¡Más madera!, que nos piden explicaciones

Algunos datos generales sobre ciencia y tecnología

Se acaba de publicar (2025) el informe sobre la Percepción social de la Ciencia y la Tecnología que la FECYT elabora desde hace dos décadas. Son 329 páginas que deberíamos hojear.

Yo voy a comentar algunos datos relacionados con la universidad, que (todavía) disfruta de una reputación notable en nuestra sociedad. Pero, ¿qué nos piden? Más madera.

Interés por la ciencia y la tecnología

Cuando se pregunta por temas que interesan (sin una lista previa), la ciencia y la tecnología (CyT) aparecen en octavo lugar (13%). Sobre el nivel de estudios, cuando mayor es, más interés se manifiesta (veremos este perfil en más variables), aunque por clases sociales casi no hay diferencia. Se interesan más los hombres (18%) que las mujeres (9%) y el interés decrece con la edad para todos. Pero entre los de 15-24 años, los hombres interesados son el 31% y solo el 13% de las mujeres. Esta diferencia me llama tanto la atención como me preocupa. ¿Fallos persistentes en la educación o inercias sociales que la formación aún no corrige?

Afortunadamente, si se pregunta específicamente, la CyT interesa al 44% de las personas. Este interés creció entre el 2004 (7%) y el 2018 (16%), pero desde entonces se ha mantenido o bajado un poco, a pesar del incremento de las actividades de divulgación científica.

Coste riesgo-beneficio y confianza en la CyT

El 64% cree que los beneficios de la ciencia superan sus riesgos, sobre todo en el ámbito sanitario, reflejo del susto del COVID-19. El 76% confía en los resultados de la investigación científica. Sin embargo, la confianza depende del nivel educativo: alcanza el 86% entre universitarios, pero solo el 58% entre quienes tienen estudios primarios. Una prueba más de que aumentar el nivel de estudios de las personas es un objetivo deseable y útil para una sociedad que quiera basar sus decisiones en evidencias.

La confianza en las instituciones vinculadas a la investigación es alta: hospitales (83%), universidades (76%) y centros públicos de investigación (68%). Menos, en empresas y gobiernos. Esto es consistente con que el 57% piensan que las decisiones políticas deberían basarse más en evidencias científicas, frente al 24% que piensan que nuestra sociedad debería confiar más en el sentido común, que aún nos haría creer que el Sol gira alrededor de la Tierra. El mismo nivel de confianza se manifiesta sobre las personas que hacen CyT: médicos/as, científicos/as, profesores/as e ingenieros/as.

Nivel de información

El nivel de información que manifiestan tener sobre temas de CyT es medio (3 en una escala de 1 a 5), aunque esto ha mejorado desde los inicios de la encuesta. Los principales medios por los que recibe esa información son TV (47%), redes sociales (39%) y vídeos (32%). Aquí, las diferencias por edad son las esperables: cuanto más jóvenes más de redes y YouTube. Eso son los medios, pero las personas y organizaciones que se consideran más adecuadas para explicar CyT son las universidades y centros públicos de investigación (81%) y divulgadores/as (65%). Por otra parte, a la pregunta de ¿Qué actividades relacionadas con la CyT ha hecho?, las dos más mencionadas son charlar con amigos y familiares (64%) y ver/escuchar programas de TV o radio (62%).

En síntesis, la universidad mantiene un alto crédito social, pero esa confianza implica una obligación: conectar mejor con una ciudadanía que pide comprender, no solo estar informada. Su papel no es solo generar conocimiento y hacerlo accesible, sino también combatir desigualdades sociales y mantener viva su curiosidad científica.

Lo que más me llama la atención

La información que se recibe se considera, por una parte, verdadera (70%) y comprensible (69%), pero, por otra parte, superficial (67%). La información recibida ofrece una imagen positiva de la CyT (85%), pero se considera insuficiente (80%). Mi sorpresa viene de que, si no estoy muy equivocado, está triunfando la idea de que, para llegar a la sociedad, hay que simplificar los mensajes, pero lo que estos datos manifiestan es una demanda de información más detallada y que se expliquen las cosas con más profundidad. ¿En qué quedamos?

Lo resumo: las personas entienden lo que contamos, se lo creen, pero quieren más detalles.

Yo pensaba que íbamos hacia el memeworld, la trivialidad, hacia la simplificación, y lo que nos piden es ¿más madera? Eso parece. Yo creo que un meme es útil porque puede provocar curiosidad, pero no comprensión y el riesgo de facilitar la transmisión del mensaje es grande. Si lanzamos ideas, sin espacio para aportar las evidencias que las apoyan, otros también podrán hacer lo mismo. La diferencia entre el conocimiento científico simple y bulos es muy pequeña. Casi tienen el mismo soporte: ninguno. Hay que dar espacio para las explicaciones. El diagnóstico es claro; la solución no tanto. Conviene volver a Mencken (1921): «Siempre hay una solución bien conocida a cada problema humano: clara, plausible… y equivocada».

Hay que movilizarse contra las ideas equivocadas, aunque las soluciones no sean claras ni plausibles.

Tenemos recientes los microchips de las vacunas del COVID, la transmisión de virus por 5G, el terraplanismo, … Pero también hemos tenido a lo largo de la historia lo del terror de cambio de siglo (los milenaristas) y su versión más moderna del efecto 2000, que predecía la hecatombe informática. No estamos a salvo de credulidad. Y es que debemos reconocer que, en algunos momentos, la fomentamos (lo que viene no es apto para menores): Santa Klaus, los Reyes Magos, el ratoncito Pérez, el hombre del saco, los duendes, el hada madrina, … Sin hablar de que, en algunas universidades públicas explicamos a las 9 de la mañana cómo se genera el conocimiento científico y a las 10, la Biblia como fuente de conocimiento, como consecuencia de los Acuerdos con la Santa Sede.

Además, hay que hacer algo más difícil: normalizar el hecho de hablar de lo que no sabemos. De las conclusiones a las que nuestras investigaciones no nos permiten llegar, de aceptar que hay cosas que todavía no conocemos.

El reto

El desafío es encontrar un equilibrio: ser capaces de abrir puertas con mensajes simples, dedicando tiempo a mostrar lo que hay detrás de esas puertas. Quizás debamos aspirar a formatos diferentes para momentos diferentes: un mensaje breve para captar la atención, un relato narrativo para quienes buscan contexto y la publicación académica completa para quienes requieren toda la información. Es probable que haya que hacerlo así y, sobre todo, con responsables diferentes. Hay que dedicarle tiempo y recursos a crear conocimiento y a informar sobre él. Hemos avanzado mucho, pero los de las ideas equivocadas también han avanzado. Una gran mayoría considera que todos los responsables (públicos y privados) deberían invertir más en investigación. ¿Lo tomamos como una demanda social? Yo creo que es demanda y es necesidad, vistos los riesgos.

Por último, algo que también vinculo a la falta de formación. Casi la mitad de las personas manifiestan no está interesadas en involucrarse en la toma de decisiones sobre cuestiones científicas, mientras los científicos/as se ocupen de ello (45%). Solo al 16% le gustaría poder opinar en estas decisiones. Esto manifiesta una confianza en científicos/as amplia, algo positivo. Sin embargo, tanta confianza puede provocar el riesgo de que las personas que se dedican a la ciencia puedan encontrarse solas, sin apoyos a la hora de hacer demandas, como la de mayor financiación, reconocimiento, condiciones laborales, independencia, …, lo que puede generar desánimo y desafección.

Esto plantea una pregunta “al revés”. Normalmente nos preguntamos cómo implicar a los científicos en las necesidades sociales. Lo que aquí propongo es buscar cómo implicar a la sociedad en las necesidades de sus científicos/as.

Si esa doble dirección se diese, me pregunto si se aumentaría la investigación en migrañas, los dolores de cabeza, la endometriosis o los trastornos de ansiedad, que, afectando desproporcionadamente a las mujeres, atraen muchos menos fondos, como documenta Kerri Smith en la revista Nature (3 de mayo de 2023).

Despacito, deja que te diga cosas despacito…

La universidad no solo transmite datos, sino que también forma una manera de mirar el mundo: la disposición a aceptar la complejidad, a convivir con la incertidumbre y a sospechar de las soluciones rápidas o demasiado sencillas. Esa es una de las grandes aportaciones de la universidad a la sociedad, lo que implica una gran responsabilidad.

Ahora queremos pedir que cada investigador demuestre el impacto social de su actividad. Hay que tener permanentemente presente que los likes no salvan vidas. En eso estaremos de acuerdo. Pero, por si acaso, recuerdo que en ocasiones no medimos lo que queremos medir (el impacto social) sino lo que podemos medir (por ejemplo, las citas). Como todo ese debate ya lo hemos tenido, intentemos no volver a repetirlo ahora con los “me gusta”.

La universidad debe resistirse a la simplificación. Nuestro papel es hacer pensar despacito e invitar a convivir con la duda.

No se trata de renunciar a comunicar en redes o en formatos breves, sino de no confundir la forma con el fondo. En la película de los Hermanos Marx se destrozaba el tren de vapor -el fondo- para que fuese más rápido -la forma- al grito de “¡más madera!”. Más madera, sí, pero no la del propio tren. Lo dejo aquí como alegoría.


 

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Comentarios
  1. Fundación Sociedad y Educación dice: 22/10/2025 a las 11:51

    Espléndida entrada de Javier. ¡Gracias!


¿Y tú qué opinas?