Pensar lo incómodo: el papel de la universidad ante los temas controvertidos
Hace más de 700 años eclosionó una enorme controversia en la Universidad de París, lo que condujo a las denominadas Condenas de París (1210-1277). En aquel entonces, el elemento de novedad que podía representar el postulado filosófico de Aristóteles chocaba con la tradición y el dogmatismo cristiano hegemónico (podría decirse católico, pero sería impreciso). La puesta a disposición de los intelectuales de las obras del filósofo griego, llegadas a la Europa continental de manos de los musulmanes, provocó la duda de si era posible utilizar pensamientos tan heterogéneos junto con los principios teologales practicados en la época.
Origen del debate intelectual: de las Condenas de París a la pluralidad académica
Las condenas eclesiásticas, con especial atención a la proferida por el obispo Tempier, pretendían rechazar por errónea cualquier interpretación que contemplase alguna forma de afirmación de la eternidad del mundo, así como el determinismo astrológico o psicológico. De la polémica, más allá del uso de la autoridad de la jerarquía eclesiástico-universitaria, se promovió un importante debate teórico, del cual surgieron, al menos, tres líneas de interpretación de las obras de Aristóteles, según José Luis Villacañas Berlanga, que perduraron bastante tiempo.
El resultado que podemos extraer, de manera anticipada, de aquellos eventos es que, con el paso de los siglos, la universidad se ha configurado como el ambiente idóneo para el debate y la generación de conocimiento, incluso sobre temas polémicos. Para ello es indispensable contar con la pluralidad de perspectivas, en consonancia con los métodos científicos. En ese orden de cuestiones, no se puede negar la importancia de la dialéctica para la construcción de saberes en la dimensión académica.
El tiempo ha evidenciado la importancia de lo que, en determinados momentos, pudo sonar inadecuado. Ese fenómeno de censura citado no ha sido el único en la historia, pero nos sirve para comprender que la universidad debe aceptar lo contradictorio, lo polémico y lo controvertido. Entretanto, nada de eso debe engañarnos con una falsa libertad de cátedra o, más comúnmente, de expresión. La universidad también es la cuna de un saber metodológico y fundamentado: las Condenas de París no se derivaron de polemistas, sino del paso a nuevas formas de desvelar la existencia. Y que no sea motivo de mofa o, en algunos casos, de subterfugios discursivos: la libertad de opinión no es una carta en blanco para enunciar ideas infundadas, relecturas tergiversadas de la historia o teorías quiméricas.
El quid diferenciador de la universidad
Las críticas pululan en las redes sociales. Seguramente nos ha pasado a casi todos: la recepción de algún mensaje enviado por un familiar que comenta la supuesta persecución al libre pensar en la universidad de un conocido; o que los docentes se dedican más a adoctrinar que a decir «la verdad». Aunque hay indicaciones de que, para asegurar la salud mental, no se debe establecer debates con todos y en cualquier momento, a veces porque el foro simplemente no es el adecuado, también surge la imperativa necesidad de demostrar la diferencia del saber académico/científico frente al hallazgo o más bien, la opinión, del divulgador o del influencer que se vuelve viral.
Para quienes todavía tienen dudas sobre el papel de la universidad, esta es el centro de desarrollo de las investigaciones y los análisis que fundamentan grandes hechos humanos: desde los más variopintos aspectos de la economía, pasando por la crítica del humanismo, hasta llegar a los grandes avances técnicos de nuestra era.
Setecientos años no son nada para la historia de la humanidad, pero han dado para mucho como una red de científicos e intelectuales, porque nos movemos en un espacio colectivo, en el cual la teoría de un académico chino puede ser testada, para su confirmación o refutación, en universidades de Europa o Sudamérica, lo que posibilitará que ese colega de Asia reformule, si es necesario, su teoría. Es un saber revisado y plural, tanto es así, que existe la obligación de indicar las fuentes utilizadas para las investigaciones.
El rigor del método académico y la ética en la investigación
Todo eso debe pasar en un ambiente controlado, no solo por normativas, sino, principalmente, por reglas metodológicas, permeadas siempre por principios éticos. De tal manera, la publicación de un «simple» artículo no puede ser comparada con la opinión de una persona intelectualizada que tiene una buena idea.
Es indispensable poner a prueba la teoría, la hipótesis, y contrastar la documentación de manera exhaustiva para ofrecer un fragmento de percepción sobre el todo, sea en la física o en la filosofía. La pretensión de respuestas completas o totalizantes no tiene cabida en un ambiente en el que se estimula el falsacionismo constante.
Los dogmas tenían sentido en la gestión del obispo Tempier y de sus contemporáneos, y tienen cabida en el escenario religioso actual; pero, para la ciencia, es indispensable el debate con el contradictorio, siempre que se haga con reglas de análisis de datos y con adecuación a la forma de comunicar.
La universidad debe estar abierta al debate, sin caer en la trampa de debatir con todos y de cualquier manera. Adela Cortina tiene una reflexión muy adecuada que encaja con lo que estoy comentando: no todo enunciado debe ser aceptado, según ella —y, de mi parte, añado—, tampoco todo interlocutor debe ser aceptado, si no se somete a métodos sobradamente validados por siglos de experiencia acumulada por intelectuales en innumerables universidades alrededor del mundo.
La difícil ecuación entre la cultura de la cancelación y la arrogancia académica
Ha habido una época reciente en que los regímenes autoritarios «conservadores» (es una definición autoatribuida, porque se suele mitificar lo que quieren conservar) ejercían una verdadera persecución del libre pensar en las universidades. Basta recordar que algunos autores eran vetados de las bibliotecas, y que el alumnado, o los docentes e investigadores que se atreviesen a leerlos, eran definidos como subversivos, bajo riesgo de enfrentarse a lo que, paradójicamente, definían como justicia. De manera clara, en países como España durante el franquismo o en Brasil durante la dictadura militar, leer una obra de Karl Marx era un acto contrasistema.
Evidentemente, esa clase de censura no favorecía la construcción del saber, como tampoco favoreció la censura a Aristóteles en el siglo XIII.
Si, superadas a duras penas esas situaciones, se empieza a impedir debates, discusiones y análisis sobre determinados temas porque son entendidos como inadecuados, no tardaremos en entrar en un bucle de repetición de ideas, porque se habrá marginado el pensamiento contrario.
Es obvio que cada científico tiene su línea teórica y debe buscar siempre una neutralidad epistémica, pero sin dejarse contaminar por el dogmatismo; impidiendo, por ejemplo, la celebración de debates indigestos o polémicos para algunos, como la «guerra que todos perdimos» o «The problem of our laws: Kafka with Nietzsche».
Entretanto, retomando lo argumentado antes, es preciso diferenciar el debate controvertido del populista. Por lo tanto, como investigadores en un espacio dedicado a investigar y devolver a la comunidad un saber fundamentado, no se debe rendir ante voces y cuerpos que invaden ese espacio con la intención de generar la polémica como fin en sí mismo.
Desafíos actuales: Entre el activismo extremista y la revisión por pares
En los últimos meses hemos sido testigos de que colectivos extremistas, que no cumplen los parámetros de ética y saber académico, han querido ocupar las universidades con sus eslóganes, no con sus investigaciones, desvirtuando la esencia del saber académico producido allí.
Sus palabras pueden ser escuchadas, incluso examinadas en artículos y obras, como las de extremistas como Renaud Camus, así como lo fueron las de Joseph Arthur de Gobineau o las de Rafael Sánchez Mazas. Aunque los colectivos extremistas no tienen la legitimidad que poseen los investigadores que someten sus artículos a revisión por pares, tras pasarlos por comités de ética antes de publicarlos.
En una época de cultura de la cancelación puede que algunos intelectuales sean vetados por sus acciones, no tanto por sus aportaciones intelectuales.
La biografía de Richard Feynman no serviría de modelo para los valores morales defendidos por diversos colectivos, entre los cuales algunos feministas. Entretanto, su obra tiene un impacto rotundo en el escenario universitario y también fuera de él. Algo semejante podría decirse de la obra de Ernest Hemingway y de su vida privada. Sin embargo, en las universidades debe haber libertad para tocar temas tabúes, también aquellos que implican revolcar sentimientos sobre asuntos polémicos como la Guerra Civil española, que debe ser tratada con pluralidad y respeto, al mismo tiempo que siguiendo principios metodológicos que contribuyen a que el saber se diferencie de la opinión.
La universidad debe ser el centro de generación de ideas
Los eventos que desembocaron en las Condena de París evidenciaron una época marcada por una mentalidad homogeneadora. Una mentalidad incapaz de dar respuestas a la multifacética existencia humana. Aunque hoy no tengamos autoridad para poner en cuestión su visión del mundo, para no incurrir en anacronismo, sí tenemos la capacidad de entender que la pluralidad de ideas y postulados tiende a favorecernos; eso es, siempre que los parámetros sean ecuánimes. El saber académico no es una opinión pronunciada por una o más personas populistas, cuyos argumentos se desvanecen en el aire.
La universidad debe estar lista para pensar lo incómodo; en caso contrario, como ente político, el espacio será ocupado por quienes no tienen la competencia para promover ese pensamiento.
Por una razón sencilla: pretenden más beneficiarse del ruido en beneficio individual, como es propio de los sistemas populistas, que fomentan la polémica porque les resulta rentable. Por su parte, en las universidades debemos, eso sí, cuidar que las investigaciones tengan el rigor que se espera de ellas y, con ello, asegurar la legitimidad demandada internamente y, por ende, por la sociedad.


Opino que es excelente la ponencia del autor. Sin embargo quiero señalar el abandono de la función esclarecedora de la Universidad, desde hace mucho tiempo. Esto por el abandono de su función fundamental: La preparación intelectual y cultural de sus estudiantes a favor del concepto de instrucción, tan diferente al de educar, Pero es bueno que lo traiga al ruedo.