Las dos culturas, una forma de incultura 

El físico, político y escritor Charles Percy Snow evidenció la existencia y distancia entre las denominadas “dos culturas”. Lo hizo en una conferencia en la Universidad de Cambridge en 1959, que tituló precisamente así. Se refería Snow a la entonces evidente división entre ciencias y humanidades. 

Hoy quizá pensemos que dicha división es cosa del pasado, pero no es así. Es notorio que en España sigue muy presente en todas las etapas educativas y es muy evidente en las pruebas que dan acceso a la Universidad. De hecho, la educación y la sociedad nos van encarrilando, y hasta encasillando, y desde muy temprana edad, en un determinado ámbito del conocimiento. Cuando llega el momento de poner en práctica lo que sabemos, es cuando realmente nos hacemos conscientes de la importancia de haber tenido o no una educación de gran angular y no de teleobjetivo.

En el marco de la nueva Ley de Educación (LOMLOE) se está diseñando una nueva ordenación académica que elimina los itinerarios en 4º de la ESO y amplía el Bachillerato a cinco modalidades. Es un paso. Pero, si bien el diseño curricular puede en sí mismo poner o no orejeras a la educación, en la medida en que se acaba enseñando como se ha aprendido, somos los profesores y profesoras quienes, a menudo, acabamos ahondando las zanjas en las que nosotros mismos hemos estudiado. 

El paso del tiempo nos enseña la importancia de una educación de gran angular. 

De las dos culturas a la incultura

Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), cultura es, en su segunda acepción: el conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico. Por tanto, vivir anclado en una de las dos culturas a las que Snow hacía referencia, es vivir en una forma de incultura, ya que vivir solo en una parte del conocimiento no es compatible con desarrollar un juicio crítico propio ni contribuir a que lo tenga la sociedad en su conjunto.

Las ciencias naturales y las ciencias humanas se bifurcaron en «culturas» diferentes sólo a raíz de la Ilustración.

Entre otras cosas, porque el crecimiento del conocimiento disponible lo hacía claramente inabarcable para cualquier persona. Hoy una persona vive en la corteza del conocimientopor muy especialista que sea en su campo. Ni en la corteza siquiera; apenas en la fina capa de polvo que recubre a esta. Pero si caemos en la tentación de profundizar todo lo posible en el ámbito del saber en el que nos sitúa nuestra especialización y no salimos al menos a pasear por sus alrededores, el lugar en el que ahondamos y ahondamos será nuestra tumba intelectual.

La oferta docente en la Universidad

La mixtura de saberes debe empezar en las primeras etapas educativas. La educación superior no ha de diseñarse para corregir anomalías sino para poder llegar más lejos. En todo caso, no voy a defender a pies juntillas el diseño de las enseñanzas que se ofertan actualmente en las universidades. Creo que es de papanatas pensar que toda la formación que se da en nuestras aulas es adecuada para el ejercicio profesional y hasta para el desarrollo personal y colectivo.

Buena parte de la oferta docente universitaria no se ha actualizado ni suficiente ni adecuadamente para atender la realidad económica y social en la que vivimos. No está adaptada a la vida, intereses y necesidades de los países desarrollados y, por tanto, tampoco a la de aquellos que intentan desarrollarse.

La oferta docente de nuestras universidades, tanto en grado como en posgrado, ha de repensarse y rediseñarse. Y ha de hacerse al menos en tres sentidos: a) añadiendo una mayor flexibilidad a los currículos; b) acentuando la presencia de las humanidades y las ciencias sociales en el resto de áreas del saber y viceversa; y c) atendiendo ámbitos del conocimiento descubiertos por la oferta docente actual, que en general sigue siendo excesivamente canónica.

A la búsqueda de nuevos perfiles

Aunque lo que voy a decir no tiene más valor que el de un ejemplo, creo que es ilustrativo de cómo están cambiando y aún más cambiarán los perfiles profesionales demandados por las empresas. Con frecuencia me preguntan por personas con un perfil de formación y experiencia en tecnologías lingüísticas, ofreciendo buenas condiciones de empleo. También en el centro de investigación que dirijo, el CiTIUS-Centro Singular de Investigación en Tecnologías Inteligentes, buscamos este tipo de perfiles para el proyecto Nós, que busca posicionar el gallego en la economía y sociedad digitales y de la Inteligencia Artificial. Son perfiles que escasean no solo en el entorno regional sino en el conjunto del país e internacionalmente. De hecho, los especialistas en tecnologías lingüísticas, sobre todo los más jóvenes, practican el “job-hopping”, moviéndose de trabajo en trabajo como piezas de ajedrez en una partida frenética.

Las universidades han de ser más ágiles para aportar nuevos grados y posgrados capaces de atender las necesidades y oportunidades que se escapan de sus ofertas canónicas de estudios. Estas, por cierto, son cada vez menos valoradas en el mercado laboral y se asocian a empleos más precarios. De hecho, siguiendo con el ejemplo anterior, no me resulta difícil imaginar el escenario futuro para algunas profesiones relacionadas con los lenguajes, sean lenguajes naturales o los de las máquinas. Hablo, por ejemplo, de los traductores e intérpretes y de los programadores. Aquellos tendrán cada vez menos oportunidades ante el impresionante desarrollo de la traducción automática. Con los programadores ocurrirá lo mismo, cuando se logre automatizar el desarrollo de código, algo para lo que no harán falta tantos años, por cierto.

Para concluir

¿Dónde están los contenidos científicos y tecnológicos que acrecientan el valor de los grados en humanidades y ciencias sociales, y hacen crecer las posibilidades profesionales de los estudiantes?

¿Por qué renuncian las ciencias y las ingenierías a la formación humanística y a todas las habilidades inter e intrapersonales que estas singularmente aportan?

¿Qué presencia tienen en la formación de nuestros futuros ingenieros los contenidos sobre el contexto legal y ético en el que han de desarrollarse y usarse las tecnologías, o el análisis del impacto de las tecnologías y los desarrollos tecnológicos, no solo en los mercados sino, y sobre todo, en las personas? 

Como he dicho antes, sea por acción o por omisión, quienes hacen las políticas educativas y quienes las ejecutamos somos los principales responsables de que se mantenga, y aún se acreciente, esta fenda entre las denominadas dos culturas y, por tanto, se ahonde en esa forma de incultura.

 
Comentarios
  1. Neila dice: 14/10/2021 a las 09:34

    “Una educación de gran angular y no de teleobjetivo.” Muy necesaria reflexión. Si en una clase de matemáticas o ingeniería nos ponemos a hablar de quiénes fueron las personas que desarrollaron esos conocimientos, en qué época vivieron, por qué se hicieron las cosas… te miran raro, parece que estás “perdiendo el tiempo”. Por ejemplo.

  2. José Mª Carrascosa dice: 14/10/2021 a las 10:34

    Magnífico punto de vista. Algunos compartimos plenamente esta visión y la tratamos de poner en práctica. Durante mis años de Decano en la Facultad de Ciencias de la UAM implantamos un Grado en Ciencias con un porcentaje muy alto de diseño del currículum por parte de los estudiantes, y un Grado en Ciencia, Tecnología y Humanidades, todo ello con la colaboración de la UC3M y la UAB. Hay que dar tiempo para que fructifiquen pero pienso que son semillas de futuro

  3. antonio elias fusté dice: 14/10/2021 a las 11:19

    Excelente reflexión Senén Barro, enhorabuena.

  4. Pablo Gervás dice: 14/10/2021 a las 11:21

    Como investigador que lleva más de 20 años trabajando en la frontera entre la inteligencia artificial y la narratología, debo decir que la fractura que describe Senén entre las «dos culturas» es todavía mucho más trágica cuando se considera en términos de cómo se evalúa formalmente la calidad de la investigación en España. La agencia encargada de este menester, la denostada ANECA, sigue empeñada en evaluar el trabajo de los investigadores por áreas compartimentalizadas. El investigador en inteligencia artificial que se aventura a explorar el ámbito de la narrativa (o de la psicología) corre grave riesgo de que las publicaciones resultantes sean consideradas «ajenas al área de conocimiento» y no le sean tenidas en cuenta de cara a su valoración profesional. Esto cristaliza la fractura entre las «dos culturas» en términos claros de sueldo y promoción profesional: «si te sales de tu tiesto, pierdes reconocimiento». A efectos prácticos, un chantaje institucional para promover la incultura. Todo el que quiera medrar en la universidad, que se quede encerradito en su tumba intelectual. Muy triste.


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