Universidad saludable y gestión del estrés

En un contexto como el actual, en que más de la mitad del alumnado universitario ha percibido la necesidad de recibir apoyo psicológico, así como no pocos miembros de los colectivos de PTGAS y PDI pueden sentirse “quemados” en el desarrollo de su actividad profesional, parece oportuno que las instituciones universitarias centren sus esfuerzos en la creación y ampliación de diferentes recursos de naturaleza salutogénica.

La universidad solo será “saludable” si está realmente comprometida, más allá de declaraciones meramente programáticas, con la promoción de la salud y el bienestar de sus estudiantes, su personal, y de la sociedad en su conjunto, liderando y apoyando procesos de cambio social.

Universidad saludable

Es hora de consolidar una universidad que, en aras a la promoción de la salud, apueste por la creación de entornos que la apoyen y, por extensión, faciliten la consolidación de su papel en cuanto agente promotor del bienestar y la calidad de vida de quienes en ella estudian y trabajan.

Un modelo de universidad saludable

Modelo de universidad saludable, inspirado en la Carta de Ottawa para la Promoción de la Salud, que se articula sobre la base pluridimensional de diferentes capas: físicas, mentales, emocionales, espirituales y sociales. Universidad que en armonía con las exigencias derivadas del ODS 2030, número 3 (garantía de una vida sana y promoción del bienestar en todas las edades para así alcanzar un desarrollo sostenible), pone el acento, de una parte, en la lucha en favor de la reducción de las desigualdades en salud; y, de otra, en la consecución progresiva de una notable mejora del bienestar emocional de los diferentes colectivos universitarios.

Recursos para una universidad saludable

Universidad saludable que debe construirse sobre la base de la utilización concurrente de muy heterogéneos recursos: socioculturales (habilidad cognitiva, conocimiento, experiencia, apoyo social, capital cultural), psicoemocionales (autoestima, afecto, autoconfianza, empatía, asertividad, fortaleza moral), físicos (alimentación saludable, ejercicio físico regular, contacto con la naturaleza, hábitos saludables), materiales (comida y agua, hogar seguro, fuente energética, empleo, economía) y espirituales (sentido de la vida, visión de trascendencia, sentido de misión, consciencia espiritual).

Un entorno saludable, esencial para adquirir conocimientos y buenos hábitos

En esta línea, debiera ser objetivo de las universidades fomentar un entorno saludable, asegurando que todas las personas en ellas implicadas adquieran los conocimientos teóricos y prácticos indispensables para promover un desarrollo sostenible mediante una educación fundada en la toma en consideración de estilos de vida saludables, el respeto de los derechos humanos, la igualdad de género, la cultura de la paz, la no violencia y el respeto de la diversidad cultural.

Un entorno saludable que debe venir acompañado de una cultura socialmente responsable, así como por la puesta en marcha de políticas orientadas a facilitar que los diferentes colectivos universitarios sean capaces de gestionar mejor sus emociones y estrés.

Una universidad que solo será saludable si está comprometida con el fomento de los hábitos saludables, el ejercicio físico y la concienciación acerca de la importancia de seguir una alimentación sana. Lo anterior, como es fácil colegir, se vincula directamente también con la apuesta por un consumo social “responsable”, la mejora del autoconocimiento y la prevención de adicciones.

Planes sólidos y comprensibles de divulgación

Universidad que también debiera centrarse en la activación de planes sólidos y comprensibles de divulgación, la fijación de alianzas estables con los organismos de salud pública y, por supuesto, en el trabajo en red con los diferentes actores del sistema universitario español (Red española de universidades promotoras de la salud – REUPS).

Sin duda, la capacidad para afrontar con éxito la ansiedad tiene que ver con el llamado sentido de la coherencia, es decir, con el resultado de la ponderación de la experiencia individual ante un acontecimiento estresante que ha sido percibido y comprendido, pero que necesita ser “manejado”.

Un manejo que implica, desde la perspectiva de una respuesta activa de salud, conocer los recursos disponibles (superar la desinformación) y desarrollar las capacidades individuales de cada persona en orden a “saber responder” ante factores estresantes, bien derivados del ambiente laboral (caso del PTGAS y del PDI) o, en el caso del alumnado, por ejemplo, de sus actividades de evaluación y la gestión del trabajo en equipo (estrés académico).

Gestión del estrés para una universidad saludable

El estrés constituye una reacción adaptativa, no necesariamente negativa, a los cambios que se producen en el entorno. Un estrés que constituye una respuesta normal ante un desafío, pero que, si se vuelve abrumador, puede necesitar de ayuda.

Cuando el estrés deriva en una incapacidad de respuestas de nuestro organismo y se mantiene en el tiempo con cierta intensidad, bien puede acabar por afectar al estado de salud.

Afectación que se manifiesta con un conjunto de reacciones emocionales, cognitivas y fisiológicas, pero también de comportamiento, y que puede derivar en cuadros de angustia, ansiedad, excitación e impotencia para afrontar situaciones (reales o sentidas) de conflicto.

Una realidad, a la que no es ni mucho menos ajena la universidad y que debe enfrentarse mediante el entrenamiento de la solución de problemas, la gestión del tiempo, la empatía, la asertividad, la gestión de la ansiedad, el uso de técnicas de relajación y el soporte profesional en aquellas situaciones personalizadas que así lo puedan requerir en el caso concreto. Perspectiva individual que, con el adecuado soporte institucional, debe facilitar la liberación de los síntomas negativos del estrés, así como venir acompañada de ciertos hábitos preventivos (pensemos, por ejemplo, en la práctica de buenos hábitos alimenticios, ligados a la frecuencia, horarios e ingesta de tipos de alimentos, el equilibrio de la ingesta energética, el dormir las horas necesarias, el saber “desconectar” los fines de semana y en vacaciones, o la práctica habitual de deporte o ejercicio físico).

Un ejemplo de prácticas saludables en la universidad

Así, por ejemplo, en orden al estrés académico del alumnado en época de exámenes, es obligado ponderar la aplicación de algunos consejos (trabajables con diferentes técnicas) que deben facilitar el aprendizaje de su control:

  • positividad fundada en admitir que el estudio implica cierto sacrificio,
  • organización del tiempo,
  • fijación de prioridades,
  • toma de descansos regulares,
  • elección de un buen lugar para estudiar (ambiente que permita centrarse),
  • utilización de apuntes propios (tomar apuntes en clase ayuda a escuchar, pensar y entender, mientras que tomar notas o hacer “resúmenes de los propios apuntes”, permiten recordar lo ya estudiado y rebajar las horas de dedicación al estudio de una materia),
  • planificar el estudio de forma personalizada (desde el primer día, evaluando el tiempo del cual se dispone y siguiendo el plan establecido),
  • dormir lo suficiente (el sueño ayuda a que el cerebro asimile y recuerde mejor la información) y comer de forma equilibrada y realizar algo de ejercicio físico (como método de soporte a la desconexión).

 

Empatía y asertividad: la habilidad de atender emociones y poner límites ante situaciones de conflicto

Solo quienes son capaces de reevaluar situaciones y restructurarse ante los problemas detectados que les generan estrés, son capaces de afrontarlos con mayores garantías de éxito.

De hecho, la potenciación de los procesos de creación de propósito y el reforzamiento del sentido de coherencia resultan inherentes a la construcción de un “sentido de vida” que emerge como un factor protector de la salud y el bienestar psicológico y emocional mediante la puesta en marcha de acciones de “autocuidado” rutinarias. Estas configuran el sustrato indispensable para activar su resiliencia.

Una gestión del estrés en la que todo universitario debiera saber trabajar, tanto en su beneficio como en el de quienes le rodean, la atención de las emociones (empatía) y la habilidad de saber poner límites (asertividad).

Saber escuchar

Resulta evidente que saber escuchar es una habilidad básica que nos ha de permitir captar los mensajes de forma no distorsionada, prestando atención a su emisor. Pero escuchar, previa recepción de los “afectos” del emisor (reconocimiento de las emociones ajenas), solo es la primera parte de una ecuación en la que, a continuación, cabe añadir la habilidad de intervenir sabiendo “qué decir” en cada momento. Al arte de saber escuchar el discurso y las emociones de los demás, cabe añadir la habilidad asertiva, esto es, aquella contrapuesta a la agresividad y la pasividad, consistente en saber comunicarse teniendo en cuenta no solo la voluntad propia, sino también la de los demás.

Muchas de las fricciones constatables entre el alumnado y el profesorado universitario, así como también entre el PTGAS y el PDI o, en su caso, entre los diferentes miembros del colectivo PDI, bien pudieran superarse o, cuando menos mitigarse, mediante una correcta utilización de una comunicación empática y asertiva.

Conclusión

La universidad no solo debe ser vista como una institución al servicio del cumplimiento de sus tres grandes funciones: docencia, investigación y transferencia; sino también como una institución comprometida socialmente y que, en pleno siglo XXI, debe ser capaz de fomentar la inclusión y la cohesión social, así como convertirse en una institución tractora de una sociedad saludable y, en paralelo, comprometida con el respeto de los ODS.

Un terreno éste en el que, lejos de bienintencionadas declaraciones, ya es hora de activar políticas concretas que nos permitan formar profesionales “sanos” (física y mentalmente), pues son ellos los que están llamados a liderar la sociedad del futuro, no solo en solidaridad con la generación anterior, sino también con plena conciencia acerca de los desafíos a los que deberá responder la generación que les siga en el tiempo. Un camino que se ha empezado a transitar (bien pudiera decirse que todavía está siendo “asfaltado”), pero en el que todavía hay muchos “kilómetros” por recorrer.

 

Comentarios
  1. Luis Bahamonde Falcon dice: 13/06/2025 a las 11:20

    Dra. Noemí Jiménez,
    Artículo muy bien trabajado, que pone de manifiesto espacios pendientes de soluciones, que la Dra. Jiménez, pone de manifiesto.
    Entiendo que la contundencia de la problemática expuesta y sus necesidades de corrección, deberían de ser muy tenidas en cuenta por los estamentos que tiene el poder de decisión.
    Gracias Dra. Jiménez por su brillante exposición

  2. Carmen Perez-Esparrells dice: 14/06/2025 a las 08:54

    Enormes retos por delante, planteados con rigor y gran acierto. Enhorabuena

  3. Noemí dice: 17/06/2025 a las 09:01

    Estimado Luis,

    Muchas gracias por la lectura atenta y las amables palabras. Me alegra saber que el artículo te ha parecido interesante y que compartes la preocupación por una realidad que, como bien dices, sigue necesitando respuestas concretas por parte de quienes tienen capacidad de actuar.

    Un saludo muy cordial,
    Noemí

  4. Noemí dice: 17/06/2025 a las 09:02

    Estimada Carmen,

    Muchas gracias por tu comentario y por tus palabras tan generosas. Me alegra que el planteamiento te haya resultado acertado. Coincido contigo en que los retos son muchos, y espero que seguir hablando de ellos nos ayude, poco a poco, a afrontarlos mejor.

    Atentamente,
    Noemí

  5. Delia Ugas dice: 10/08/2025 a las 05:11

    Interesante este artículo. En todo mi periodo de vida dedicado a trabajar en educación (4 en bachillerato y 50 años en Educación Superior) he dado mucha importancia a la formación de la persona no sólo en contenidos de áreas académicas sino en la formación del ser.En cada asignatura, módulo o materia que debe aprobar un estudiante esten presentes como ejes transversales la formación de lo que ahora se denominan habilidades blandas y que trabajemos desarrollando el el estudiante competencias en estrategias para que sean felices.


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