‘¿Para qué sirve esto?’ La pregunta que está matando la universidad (y la respuesta que está resurgiendo en Estados Unidos)
Es curioso cómo una pregunta tan sencilla puede retratar todo un sistema. «¿Esto entra en el examen?» o «¿Para qué sirve?» son preguntas presentes en nuestras aulas y, como dice el maestro Higinio Marín: «esta es la pregunta menos universitaria que hay» porque se plantea desde una visión estrictamente utilitarista. Los mismos alumnos que las plantean en los colegios son los que luego pasan a la universidad.
No es que los alumnos sean vagos (muchos de los habituados a este tipo de preguntas son los más trabajadores); es que han aprendido a sobrevivir en un sistema que ha convertido la educación en un trámite burocrático: aprobar, acumular créditos y conseguir el “papelito” que abre las puertas laborales. Lo demás, da igual.
El pragmatismo y el vacío en la educación superior
Este pragmatismo feroz ha transformado muchas aulas en fábricas de técnicos que, paradójicamente, empiezan a tener los días contados con la explosión de la inteligencia artificial. Pero no todo está perdido. Afortunadamente, muchos de los alumnos intuyen que algo falla, aunque no sepan ponerle nombre. Hay un vacío que ningún nuevo título de máster consigue llenar. Hannah Arendt lo explicó mejor que nadie en Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política:
«La educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación constante de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable».
Aquello que Arendt describe lo percibimos en la sociedad hoy más que nunca. Precisamente ahora, cuando Rosalía habla de un «espacio de Dios» que este mundo no llena, España vive un despertar espiritual que pide una lectura más profunda de la realidad, de nosotros mismos, de la tradición y la cultura que hemos heredado.
Este momento de búsqueda es la oportunidad perfecta para volver a lo esencial, también en el ámbito educativo.
Los colleges norteamericanos, una apuesta por la educación liberal
Respondiendo precisamente a esta necesidad de sentido que muchos jóvenes perciben hoy, hay un fenómeno que no deja de generar interés en el mundo académico: colleges norteamericanos que están haciendo una apuesta muy fuerte por la educación liberal clásica. No con las pedagogías de moda ni tecnologías disruptivas, sino recuperando el núcleo originario de la universidad: la lectura compartida de los Grandes Libros.
El modelo de los Grandes Libros y el rigor intelectual
Hace un año recibí una beca de CEU-CEFAS para investigar en Estados Unidos sobre la educación liberal. Lo que vi allí fue mucho más de lo que imaginaba. Instituciones como St. John’s College, Thomas Aquinas College, Hillsdale College, University of Dallas, Wyoming Catholic College, Christendom College o el Committee on Social Thought de la University of Chicago han generado un currículo que gira completamente en torno a textos originales discutidos en seminarios de veinte alumnos como máximo. Un currículo unificado y coherente.
Cuatro años enfrentándose directamente a Homero, Platón, Aristóteles, San Agustín, Dante, Shakespeare, Tocqueville… con un profesor que guía la conversación y enseña partiendo del diálogo con ellos, programas excepcionales que mantienen vivo el espíritu de los Grandes Libros con profundo rigor intelectual.
Resultados humanos que van allá de los títulos académicos
Un sondeo reciente de la Heritage Foundation hecho a miles de alumnos y antiguos alumnos confirma que en estos colleges sus graduados se casan más, quieren familias más numerosas y mantienen la fe con mayor frecuencia. Esto manifiesta que sus alumnos encuentran respuestas duraderas que les ayudan a vivir.
Cuando un alumno cita de memoria a Antígona («Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor.») o se interroga con las meditaciones de Marco Aurelio sobre qué saciará realmente su alma, algo se mueve por dentro.
La memoria ya no se llena de apuntes para el examen, sino de cuestiones grandes que tienen que ver con él.
¿Cómo eligen los textos en los colleges?
Apenas hay discrepancias en las listas de lectura entre estos colleges. Personalmente me convence la definición de Ortega y Gasset: clásico es «aquello que todavía hoy nos presenta batalla». Porque vaya si la presentan. En St. John’s College, su mejor campaña publicitaria es colgar su lista de lecturas: los alumnos se matriculan porque intuyen que ahí encontrarán lo que la educación convencional no les ofrece.
Incluso las ciencias se enseñan desde el asombro. La naturaleza, como los textos, revela su sentido cuando alguien te ayuda a mirarla bien. Es la misma pedagogía que Witherspoon introdujo en Princeton en el siglo XVIII o que la Ratio Studiorum jesuita (esa joya española de 1599 que exportó el humanismo renacentista al Nuevo Mundo) defendió hace siglos.
No es una nostalgia romántica, es recuperar la mirada más adecuada para el hombre. Como señala Kevin Roberts, presidente de Heritage Foundation, la educación clásica restaura una verdadera antropología: ve al estudiante no como «capital humano», sino como un don capaz de una vida buena y virtuosa.
En Europa también pasa
En Hillsdale College un profesor norteamericano, exalumno de John Senior, me preguntó con alegre sorpresa cómo había surgido el estudio de este tema. Le dije con entusiasmo que Elio Gallego, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad San Pablo CEU, era quien me había propuesto el tema como consecuencia de un gran interés tras haber impulsado desde hace años la incorporación en algunos grados la lectura de grandes textos.
El profesor me contestó asombrado: «No esperaba que Europa se interesara; desde fuera parece que habéis olvidado vuestras raíces». Me dolió oírlo. Pero también me animó. Porque raíces tenemos. Y brotes verdes también.
Innovación humanista en la universidad española
En nuestro país lleva años creciendo el interés por todo este planteamiento. Prueba de ello es el Programa Grandes Libros de la Universidad de Navarra, dirigido por José María Torralba, donde miles de alumnos han debatido textos clásicos. También el Máster en Virtudes de la Universidad Francisco de Vitoria o las iniciativas de educación clásica de Catherine L’Ecuyer. Son señales claras de que algo se mueve en esta dirección.
La educación liberal como antídoto a la cultura de masas
Leo Strauss advirtió hace más de sesenta años algo profético:
«La eduación liberal es el antídoto a una cultura de masas, a los efectos corrosivos de la cultura de masas, a su inherente tendencia a producir nada salvo “especialistas sin espíritu o visión y hedonistas sin corazón”.»
Una escalera, decía, para ascender desde la democracia de masas hasta la democracia como fue originalmente concebida. Porque, sigue Strauss, la educación liberal recuerda a aquellos que tengan oídos para oír, la grandeza humana.
El valor de la comunidad educativa y el testimonio del maestro
Para ello, creo que es fundamental la existencia de adultos e instituciones que se unan en esta labor educativa.
John Henry Newman, recientemente declarado Doctor de la Iglesia y copatrono de la educación católica junto a Santo Tomás de Aquino, señaló algo que quizá nos sorprenda:
la mejor educación posible sigue siendo insuficiente si no está sostenida por una comunidad viva que alimente las virtudes éticas y espirituales, donde mente y corazón se refuercen mutuamente.
Es por esto realmente urgente abrir espacios en los que podamos ayudarnos a sostener una conciencia educativa, como recientemente propuso la plataforma Scholaris donde, entre otros, Mons. Luis Argüello y el filósofo Javier Cortés hablaron de la importancia de no sólo pensar el cómo educar sino también el qué enseñar y quien enseña.
La pasión de quien educa
El sujeto que educa, padres o en este caso profesores, tiene que hacer primero suyo aquello que propone, apasionarse por ello y de ahí podrá nacer todo el interés del alumno por algo más. En ese sentido no puedo evitar pensar en mi profesor de Filosofía y Religión que después de un curso de clases apasionantes que decían mucho de mí, en un momento de necesidad, me acerqué a la sala de profesores a pedirle una lista de libros y películas que le hubieran marcado para que me acompañaran ese verano.
Recuerdo la lista de memoria “Miguel Mañara”, “Qué es filosofía” de Ortega y Gasset, “El poder y la gloria”, “La carretera”, “Guerra y paz”… Aquella lista fue para mí mucho más que unas recomendaciones, cada vez estaba más seguro de que lo que yo deseaba existía y creció también el convencimiento de que la vida se puede saborear más cuando te acompañan de esta manera.
Afortunadamente muchos podemos pensar en profesores así. Esto es exactamente lo que hoy viven miles de alumnos en estos colleges y lo que muchos adolescentes españoles siguen esperando que alguien les ofrezca.
El futuro de la universidad en la era de la IA
En la era de la IA, donde todo se está hiper-tecnificando y automatizando, la propuesta de los Grandes Libros ofrece para quien lo afronte así, algo insustituible: una visión mucho más amplia. Es inevitable reconocer verdad en aquello que dice Matt Damond en El indomable Will Hunting en un bar a un estudiante de Harvard:
«lo más triste de todo es que dentro de 50 años empezarás a pensar por ti mismo y te darás cuenta de que sólo hay dos verdadades en la vida 1. Que los pedantes sobran y 2. que has tirado 100.000 pavos en una puta educación que te habría costado un par de dólares por los retrasos en la biblioteca pública».
Los textos están al alcance de cualquiera sí, pero cuando alguien te acompaña a leerlos así, la experiencia cambia por completo.
España y Europa tenemos la oportunidad de tejer una gran alianza educativa que ponga esta tradición al servicio de los más jóvenes.
No solo para competir en rankings de empleabilidad (que, siguiendo esto, los liderarán), sino para formar personas capaces de amar el mundo lo bastante como para renovarlo. Vuelve a ser cierta aquella formulación clásica: personas mejores, generan sociedades mejores y, como escribió Alan Bloom, la mente que se abre a la verdad, no se cierra nunca.


Nunca hubiese imaginado que un día me toparía con un artículo de propaganda clerical y reaccionaria tan explícita como el que acabo de leer.
Invocar en este blog a la Heritage Foundation, que trabaja activamente para cercenar la autonomía universitaria y la libertad académica, no deja de ser una prueba de que Europa sigue siendo un territorio libre, aunque habrá que emplearse a fondo para que siga siéndolo, a la vista de lo que dice el autor.
Gran idea promover una universidad todavía más desconectada de la realidad. Vamos a fijarnos en lo que hace las prestigiosas (*ironía*) instituciones «Thomas Aquinas College» o la «Wyoming Catholic College». ¿Por qué? Porque «sus graduados se casan más, quieren familias más numerosas y mantienen la fe con mayor frecuencia», que son claramente indicadores objetivos de bienestar de las personas (primero está tener una vivienda y un trabajo digno y luego… casarse, tener fe y una familia numero, sí). Datos de la Heritage Foundation, el think tank conservador más popular de EEUU. Ah! y ¿cómo lo consiguen estos colleges? Leyendo «los Grandes Libros»! Una relación totalmente causal sin ningún riesgo de haber confundidos. Es que está claro: «cuando un alumno cita de memoria a Antígona […] o se interroga con las meditaciones de Marco Aurelio sobre qué saciará realmente su alma, algo se mueve por dentro» porque… patata… y al final llega a la conclusión de que los dogmas judeocristiana eran lo que nos hacía falta.
Los valores de la Universidad están perfectamente recogidos en la Magna Charta Universitatum, una declaración sobre los principios fundamentales sobre los cuales la misión institucional de las universidades debiera basarse, elaborada originalmente en 1988 y firmada por los rectores de más de 1000 universidades de todo el mundo, incluyendo instituciones insignes como las universidades Sorbona, Oxford, Cambridge o Salamanca. Entre los valores recogidos en dicha declaración se incluye:
«A medida que crean y divulgan conocimiento, las universidades cuestionan dogmas y doctrinas establecidas y promueven el pensamiento crítico en todos los estudiantes y académicos. La libertad académica es su esencia vital; la indagación abierta y el diálogo libre su nutrición.»
Todo lo contrario de los valores defendidos en este artículo, que favorecen el dogmatismo intelectual y religioso. Un objetivo fundamental de la educación universitaria debe ser formar librepensadores, lo cual está muy alejado del modelo defendido en este artículo.
Las críticas al artículo arriba expuestas, me parecen excesivas. Me da igual que una idea sea del Opus si es buena. Lo contrario es un prejuicio burdo e ignorante.
Sí, sí hace falta retomar una formación amplia y humanista que impida que sigan produciéndose egresados analfabetos.
El espíritu universitario reside en un libre debate de ideas, defendiendo las propias mediante razonamientos, no mediante descalificaciones e insultos a los demás, como destilan esas breves palabras del Sr. José Luis Vicéns Moltó. Mi crítica al artículo no cuestiona que sea bueno ofrecer una formación amplia y humanista (entre otras muchas características deseables), sino el exceso de dogmatismo intelectual y religioso que resuma el modelo defendido en el artículo.
Mi discrepancia con el contenido del articulo se basa en la visión estrecha y cuestionable que proyecta. No solo los argumentos que toman como base documentos de la Fundacion Heritage, sustento ideológico de la visión y prácticas trumpistas del mundo, sino de los ejemplos «académicos» de USA que muestra.
La variedad de aportaciones con fundamentación rigurosa es la riqueza de cualquier debate sobre ese «¿a donde vamos?» y desde luego una argumentación basada en las prácticas de los para mí desconocidos colleges que se mencionan en el artículo es muy representativa de esa escasez de rigor (mi experiencia como visiting profesor en universidades USA y otros países lo avalan). Me parece bien acudir a textos básico de la filosofía, pero que estos sean los ejes de una formación académica me parece poco serio. Un estudiante universitario debe leer y formarse en todo aquello que contribuye a la conformación de su personalidad como elemento autónomo y crítico, complementario de su formación específica.
Desde luego, los argumentos expresados en el articulo son dificilmente compatibles con una formación en el ámbito científico tanto desde vista cualitativo (¿qué y cómo se enseña?) como cuantitativamente (variedad de temáticas compatibles con la formación específica en un grado o Bachelor que deben centrarse en lo fundamental y necesario para progresar en ese conocimiento). Desde luego, en una universidad pública con tasas que favorezcan la igualdad, equidad e inclusión, o las administraciones públicas modifican al alza los criterios de aportación económica que permitan grupos reducidos de aprendizaje y, por tanto, un incremento razonable del número de profesores que lo hagan posible. Una visión del aprendizaje basado en las capacidades económicas de los estudiantes a modo de «inversión personal» y del negocio de sus promotores, «como inversión con réditos a corto y medio plazo» no permite un conocimiento inclusivo para una ciudadanía que debería ver en la universidad un foco de conocimiento abierto, crítico y preocupado por una sociedad digna para todos y todas y no solo para una elite.
La manera de formular una crítica de algunas de las personas de más arriba denota un espíritu poco universitario y, desgraciadamente, es un síntoma (que se suma otras evidencias) de que la polarización y el matonismo ha colonizado la universad irremediablemente. Esta situación me recuerda a cuando un revisor, en un artículo académico, me indicó que el manuscrito hacia apología de la doctrina católica por citar un un autor católico publicado por una editorial reconocidamente católica. Y, en tono moralizante, casi me vino a decir que si no me daba vergüenza y que leyera un poco más, que lo mío se cura. Por entonces era un animoso estudiante de doctorado. En lo que no reparó nuestro celoso revisor es en que, en dicha ocasión, cité el texto precisamente de manera crítica, para exponer la familiaridad intelectual de ambos autores. Pero da igual que no fuera así. El inquisidor moderno entroniza una Verdad que ni siquiera se molesta en defender, sino que sencillamente la hace suya, además de movilizar la indignación para arrojarla. En definitiva, hace lo mismo que critica. Me propongo recuperar en un post la respuesta que di al equipo editorial de dicha revista, y que pedí trasladaran a dicho revisor.
Quien escribe el post, a quien no tengo el gusto de conocer, expone su visión (legítima) de la universidad. Y no esconde las fuentes que alimentan sus argumentos, lo que me parece honesto intelectualmente (especialmente cuando son ciertamente controvertidas y pueden dar lugar a suspicacias). Incluso me sumo a su llamado de que las universidades deben generar más y mejores espacios de conversación intelectual y moral. ¿Qué nos diferenciaría de la formación en una escuela de negocios? Que eso debiera hacerse replicando el college y la lectura de los grandes libros es otro cantar. Pues sencillamente escapa a la realidad empírica de la universidad española (excepto de muy pequeños casos, privados) por infinidad de motivos, como expone respetuosamente el profesor Marcellán. Tampoco me convence esto de que hay una falta de sentido que nos conduce a una sed de Verdad. Esto es algo que se dice de cada generación, no algo que nos haya descubierto Rosalía. Y, ese argumento mal gestionado (especialmente cuando hablamos de jóvenes), puede encerrar (y ha encerrado historicamente) una relación de dominación. Arendt tiene un texto sobre ello. Pienso que es muy dificil que este tipo de argumentos no deriven en ciertas formas de integrismo, porque cuando se diagnostica de una misma manera (y se dan muchas coincidencias), es lógico llegar a las mismas soluciones (especialmente si nutres el efecto de grupo). Y este es el punto que me preocupa de experiencias universitarias como las que menciona: o se cuida mucho el pluralismo interno, o se vuelven comunidades cerradas.