Un impuesto académico al inglés

A nadie se le escapa que el mundo universitario trabaja cada vez más en inglés. No solo porque los principales trabajos académicos se publiquen en esa lengua, ni tampoco por la tendencia creciente de los universitarios de países no anglófonos a publicar sus investigaciones en revistas inglesas o norteamericanas.

Quizá sea aún más relevante el fenómeno contrario: que las revistas que siguen trabajando en idiomas distintos del inglés, como el propio español, incentiven progresivamente la publicación de artículos y monográficos en inglés. O, incluso, que en la planificación de nuestros grados y másteres se incluya, y que se haga de forma indiscutida, un número creciente de asignaturas y títulos impartidos exclusivamente en el idioma anglosajón.

La omnipresencia del inglés en el ámbito académico global

Quizá pudiéramos describir este fenómeno del siguiente modo: la progresiva internacionalización del mundo universitario tiende a reducirse a su proyección anglófona y en esta proyección coinciden dos fenómenos distintos: por un lado, la conquista del inglés por parte de académicos no angloparlantes; por otro, la conquista de los mundos no angloparlantes por parte del inglés.

Esta omnipresencia del inglés no debería confundirse, en cambio, con una mayor influencia de los investigadores angloparlantes (ingleses, norteamericanos, canadienses etc.) en cada uno de los campos de estudio. Que el inglés crezca como lengua común para el mundo universitario no se debe solo al lugar de nacimiento de los mejores investigadores, como si las principales figuras académicas provinieran de forma casi exclusiva de países de lengua inglesa. Junto a este fenómeno habría que considerar, también, el carácter común que ha adquirido la lengua de Shakespeare. De este idioma se ha dicho que es una lingua franca, el equivalente contemporáneo del ya muerto latín. Un inglés académico, un “academinglés”, más que un inglés stricto sensu.

Una lengua que, al margen de sus hablantes cotidianos, acoge a un conjunto de hablantes laborales, de personas que en su día a día se manejan, por lo demás, en otras lenguas. Basta con pensar en un congreso académico: poco importan la nacionalidad de los universitarios y la cercanía lingüística de sus idiomas; desde el momento en que dos académicos de distintos países y distintas lenguas maternas se cruzan, la conversación se traslada al inglés. El mundo universitario es, ahora más que nunca, un mundo, un campus global en cuyos pasillos resuena el inglés.

Beneficios del idioma común: el inglés como lingua franca

Como es evidente, la existencia de un idioma común y de trabajo ha traído muchas ventajas, tanto para los resultados de la investigación como para una cierta justicia académica. Para empezar, el uso del inglés ha permitido una mayor comunicación. Esta comunicación no es solo un bien entre otros, sino un bien peculiar, iniciático, fontal, puesto que de él manan otros bienes: la mejor diseminación de las ideas o el aumento del número de interlocutores, por ejemplo, con todos los bienes que, de nuevo, se derivan de aquí.

Sin la existencia de una lingua franca, los académicos estaríamos condenados o bien a multiplicar el número de lenguas que conocemos (lo cual, por cierto, solo aumenta nuestra capacidad de entender a los demás, pero no sirve, en principio, para generalizar los propios trabajos) o bien a un silencio casi absoluto, rodeados siempre de los mismos interlocutores.

Lo cual, a su vez, nos obligaría a elegir: o bien mantenemos el nivel de especialización, pero al precio de publicar textos que carecen de lectores competentes, reduciendo así la investigación a un diálogo de sordos con una función más expresiva que comunicativa, o bien se termina por reducir la investigación a la publicación de generalidades, a la pura divulgación.

De ahí que la existencia de una lingua franca haya permitido, también, un mayor desarrollo científico, puesto que permite generar equipos más amplios, discutir más y mejor los resultados, afinar mejor las preguntas, los métodos y los conceptos y, también, aumentar los medios de financiación. La comunicación es, como todo el mundo sabe, condición para una buena ciencia.

El inglés y la justicia académica: el criterio maximin

Si estas ventajas son notables para el conjunto del mundo universitario, también para aquellos que compartimos una lengua con centenares de millones de personas, lo son con mayor razón para aquellas comunidades lingüísticas con pocos hablantes, donde el problema de la generalización es especialmente acuciante.

La existencia de una lingua franca funciona también como elemento de justicia. Se trata del llamado “criterio maximin”, según el cual a lo largo de una conversación tenderíamos a elegir de manera espontánea el idioma que menos exclusiones produce y no tanto el idioma que más personas comparten.

Allí donde hay un grupo de personas de diversos orígenes, no se procede a un recuento de idiomas antes de elegir cuál será la lengua hablada, sino que se elige aquel idioma que se presupone que todos pueden, si no hablar, al menos sí chapurrear. La lingua franca, por tanto, no solo permite la comunicación, sino también una comunidad académica menos excluyente.

Tres clases de injusticia lingüística 

Ahora bien, que la existencia de una lingua franca haya sido fuente de beneficios no excluye la existencia de una serie de problemas.

Como señala Van Parijs, por lo demás un defensor a ultranza del inglés, para el caso de la Unión Europea, la adopción del inglés como idioma común trae aparejadas tres clases de injusticia:

  • En primer lugar, la desigualdad entre aquellos que no son hablantes nativos y aquellos que sí lo son. Mientras que aquellos multiplican sus esfuerzos para conseguir resultados imperfectos desde el punto de vista lingüístico, estos, sin realizar esfuerzo idiomático alguno, llegan mucho más lejos.
  • En segundo lugar, los hablantes nativos de la lengua común adquieren muchas más oportunidades, puesto que poseen un activo valioso para la comunidad.
  • En tercer lugar, el privilegio de una de las lenguas tiende a mostrar un respeto desigual por aquellos idiomas con los que nos identificamos de forma natural los hablantes.

La paradoja del inglés académico y la pluralidad lingüística

La paradoja es que esta generalización del inglés académico coincide con la creciente valoración política de la existencia de la pluralidad lingüística.

Mientras que en el ámbito público esta pluralidad es objeto de debate y de intervención institucional, la academia parece haber dado por hecho que las injusticias que el inglés genera en la universidad son naturales e inabordables. Hoy el uso del catalán en el Congreso español se defiende en inglés en las páginas de alguna revista norteamericana.

El multiculturalismo y la decolonización se escriben en inglés, no en mapudungún. Y así, mientras que la justicia distributiva y la teoría del reconocimiento se preocupan por las condiciones de la inclusión política, ninguno de los universitarios defensores de estas perspectivas parece preocuparse por los esfuerzos que hacen los académicos para comunicar los resultados de su investigación en una lengua distinta de la suya. Así, no es inhabitual que revistas que defienden todo tipo de inclusiones defiendan, también, que solo serán aceptadas aquellas investigaciones escritas en un perfecto inglés. O, incluso, puede que un esforzado ponente sea criticado a lo largo de un congreso por su bajo nivel de inglés, no por la calidad o pertinencia de sus investigaciones.

El mundo académico: ciego a sus propias arbitrariedades

En este sentido, el mundo académico es quizá el más ciego de los mundos a sus propias arbitrariedades. Y, sin embargo, las tres clases de injusticia señaladas por Van Parijs se repiten aquí más que en ningún otro sitio.

Mientras que los no angloparlantes tienen que trabajar en idiomas distintos de los suyos y gastar el dinero en traducciones y correcciones, dilatando así los tiempos de trabajo en una academia que no espera nadie, para, con todo, quedar fuera de los principales circuitos académicos, los universitarios angloparlantes trabajan sin mayor problema en la misma lengua con la que se dirigen a sus familias en el desayuno.

Y mientras que los temas tratados en la academia tienden a ser los temas de este mundo anglosajón, las preocupaciones, conceptos u autores de otras latitudes pasan poco a poco al olvido. O, como mucho, adquieren relevancia solo cuando son convocados por ese mundo anglosajón.

Ideas para corregir las injusticias lingüísticas en el mundo universitario

Así pues, ante la avalancha de ventajas proporcionadas por el uso de esa lingua franca que es el inglés, quizá no tenga sentido plantear la vuelta a una academia babélica en la que cada quien hablara su idioma. Sin embargo, la aceptación del inglés no tiene por qué traducirse en la justificación de todas las injusticias y desigualdades que este idioma está produciendo en el mundo académico. Por ese motivo, propongo a continuación algunas medidas que la academia podría abordar para una mayor justicia lingüística:

1. Impuesto académico al inglés y bonificaciones para no anglófonos

En primer lugar, un impuesto académico al inglés. En los congresos académicos, por ejemplo, en los que los investigadores pagan por trabajar, podrían establecerse precios distintos para aquellos que provienen de universidades o centros de investigación anglosajones y para aquellos que provienen de otras latitudes. Esta diferencia de precios puede enfocarse de dos modos distintos: o bien bonificando la matrícula de los no anglófonos o bien a través de un precio mayor para los anglófonos. Personalmente me inclino por esta segunda opción, puesto que ese dinero recaudado podría dedicarse a la contratación de correctores literarios que se encargaran de pulir lingüísticamente los papers de las personas que trabajan en otros idiomas. Algo similar podría hacerse en los journals y editoriales académicas: eliminar o bonificar los pagos para aquellas personas que no provienen del mundo anglosajón.

2. Medidas de discriminación positiva y fomento de la visibilidad

En segundo lugar, se podrían implementar otras medidas de “discriminación positiva”. Por ejemplo, las revistas y editoriales podrían incentivar la publicación en abierto para las investigaciones desarrolladas por los no anglófonos, de modo que aumentaran su visibilidad. Asimismo, estas revistas y editoriales podrían encargarse directamente de realizar las correcciones estilísticas necesarias en el proceso de edición de los textos, de modo que los gastos de corrección no se imputaran únicamente a los investigadores de determinadas latitudes. Además, las revistas podrían exigir en los monográficos la presencia de un determinado porcentaje de autores provenientes de universidades no anglosajonas, de modo que se incentivara la colaboración entre estas universidades y las academias de otras partes del mundo.

3. Deslocalización de instituciones y temas de investigación

En tercer lugar, se podría proceder a una progresiva deslocalización de las instituciones y de los temas de investigación. No me refiero tanto a la organización de congresos en diversas partes del mundo, como a la inclusión de porcentajes amplios de investigadores no anglosajones en los consejos de las revistas, editoriales y asociaciones de investigación. El objetivo es evidente: a través de la multiplicación de voces no anglófonas, se pretende dar entrada a otros temas de investigación y a otras sensibilidades en los procesos académicos.

Conclusión y propuestas finales sobre la justicia lingüística

Por supuesto, estas medidas son discutibles. La representación simbólica que exponemos al final, por ejemplo, no tendría por qué implicar necesariamente un cambio sustancial en las formas de gobierno de las revistas y asociaciones científicas, por una simple razón: porque el proceso de decisión y el resultado de este son realidades diferentes. Del mismo modo, la inclusión de “impuestos académicos al inglés” se encuentra con problemas concretos: la posibilidad de gravar a no anglófonos que trabajen en universidades anglosajonas o, viceversa, la de no gravar a investigadores de lengua inglesa que trabajen en el extranjero.

Asimismo, en el mundo universitario no hay, en principio, instituciones coercitivas, de modo que es difícil imaginar cómo podría llegar a imponerse un impuesto académico digno de tal nombre. Incluso si se implantara, nada impediría que hubiera dos circuitos: uno para los angloparlantes, independizados en un sistema libre de impuestos, y otro para el resto.

Sin embargo, no puede descartarse un cierto éxito de estas medidas. Al final y al cabo, el sistema de doble circuito que acabamos de referir implicaría, en el caso de la Unión Europea, que la mayor parte de las universidades compartirían referencias, puesto que son pocas las universidades de países anglófonos. Asimismo, la inclusión de precios distintos o de medidas de discriminación positiva no vendría a inaugurar una política académica nueva, sino, más bien, a sumarse a algunas ya existentes.

Visibilizar la injusticia lingüística

No es raro que en los congresos haya distintos precios de matrícula para los investigadores, dependiendo de sus condiciones sociales. De lo que se trataría ahora es de visibilizar, también, la injusticia lingüística, de incorporar a los universitarios no anglosajones al campus global y de hacerlo, sobre todo, de manera justa.

Si queremos que el mundo académico sea a la vez justo y anglófono no queda más remedio que facilitar el trabajo de aquellos que vivimos y trabajamos en idiomas diferentes. Puede que el mundo universitario sea, inevitablemente, anglófono, pero no hay por qué resignarse a las injusticias que de ahí se derivan.

 

Comentarios
  1. Lidia Rey dice: 25/10/2025 a las 20:14

    Muy buen artículo. Estaría genial que lo leyeran los angloparlantes, a ver qué opinaban.


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