escuchado. Más allá de esto, la experiencia no está completa sin la dimensión social per se: con otras personas con inquietudes profesionales similares a las mías, que podrán ser un día colegas y con quienes desarrollar relaciones de amistad o de compañerismo que ayudan a reforzar decisiones vitales.

Junto con la presencialidad, que obviamente va mucho más allá de la materialidad de ocupar un espacio físico en un aula, el otro elemento que se ha puesto en valor es el que subyace en el corazón de la universidad misma: esa comunidad de docentes y discentes, de alumnos y profesores, a quienes une la pasión por conocer, por avanzar, por mejorar.

La relación profesor-alumno

En la dimensión social de la universidad también se incluye la relación que se establece entre el profesor y el alumno. Ahí se produce un intercambio no solo de conocimientos, capacidades o habilidades, sino también de actitudes ante la vida, de reflexiones personales. En las tutorías, en el asesoramiento o en las conversaciones informales puede surgir una relación en la que ambas partes aprenden. El alumno tiene la posibilidad de acceder a un conocimiento exhaustivo de manera sencilla y ya elaborado; puede también conocer los límites de una disciplina o sus retos de futuro. Y el profesor aprende a calibrar el impacto de su docencia en la vida de sus alumnos, a estimar cómo es percibida su área de conocimiento y a enriquecerse con las sugerencias, preguntas y dudas que le plantean los alumnos. El entusiasmo y el empuje de los jóvenes es parte de la motivación de un profesor. Este, también pone en cuestión su propio trabajo a la luz de la frescura de los recién llegados.

El poder transformador de la dimensión social de la universidad

Uno de los atractivos de la experiencia universitaria es su potencial transformador. En gran medida porque suele coincidir con una edad clave para la toma de decisiones personales y profesionales que marcarán significativamente la vida adulta. Por eso las relaciones que se establecen durante los años universitarios, entre iguales y entre docentes y estudiantes, adquieren un valor especial a la luz de la importancia que tendrán en el futuro. Con fortuna y con un poco de esfuerzo por ambas partes, los alumnos pueden encontrar en algunos de sus docentes a esos mentores que les acompañarán no solo en los primeros años de trayectoria profesional sino, muchas veces, durante toda la vida. Saberse guiado y aconsejado, es un gran valor para los jóvenes que cuentan con un apoyo adicional para iniciar su vida profesional con más confianza.

Toca cerrar el curso y, sobre todo, pensar en cómo recuperar e impulsar a partir de ahora estos tesoros reencontrados durante estos meses.

 

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