La inteligencia como categoría moral, o por qué la universidad tiene una responsabilidad con la inteligencia de la civilización

La máxima de Theodor W. Adorno “La inteligencia es una categoría moral” puede sonar un tanto enigmática y extravagante. Sin embargo, es una llamada de atención sobre la moralidad que subyace a cualquier ejercicio de pensar y, por ende, de actuar.

El pensamiento es la actividad que da forma al mundo.

La frase de Adorno, aunque en un primer momento pudiera parecer otra cosa, no apunta a que los actos y pensamientos deban analizarse moralmente a través de la inteligencia, como si primero pensáramos o actuáramos y luego, en un segundo momento, decidiéramos si aquello pensado o hecho es bueno o malo. A lo que apunta, de una forma mucho más incómoda, es a que pensar se erige como nuestra obligación moral antes de actuar. Una obligación de la que, si prescindimos, no podemos excusarnos en la inconsciencia o en la inocencia, sino solo en la elección personal. No hay “ignorancia” inconsciente o inocente; ejercer nuestra inteligencia es una toma de posición que cualquier ser humano, por el mero hecho de serlo, tiene a su disposición.

La visión de la UNESCO

La UNESCO abrió su Acta Constitutiva de 1945 con una afirmación que se vincula directamente con la máxima de Adorno: “Las guerras nacen en la mente de los hombres, por lo que es en la mente de los hombres donde deben erigirse los baluartes de la paz”. Y añade enseguida un matiz decisivo: la ignorancia sobre las formas de vida de los otros ha sido, a lo largo de la historia, la causa primera de sospecha y desconfianza entre los pueblos, convirtiendo las diferencias en guerras, y más concretamente, en guerras de conquista y aniquilación de las otras formas de ser, existir y proyectarse en el mundo.

La responsabilidad ética de las instituciones académicas

Si juntamos la idea de la UNESCO y la de Adorno, el mapa se dibuja solo: si la violencia se incuba en la mente, y si la inteligencia tiene textura moral, entonces la universidad —que trabaja precisamente formando la mente— no puede entenderse como una simple proveedora de títulos.

La universidad tiene una responsabilidad moral. Esta institución no es sencillamente un lugar donde se adquieren competencias instrumentales, o no solo, sino un lugar donde se aprende a responder de manera personal ante el mundo: ante lo que pensamos, ante cómo lo pensamos, ante los presupuestos que perpetuamos sin examinarlos y, sobre todo, ante lo que nuestras ideas y prácticas generan.

Más allá de “ser listo”: la inteligencia como forma moral

En el lenguaje cotidiano confundimos la inteligencia con diferentes nociones que esta abarca, pero que rebasa: rendimiento, rapidez, eficacia, cálculo, habilidad para resolver problemas, etc. El problema de reducir la inteligencia a uno solo de sus atributos es que, si extirpamos las otras virtudes que le dan su amplitud y su sutil equilibrio, la inteligencia puede convivir sin fricción con su peor versión: una inteligencia al servicio de la unidimensionalidad, que independientemente de qué “dimensión” abrace, siempre es inmoral, por ser una inteligencia mutilada.

Son “inteligentes”, entre muchas otras cosas, un mecanismo de propaganda fascista, la creación de una cámara de gas, la optimización de un sistema jurídico injusto o una tecnología que aumente el control sobre las personas. Una inteligencia optimizada es perfectamente compatible con la inmoralidad, y esta nace siempre de la simplificación de otras dimensiones de la vida y de la existencia social.

Raíces filosóficas: Del intelecto griego al equilibrio kantiano

Sabemos que, desde los griegos, la inteligencia -o intelecto- ocupa la posición más elevada en la jerarquía del alma. Sus parientes cercanos a la hora de conocer la realidad -la intuición, la percepción y la imaginación-, tomados aisladamente, son fuentes de error, ya que son inmediatos y no están exentos de equivocaciones. La inteligencia es considerada por los griegos el juez último y el mediador del resto de facultades, sin que esto suponga su dictadura. La mejor prueba del papel humilde pero determinante de la inteligencia es la descripción que Kant ofrece en su Crítica de la razón pura, en la que halaga el sutil equilibrio que la inteligencia ofrece al resto de facultades humanas: “El intelecto no tiene autoridad dictatorial, sino que su sentencia es siempre solo el consenso de ciudadanos libres, cada uno de los cuales debe poder expresar sin reservas sus escrúpulos e incluso su veto”.

Adorno abraza esta idea cuando vincula inteligencia y moralidad: la inteligencia humana no se reduce a la eficiencia de una de nuestras facultades, sino que su fuerza nace de la diligente capacidad para mediar entre ellas. La inteligencia las utiliza todas para construir una cierta sensibilidad, una aptitud capaz de captar lo que una situación exige, para percibir lo que queda fuera de la probabilidad y para detectar la coartada en un argumento que “suena bien”, pero que anestesia la conciencia.

El imperativo categórico: ‘que Auschwitz no se repita’

Lo que se extravía con la separación entre inteligencia y moralidad no es simplemente un aliño sentimental, sino el núcleo mismo de la inteligencia humana: la capacidad de no tratar a los otros como cosa, de no convertir a las personas en instrumentos, ni a los instrumentos en excusas para actuar de forma irresponsable y egoísta.

En su conferencia La educación después de Auschwitz, Adorno formula la exigencia que debe atravesar a toda educación que aspire a llamarse humana: “que Auschwitz no se repita”. Que Auschwitz no se repita debe ser la primera demanda de la educación: Auschwitz como campo de concentración, pero sobre todo Auschwitz como deshumanización que conduce a la barbarie, como utilización del conocimiento acumulado hacia fines inhumanos, como ausencia de conciencia moral y de empatía hacia los otros.

Cuando la educación omite la relación entre conocimiento y responsabilidad, cuando la educación premia el automatismo y la obediencia ciega, la adaptación acrítica o la frialdad burocrática, no solo deja de inmunizar contra la violencia y la intolerancia, sino que las consiente.

La inteligencia de un individuo, y en concreto de un egresado universitario, no se mide por lo que este puede hacer en un puesto de trabajo, sino por lo que puede pero se niega a hacer, por las líneas rojas que reconoce y rechaza, por la resistencia que ofrece ante la deshumanización sibilina que viene envuelta en lenguaje técnico, en protocolos, en la afirmación de que “así son las cosas”.

La paz como arquitectura mental

En su máxima, la UNESCO afirma que la guerra nace en la mente, más que en las diferencias. Esto significa que existen formas de pensar que preparan el terreno para el odio y el rechazo, y que esas formas de pensar pueden extenderse y volverse normales en poblaciones enteras si estas están mediadas por la misma educación automatista y acrítica.

La desconfianza, el prejuicio, la simplificación del otro, el relato que convierte a un grupo humano en amenaza, el desprecio por la complejidad… todo esto se aprende, no viene con nosotros en el momento de nuestro nacimiento. Y del mismo modo puede desaprenderse. Por eso la UNESCO insiste en que la ignorancia -de las formas de vida de los otros, de las diferencias, de los hechos y procesos históricos que han conducido a una situación concreta, etc.- es la causa primera de la guerra.

Cuando no conocemos al otro lo rellenamos con fantasmas. Y los fantasmas no pueden combatirse con eslóganes bienintencionados, sino solo con experiencias compartidas, con diálogo real, con una educación que no sea la mera domesticación para la reproducción mimética de lo que hemos heredado y como lo hemos heredado.

La formación de hábitos intelectuales para la convivencia

Aquí se abre un momento clave para la misión universitaria, puesto que la paz no es un objetivo externo (una política pública), o no solo, sino una competencia interna (una forma de pensar y de habitar el mundo). Construir “resistencia” en la mente no es enseñar eslóganes pacifistas, sino desarrollar hábitos intelectuales y morales, aprender a dudar de lo obvio, a distinguir argumento de consigna, a soportar la ambigüedad sin refugiarse en el dogma, a sostener el conflicto sin convertirlo en ofensa. En otras palabras: una universidad debe formar para interesarse por las diferencias.

 

¿Cuál es, entonces, la misión de la universidad?

Dentro de los muros universitarios solemos enumerar las misiones que tiene nuestra institución: docencia, investigación, transferencia, gestión, innovación. Todo esto es real. Pero hay un elemento mucho más profundo que da sentido a todos los anteriores: la universidad custodia un tipo de relación con la verdad que es incompatible con la propaganda y el cinismo.

La universidad frente a las expectativas del mercado

Esta custodia de la verdad no es solo científica, sino que es principalmente ética. El objetivo de generar y transferir conocimiento no es logístico ni económico, sino civilizatorio. Dicho de manera más clara: la universidad no tiene como misión principal producir “recursos humanos” para las empresas, sino formar ciudadanos capaces de crear y distinguir de entre todo aquello que se puede crear.

“Saber distinguir” es la virtud en la que la inteligencia se topa con la moral, para la que no basta con conocer, sino que se necesita decidir qué merece ser conocido, cómo debe usarse lo conocido, qué consecuencias tendrá y a quién puede dañar.

Esta misión exige algo que hoy no está entre las prioridades de los procesos universitarios: tiempo. Tiempo para leer, tiempo para pensar, tiempo para discutir sin convertir toda discusión en marketing personal, tiempo para equivocarse con honestidad y corregirse, tiempo para aprender que cambiar de opinión no es debilidad.

El desafío de la Inteligencia Artificial y la singularidad humana

Si la universidad se rinde por completo a la lógica de la aceleración —la del “resultado” inmediato, la métrica como horizonte y el currículo como escaparate— corre el riesgo de fabricar perfiles eficaces, pero vacíos: gente muy competente para ejecutar operaciones -que, por cierto, pueden o podrán ser ejecutadas por la Inteligencia Artificial muy pronto- y muy poco entrenada para comprender qué debe ser hecho, así como para resistir a lo que no debe ser hecho -virtudes que los distinguirán de la Inteligencia Artificial-.

Y aquí conviene decirlo sin rodeos: una universidad que enseña a competir pero no enseña a convivir traiciona su misión. Porque la convivencia no es un añadido o un resultado indirecto de la educación. La convivencia es la prueba de que lo que hemos aprendido -sobre la sociedad, la responsabilidad, la justicia, la libertad o la igualdad- ha tomado densidad real.

Tres tareas universitarias para formar una inteligencia con conciencia

1. Recuperar el «para qué» del conocimiento

La tarea más acuciante de la universidad -y de la educación en general- es recuperar la pregunta por el “para qué” de aquello en lo que forma. La universidad no puede limitarse a formar en el “cómo”: cómo investigar en X área, cómo emprender en X negocio, cómo comunicar en X puesto laboral. Debe insistir, casi con terquedad, en el “para qué” y el “para quién”. Estas preguntas, recuperadas a tiempo, impedirán que la inteligencia se convierta en servidumbre.

2. Gestionar el desacuerdo y fomentar la honestidad intelectual

La segunda tarea de la universidad es crear espacios donde el desacuerdo no sea presentado como un conflicto a eliminar. Si las guerras nacen en la mente, una de sus semillas es la incapacidad de gestionar el desacuerdo sin deshumanizar al otro. La universidad debe ser el lugar donde se aprenda a discutir sin caricaturizar, a refutar sin humillar, a escuchar sin reducir a lo propio. Y esto exige prácticas dentro de la propia universidad, como seminarios con gente de diferentes áreas, escritura argumentativa para fundamentar los propios argumentos, lectura lenta y también una cultura institucional que no premie únicamente la eficacia, sino también la honestidad y la valentía intelectual.

3. Maximizar la imaginación moral y la empatía

La tercera tarea de la universidad es maximizar la imaginación moral de sus estudiantes. Llamo “imaginación moral” a la capacidad de anticipar el impacto de nuestras acciones en otras vidas, de ver el mundo desde perspectivas que no son la nuestra y de comprender que la neutralidad puede ser una forma sofisticada de complicidad. La imaginación moral no nace de la teoría, sino de la exposición a lo diferente: otras disciplinas, otras biografías, otras culturas, otras preguntas. Por eso la universidad, cuando funciona, es una máquina de descentrarnos -de nuestra propia disciplina, ideales y objetivos- y de acercarnos a otras formas de ver, pensar y construir mundo.

La universidad como fortificación ante la barbarie

Las máximas de Adorno y la UNESCO nos ponen ante el mismo postulado: lo decisivo nace en la mente, pero la mente no es una burbuja privada, sino que es un territorio político. Allí se forman los fantasmas que hacen posible la violencia o la paz; allí se decide si veremos al otro como amenaza o como interlocutor; allí se juega si el conocimiento será emancipación o herramienta de dominio.

Si aceptamos que la inteligencia es una categoría moral, entonces la pregunta ya no es qué universidad queremos, sino qué humanidad buscamos cultivar en ella.

Y si aceptamos que la paz se construye en la mente, la universidad tiene una responsabilidad histórica: formar en una manera de pensar que no se arrodille ante las injusticias automatizadas, que no convierta la complejidad en unidimensionalidad y que no confunda el avance económico con el éxito de la civilización.

Quizá, después de todo, la misión de la universidad sea solo una: hacer que la inteligencia vuelva a merecer este nombre. Y esto no porque la universidad logre hacer más eficaces a sus estudiantes, sino porque les haya permitido recuperar su capacidad de responder personalmente ante el mundo que están construyendo

 

Comentarios
  1. Martín Tami dice: 29/01/2026 a las 11:49

    Muy interesante. Gracias, Sheila.

  2. Reinaldo dice: 29/01/2026 a las 16:36

    La autora presenta numerosos méritos en este texto: señala la correlación entre el pensamiento crítico y la constitución de organismos, y propone un debate amplio que reubica el papel de las ciencias como un medio al servicio del conjunto.

    Según veo, la inteligencia es uno de esos fenómenos que todos creen conocer hasta el momento en que se ven obligados a definirlo; entonces se enfrentan a su incapacidad para hacerlo. Quizá no porque les resulte ajeno, sino porque no tienen bien definidas sus prioridades.

    Estupendo texto

  3. L dice: 01/02/2026 a las 14:56

    La universidad debe enseñar conocimiento, y esto implica enseñar todas las ideologías de forma equilibrada y objetiva, señalando las consecuencias historicals derivadas del predominio de una u otra de ellas en distintas sociedades. Así el estudiante puede escoger libremente los valores que prefiera bajo un enfoque crítico. Esto generalmente redunda en sociedades menos manipulables, y a la larga instituciones mas estables y tolerantes a la diversidad de puntos de vista.

    Es dificil rebatir que enseñar objetivamente los multiples puntos de vista morales o políticos y sus implicaciones históricas sea una mision importante de la universidad. Pero curiosamente, esto no suele hacerse en aquellas universidades muy alineadas con el slogan «enseñar valores», que a menudo tienen un fuerte sesgo hacia una doctrina religiosa o política concreta .


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