El papel de la universidad frente a la desinformación

Esta entrada es la segunda parte del post publicado por el mismo autor: La universidad frente a la cultura de la cancelación y la era de la posverdad

 

“La verdad requiere rigor; la mentira, imaginación.

Las mentiras se construyen; las verdades se descubren”.

Jorge Wagensberg

Divulgador científico y profesor de la UB

Si la cultura de la cancelación puede que sea pasajera, el concepto de era de la posverdad es mucho más preocupante; va más allá del ámbito político, cuando este se degrada, y utiliza la falsedad para intereses particulares propagandísticos. La posverdad se alimenta de las mentiras utilizando también las redes sociales como medio de propagación que manipula y utiliza los sentimientos y la sensibilidad de las personas. La rapidez de la comunicación y los mensajes cortos y falsos, sin tiempo para poder asimilarlos ni contrastarlos, tienen un consumo y un éxito masivos (trending topic), que dan como resultado la construcción progresiva de un pensamiento negacionista que va calando en la opinión de la gente y resulta devastador para la salud democrática de la sociedad.

Los expertos sitúan el consumismo de noticias falsas más cerca de la sensibilidad que de la inteligencia. La gente tiende más a aceptar las noticias y las opiniones que refuerzan sus sentimientos y sus estados de ánimo, que a admitir una información veraz y contrastada. La posverdad va más allá del puro consumismo sensacionalista informativo, pues pretende cuestionar la misión de los sistemas educativos y de las universidades al cercenar la verdad científica. En realidad, el objetivo de la posverdad es sustituir la razón por la creencia.

La posverdad pretende imponer paulatinamente un relativismo de la ciencia, un poner de igual a igual una verdad científica contrastada con una mentira masivamente aceptada.

Información que desinforma

Retomando el caso de la COVID-19, todos hemos comprobado cómo, junto a la información diaria que se proporcionaba a la población sobre la gravedad de la pandemia, las medidas de protección sanitarias y el avance extraordinario de la ciencia para descubrir las vacunas, había un volumen considerable de información falsa, interesada, manipulada y negacionista como jamás habíamos visto. Dicha información falsa no solo se propagaba por las redes sociales, sino también en los medios de comunicación por parte de políticos electos que intoxicaban a la población con teorías conspirativas que negaban el poder devastador del virus y sus muertes.

La educación siempre ha combatido este tipo de propagada y explotación burda de la ignorancia, pero ahora es mucho más difícil, dado que los nuevos canales de internet y las redes sociales facilitan la diseminación de todo tipo de información. Todos somos autores y lectores, y todos podemos publicar en ellos nuestras opiniones, pero también pueden hacerlo quienes expanden mentiras a sabiendas para manipular a la población con intereses e intenciones no democráticos ni saludables, con sus potentes bots y tecnologías avanzadas. Un análisis optimista de la universidad nos diría que estudiantes y profesores están al margen de este tipo de información falsa que se propaga en las redes sociales, pero lamentablemente no es así. En las universidades, no solo se consume este tipo de posverdad, sino que se propagan y se encargan muchas noticias falsas que perjudican el nivel informativo y educativo de la sociedad.

De hecho, existen decenas de fakes science que se han forjado en el seno de la comunidad científica.

Si a ello le añadimos la presión que se ejerce sobre los investigadores por publicar sin una revisión por pares rigurosa, comprobamos que la universidad también es un foco de informaciones y publicaciones falsas y poco contrastadas.

El papel de la universidad frente a la desinformación

Pero ¿qué pueden hacer las universidades para luchar contra esta plaga de información falsa que se expande entre las bondades de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y que tanto perjudica, en definitiva, la educación y el progreso de la ciencia, de las personas y de la sociedad?

Hacer consciente su existencia e implicaciones

En primer lugar, tomar conciencia de esta realidad tan dañina que intoxica la universidad. Muchas universidades están elaborando y publicando declaraciones a favor de la ciencia y de la verdad. Recalcan y difunden que la misión de la universidad es descubrir la verdad y enseñar en libertad, sin coacción de ningún tipo y basándose siempre en el rigor que aportan la ciencia, el estudio y la investigación. La universidad es un centro de debate y de reflexión abierta y libre. Los principios de libertad de expresión de la Universidad de Chicago son un buen modelo que decenas de universidades de todo el mundo están siguiendo.

Potenciar una formación humanística

En segundo lugar, introducir en los planes de estudios más competencias transversales, que potencien los valores humanísticos y el respeto por el contrario, ya que es la base de la convivencia y la democracia. Para lograr esta competencia, es necesario ampliar el foco de atención de la titulación y evitar una especialización y una atomización excesivas de los planes de estudios, que muchas veces producen titulados expertos en pocas cosas e ignorantes en muchas más. Una educación universitaria profunda, pero también de base generalista, integradora, amplia y basada en intereses diversos, produce un intelecto más rico, cívico y tolerante en el titulado. Muchas dobles titulaciones van por ahí y, seguramente, en un futuro próximo el estudiante podrá diseñar él mismo gran parte de su titulación, con asignaturas diversas y de diferentes universidades.

Nuevas metodologías

Y, en tercer lugar, introducir en las clases nuevas metodologías educativas para desenmascarar las noticias falsas y las argumentaciones tramposas que se consumen diariamente. Algunos medios de comunicación ya lo están haciendo. Es cierto que es imposible desenmascarar todas las falsedades que corren por internet, pero es posible y muy necesario enseñar a los estudiantes cómo deben hallar, analizar y conocer la información rigurosa, qué fuentes informativas son las que contienen la información científica contrastada y qué autores y obras es preciso leer y entender.

En este sentido, las bibliotecas deben incrementar aún más los cursos y las sesiones de formación sobre habilidades de información científicas y verídicas, e integrarlos en las asignaturas de la titulación. Un buen servicio bibliotecario no solo debe tener las mejores colecciones bibliográficas y revistas científicas; también debe preocuparse de que los estudiantes sepan buscar y usar la información segura y verdadera publicada en las revistas científicas, las bases de datos y los libros sobre cualquier tema, sin incurrir en el error de plagiar o copiar textos que se encuentran por internet. Es necesario que aprendan las herramientas fundamentales para estudiar y poder desenmascarar, de forma rigurosa, las falsedades y los intereses que esconden las mentiras que consumen en las redes sociales.

Las TIC, internet y las redes sociales, así como la supercomputación y la incipiente inteligencia artificial, harán avanzar la ciencia y nos proporcionarán, sin duda, unos conocimientos más verdaderos y profundos de las cosas, necesarios para entender mejor el mundo en que vivimos, así que los sistemas educativos y las universidades no estamos solos en la tarea de informar y formar a los ciudadanos. Pero actualmente ocho de cada diez españoles no saben distinguir una noticia real de un bulo y, según Gartner, en el año 2022 se consumirán en el mundo más noticias falsas que verdaderas, de modo que debemos ser conscientes y actuar ante estos problemas si queremos seguir considerando este nuevo siglo la era del conocimiento, y no la era de la ignorancia y de la falsedad.

La universidad debe combatir urgentemente la cultura de la cancelación y la posverdad, porque coartan la libertad de pensamiento y nos abocan al totalitarismo y a vivir en un magma incesante de mentiras, que cada día crece sin cesar.

 

 

Bibliografía

Haidt, Jonathan; Lukianoff, Greg (2019): La transformación de la mente moderna. Cómo las buenas intenciones y las malas ideas están condenando a una generación al fracaso. Traducción de Verónica Puertollano. Barcelona: Deusto.

Levitin, Daniel J. (2019): La mentira como arma. Cómo pensar críticamente en la era de la prosperidad. Traducción de Jesús Martín Cordero. Madrid: Alianza.

López-Burrull, Alexandre (2020): Bulos científicos. De la tierra plana al coronavirus. Madrid: Oberon.

McIntyre, Lee (2018): Posverdad. Presentación de Luis M. Valdés Villanueva; traducción de Lucas Álvarez Canga. Madrid: Cátedra Teorema.

Pinker, Steven (2018): En defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso. Traducción de Pablo Hermida Lazcano. Barcelona: Paidós Ibérica.

 

Descubre más interesantes entradas como esta en nuestro blog

 
Comentarios
  1. […] Enlace al post original […]

  2. Carmelo dice: 25/11/2021 a las 14:57

    Conciencia. Creo que la coyuntura actual resitua a las universidades en la sociedad de este siglo, tan enigmático como predecible (emergencia climática,…), en el compromiso y en la responsabilidad de cumplir con su papel, pese a quien pese. Hacer dejación del mismo es desaparecer.

  3. Dídac Martínez dice: 27/11/2021 a las 12:09

    Totalmente de acuerdo, Carmelo.
    Un abrazo


¿Y tú qué opinas? Deja tu comentario