La idea de la universidad de Karl Jaspers

Formación, aprendizaje e investigación

Karl Jaspers (1883-1969) fue un filósofo alemán cuya vida transcurrió durante las décadas más turbulentas de la historia de su país. Médico psiquiatra de formación, su insatisfacción por el tratamiento de las enfermedades mentales le hizo interesarse por la filosofía. Antes del estallido de las guerras mundiales, Jaspers ingresó como profesor de esta disciplina en la universidad de Heidelberg, de la que le apartaron durante el régimen nacionalsocialista.

Cuando terminó la guerra y lo readmitieron en la institución, se enfrentó al desafío de la reconstrucción de las universidades alemanas. De esta época, en 1946, es la segunda versión de su libro La idea de la Universidad (Eunsa), en la que expone su visión sobre la función y las tareas de la universidad.

«La universidad tiene la tarea de buscar la verdad en la comunidad de investigadores y alumnos. […] Pues el que en alguna parte tenga lugar una búsqueda incondicional de la verdad es un derecho del hombre en cuanto hombre.» (pp. 17 y 18).

 

La universidad como institución

Para Jaspers, la universidad es la institución que reclama la libertad del aprendizaje. Tiene, así, vida propia, con un carácter supranacional y mundial. «Esto implica que debe enseñar la verdad al margen de deseos o mandatos que pretendieran limitarla desde dentro o desde fuera» (p. 17).

Sin embargo, existe un interés público y social en la universidad, ya que también debe formar a los estudiantes para el ejercicio de las profesiones. Es decir, tiene objetivos reales, pero que se alcanzan en un impulso ascendente del espíritu en la búsqueda inacabable de la verdad.

En la universidad se realiza el originario querer saber, cuyo fin principal es determinar qué puede conocerse y qué no: las posibilidades y los límites del saber humano. Este querer saber es uno, aunque se componga por diversas disciplinas y ramas de conocimiento. Existe una unidad, por tanto, entre todas las ciencias. Y la universidad debe buscar esta verdad a través de la ciencia, pero también tiene la obligación de enseñarla.

«En la universidad se reúnen personas en una institución para la profesión de buscar la verdad mediante la ciencia y de transmitir la verdad» (p. 19).

 

La esencia de la ciencia

Por tanto, la ciencia debe ser ejercida y enseñada en la universidad como camino a la verdad. Su sentido radica en pertenecer a lo que Jaspers denomina «vida espiritual», que es el verdadero movimiento de la universidad. La ciencia es «el conocimiento metódico cuyo contenido es forzosamente cierto y universalmente válido» (p. 23). Por tanto, la ciencia tiene una serie de límites infranqueables, cuestiones que no pueden conocerse a través de ella.

El conocimiento científico no puede conocer el ser, no es capaz de ofrecer ninguna meta para la vida, y no puede responder a su propio sentido. Si se espera de ella alguna respuesta a estas cuestiones, es inevitable experimentar una profunda decepción. Su valor no radica en su utilidad práctica, sino en que es un fin en sí misma.

Sin embargo, la ciencia necesita guía, ya que, cuando es abandonada a sí misma, acaba deteriorándose. «La ciencia no es, en conjunto, viva y verdadera sin la fe que la sostiene» (p. 38). El móvil esencial de la ciencia es su propio fundamento: el incondicionado querer saber.

«Es un incondicionado impulso en nosotros que nos empuja hacia adelante como si nuestro ser solo pudiera tomar conciencia de sí mismo en el saber. Ningún saber particular nos satisface, por ello continuamos avanzando incesantemente. Con el saber querríamos expandirnos al entero universo» (p. 39).

La guía de la ciencia se realiza mediante lo uno del ser: el querer saber lo que en todas partes es inmensamente real, y la experiencia de lo uno mediante un no-saber alcanzable y cumplido solo en ese saber. Es decir, la ciencia obliga a mirar a la cara a toda la realidad, a todos los fenómenos reales. Esto lleva a la persona a experimentar la conciencia de todo lo que no sabe.

Aquí radica la trascendencia de la realidad, todo aquello que queda más allá de lo que se sabe. Por ello, la ciencia es un camino hacia esta trascendencia. Y esta trascendencia, esta actitud científica, es espíritu, existencia y razón:

«Llamamos a lo abarcador, de lo cual y en lo cual vivimos: espíritu, existencia y razón. Espíritu es la facultad de las ideas; existencia es la seriedad de lo incondicionado en relación con la trascendencia; razón es la total apertura de la esencia» (p. 47).

La filosofía, por tanto, sirve de guía para la ciencia, porque estimula el originario querer saber. Está implícita en las ciencias mismas, en el contenido que escapa al procedimiento científico. No obstante, la filosofía no puede a su vez renunciar a los conocimiento de la ciencia, a la realidad cognoscible, pues todo forma parte de lo uno del ser.

 

La formación científica en la universidad

«En tanto que en la universidad se origina una formación, ésta es formación científica. Ella está determinada por la actitud de la cientificidad en general y por el contenido de las ciencias, que están en primer plano en la formación» (p. 52).

Esta actitud de la cientificidad se caracteriza por suspender las valoraciones personales en favor del conocimiento objetivo, librándola de fanatismos y cegueras. Consiste en la objetividad, en la entrega al objeto. El contenido de la formación, por su lado, incluye las ciencias de la naturaleza y las ciencias del espíritu.

Las ciencias del espíritu estudian el propio espíritu humano, algo que la ciencia natural, que estudia la naturaleza, no puede comprender. Ambas disciplinas tienden a considerarse a sí mismas como prioritarias y más importantes, y, desgraciadamente, no parece haber un ideal de formación que trate de conjugarlas para iluminarse la una a la otra.

 

Las tareas de la universidad

«La tarea de la universidad es la ciencia. Pero la investigación y el aprendizaje de la ciencia están al servicio de la formación de la vida espiritual como el manifestarse de la verdad. La tarea, por tanto, puede entenderse como investigación, como aprendizaje y como formación (educación)» (p.57).

La universidad es una escuela profesional, un mundo de formación y un centro de investigación, unidos de manera indisoluble. Respecto a la investigación, el trabajo intelectual que debe cultivarse consiste en aprender y practicar la ciencia, pero hacerlo con sentido e idea, mediante una conciencia intelectual. Este conocer necesita contenidos, pues cualquier cosa en el mundo debe ser introducida en la universidad para ser objeto de investigación. Las áreas de conocimiento, sin embargo, deben estar en relación con un todo, la universidad no puede convertirse en un conglomerado de escuelas especializadas.

La educación, por su parte, es «la manera de conservarse en sí mismas las configuraciones sociales particulares a través de las generaciones» (p. 69). La educación conforma al individuo como miembro del todo. Hay tres modalidades posibles de educación en función de la relación entre alumno y profesor, todas ellas basadas en el respeto: la escolástica, la llevada a cabo por un maestro, y la socrática. La educación en la universidad es socrática, maestro y alumnos se encuentran al mismo nivel de libertad, ya que son adultos que gozan de autorresponsabilidad. La educación en la universidad es el proceso de formación para una libertad llena de contenido, mediante la participación en la vida espiritual.

El aprendizaje consiste en la enseñanza de los contenidos, que se lleva a cabo a través de las lecciones, los ejercicios y las discusiones. No es posible determinar cuáles podrían ser las formas ideales de llevar a cabo este aprendizaje, pues no puede anquilosarse en un esquema. Las «divergencias personales y los fines particulares del momento hacen que la enseñanza aparezca siempre como distinta» (p. 81).

 

Conclusión.

En su libro, Jaspers también reflexiona sobre la configuración institucional de la universidad o las materias que deberían impartirse. Detalla cómo deberían ser las personas que conforman la comunidad universitaria, la posición del Estado y de la sociedad respecto a ella, y los medios materiales que se deben poner a su disposición. Estas reflexiones son teóricamente interesantes, siempre que se tenga en cuenta que fueron escritas en el contexto de la posguerra alemana.

En última instancia, la universidad debe ser el lugar que permita a los individuos llevar a cabo su proceso espiritual del originario querer saber. Su configuración debe obedecer a ese fin, y debe enfrentarse a los desafíos que lo hagan peligrar. En su seno deben incluirse las ciencias del espíritu y las ciencias naturales, y sus principales tareas son la investigación, la educación y el aprendizaje de los alumnos a través de un proceso esencial de comunicación.

Quizá una de las contribuciones más relevantes de Jaspers para la actualidad es su consideración de que la universidad debe favorecer el camino de búsqueda de la verdad de los estudiantes, pero sin negar al mismo tiempo la necesidad de formar profesionales públicos. La formación profesional se logra a través de este camino hacia la verdad, es una parte importante de este proceso, y una de las funciones esenciales de la universidad.

Otra cuestión de radical importancia también es su énfasis en la unidad del conocimiento de todas las ciencias, tanto espirituales como naturales, junto con su reivindicación de que el empeño primario de la universidad es la búsqueda de la verdad. Esta perspectiva es sumamente pertinente en un mundo académico que parece cada vez más fragmentado y olvidado de su relación con la verdad.

 

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