Una universidad para el conocimiento y no para lo que nos salga de las narices
No cabe duda de que, en los últimos tiempos, estamos asistiendo a un progresivo declive de la autonomía universitaria, y por ende de la propia institución, postrada al servicio del mercado, del “pseudo-progreso” y sometida a los avatares, de forma acrítica, de las modas económicas y pedagógicas. Todo esto se hace evidente en una divertida y crítica obra que nos ha brindado el profesor Francisco Esteban bajo el sugerente título de La Universidad de Las Narices. La relación entre conocimiento y progreso, entre mercantilización y clientelismo, así como entre investigación académica y opinión son temas controvertidos que nos estimulan a replantear el horizonte del conocimiento, de la misión de la universidad y de su relación con la sociedad.
Universidad y progreso
La universidad ha estado históricamente vinculada al progreso y viceversa. El progreso ha permitido, impulsado e, incluso, aventurado el avance del conocimiento universitario. Progreso y universidad constituyen una liaison que no se ha dado, ni puede darse, por separado. ¿Puede haber progreso sin investigación que lo avale? ¿Puede haber conocimiento o investigación académica sin un horizonte de progreso y bienestar social?
Se podría afirmar que universidad y progreso son dos caras de una misma moneda, dos realidades que se necesitan y se impulsan mutuamente.
La universidad ha sido, y ha de seguir siendo, un motor de cambio y transformación, un lugar en el que pensar, repensar y plantearse la realidad pretérita, presente y futura, así como orientar, desde un profundo conocimiento de la tradición, el hacia dónde ha de progresar la humanidad, la técnica, la investigación y la sociedad en su conjunto.
Cuando la universidad pierde independencia
Pero ¿qué pasa cuando la universidad pierde su independencia con respecto al progreso económico o se consagra exclusivamente a él? Este es el tema capital del libro comentado en la introducción. El propio autor nos recuerda que la formación de carácter técnico es una consecuencia posible y nada descartable del cultivo de lo universitario. Sin embargo, el cultivo de las artes liberales, como aquellas propias y genuinas de la persona libre, también han de formar parte de los planes de estudio y facultades universitarias. A fin de cuentas, también las artes liberales forman parte del progreso y el progreso de ellas.
Otro punto que vale la pena comentar es la necesaria interdisciplinariedad del conocimiento y su relación con el progreso. Si bien es cierto que cada universitario tiene su especialidad, también está claro que el progreso de una especialidad académica nutre necesariamente a las demás. Esta interdisciplinariedad, tan propia de épocas precedentes, no es una añadidura para los universitarios ni para la universidad, sino que forma parte sustancial y fundamental de ellos y ella. Y este es uno de los valores central de esta institución propia de la enseñanza superior, la mutua interdependencia del conocimiento, sea del ámbito que sea, y de los académicos.
Pero llegó la necesidad
Con la ley de la oferta y la demanda, llegó también el dilema de si la universidad ha de ofrecer lo que la sociedad demanda, o si es la oferta universitaria lo que ha de determinar la demanda social. Si se ha de investigar lo necesario, o es la universidad la que determina lo necesario y por ello lo investiga. En cualquier caso, se abrió una nueva época, en que fue la demanda social y económica la que empezó a determinar lo que la universidad debía ofrecer.
Con esta nueva moda social, tal y como señala el profesor Esteban, se empezó a denunciar que “la formación universitaria seguía amarrada a sus costumbres y rutinas, sus artes liberales y sus libros clásicos, sus lecciones y disputaciones y muchas más cosas de esas que no parecían concordar con el progreso y que la opinión pública consideraba sorprendentes en tanto que cuestiones caducadas, e incluso, rarezas de un pasado”.
La injerencia en las cuestiones de gobernanza universitaria empezó a menospreciar aquello que la universidad había hecho siempre: buscar la verdad, el bien y la bondad de las cosas, en definitiva, el conocimiento.
Un giro de intereses
Se dio, consecuentemente, un giro hacia cuestiones como la velocidad, la necesidad, la competencia y la oportunidad, como si hasta entonces todo hubiera sido lento, contingente, incompetente e, incluso, inoportuno. Los tiempos son otros. De hecho, la formación universitaria, en el sentido clásico del término, ya no parece encajar. La formación ofrecida parece no estar a la altura y seguir el ritmo de los tiempos, olvidando que quizás la universidad es quien ha hecho posible estos nuevos tiempos y les ha dado la altura y el ritmo del que actualmente gozan.
Con todo, ahora el discurso universitario es otro, acorde a estos “nuevos tiempos”, nuevos perfiles profesionales y, como resultado, se revisan los planes de estudio en aras del progreso de la sociedad y de la economía. Existe el riesgo de que la universidad potencie un estilo de vida sujeto a la autoridad de la necesidad. También hay que reflexionar sobre qué implicaciones tiene llevar una vida subyugada a la necesidad, que suele ser un modo de existencia insaciable e insatisfecho, que implica pensar siempre en lo que falta y que nunca se tiene suficiente, que todo está sometido al orden del tener y no del ser.
Así, bajo una aparente libertad, las personas llevan un modus operandi de reacciones imprevisibles y perjudiciales, que todo se centra en hacer negocios buenos y no buenos negocios.
Lo universitario es progreso en estado puro, que lo lleva en su naturaleza. La universidad siempre se ha dedicado a cultivar el deseo y el amor al conocimiento, se ha consagrado a buscar las verdades, bellezas y bondades del mundo y para el mundo. Y esto es progreso y necesidad auténtica, aspectos que la universidad ha cultivado siempre, desde su momento fundacional en el Medievo.
Universidad y conocimiento
La universidad parte de la premisa que el conocimiento humano es falible. De eso no tiene ninguna duda. No obstante, no por ello niega la necesidad de conocimiento de índole científico y humanístico. La universidad es, en esencia y por definición, la casa del conocimiento. Los universitarios tienen la necesidad y la voluntad, porque se sienten responsables, de reflexionar sobre la realidad del mejor modo posible, de embarcarse en la arriesgada aventura del estudio, del examen y del asombro que provoca el mismo acto de conocer, o intentar conocer. Se trata de que la universidad se ponga al servicio, como siempre ha estado, del pensamiento crítico, de la reflexión con criterio y del estudiar pensando y del pensar estudiando.
Efectivamente, lo propio de la universidad es pensar con rigor y responsabilidad, discutir el conocimiento, ponerlo en tela de juicio, volver sobre él desde diferentes perspectivas, preguntarse sobre las cosas y su esencia, sobre la realidad y su potencialidad, sobre el pasado y su hermenéutica, en definitiva, preguntárselo todo con exhaustividad, con asombro y con disciplina. Y esto es lo que propicia el conocimiento, el conocimiento que surge de la propia necesidad de conocer un mundo que no para de solicitárnoslo. Los universitarios deberíamos dedicarnos a este tipo de cosas y no a lo que nos salga de las narices.


Isabel, con respecto a tu artículo necesita una profunda reflexión, entiendo que tus conclusiones son disruptivas, y te animo en mantenerlas. Los que nos dedicamos a la transferencia del conocimiento y la innovación, nos hace muy felices leer artículos como el tuyo.
Felicidades!!
Hay mucho que apoyar para que la universidad aporte todo lo que puede aportar a la sociedad:1) más presencia en medios de comunicación. 2) más información a los estudiantes sobre lecturas seleccionadas. 3) valorar en los exámenes la capacidad de síntesis y añalisis de lecturas. 4) mejorar el sistema español y europeo de apoyo a la universidad. Más «info» en https://forounives2010.blogspot.com
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