Enseñar a querer ir a la luna

¡De perdidos al río!

En una ocasión me invitaron a dar una charla en un congreso sobre innovación pedagógica. No es mi especialidad científica, pero la educación, recibida o impartida, ha formado parte de toda mi vida. Además, con el tiempo voy dando mayor importancia a lo que los alumnos aprenden que a lo que yo enseño. El gallego es especialmente acertado en esto, y asocia al verbo aprender el significado de adquirir el conocimiento de algo, pero también de transmitirlo a alguien para que lo aprenda.

Pues bien, no tenía muy claro qué aportarles a quienes, además de docentes, tenían la pedagogía como su ámbito de especialización, de estudio y de investigación. ¡Vaya papeleta! Al final hice valer esa frase tan recurrente entre quienes nos apuntamos a un bombardeo, y me dije: ¡De perdidos al río!

Llevaba tiempo preocupado por nuestro modelo y sistema educativos, para mí de otro tiempo, si alguna vez tuvo realmente su momento. Un modelo basado en utilizar la memoria como quien acelera el motor de un coche en punto muerto. Cuanto más pisemos el acelerador, más ruido y más consumo, pero seguiremos igualmente parados. Hasta puede que nos pasemos de revoluciones y acabemos quemando el motor.

Descarté ser tan directo, ya que plantear así las cosas en aquel foro no era ni práctico ni inteligente, y lo único que iba a conseguir era incomodar a los asistentes. Se me ocurrió entonces hablarles de una idea que había tenido hacía algún tiempo: el cubo del aprendizaje (ver la figura 1). Pensé que después de explicarles su significado, podríamos practicar algo la mayéutica. Voy a hacer lo propio ahora, pero sustituiré lo de interrogar al lector por contarle la repuesta del público al que me dirigí.

Cubo del aprendizaje

Si centramos el aprendizaje, evidentemente de un modo simplificado, en la mejora de las inteligencias cognitiva, pragmática y ejecutiva, y representamos sobre un espacio tridimensional estas tres dimensiones de la inteligencia, podemos representar sobre un cubo distintos perfiles personales/profesionales. Eso es lo que se representa en la figura 1.

El punto de intersección de los tres ejes se asocia con una hipotética persona de inteligencia cognitiva, pragmática y ejecutiva nulas y, por tanto, francamente ignorante. A partir de ahí, avanzar por cada uno de los ejes se asocia con un incremento de cada tipo de inteligencia, según el caso. Por ejemplo, tener una inteligencia cognitiva desarrollada, pero no así las inteligencias pragmática y ejecutiva, limita a las personas en sus capacidades, circunscribiéndolas sobre todo a manejar información, sea con más o menos solvencia en todo caso. De modo análogo, una inteligencia pragmática acentuada se asocia con la adquisición de destrezas. Por su parte, las personas con una inteligencia ejecutiva especialmente desarrollada, suelen tener una buena capacidad para fijarse metas, las cuales, a su vez, guían con firmeza su voluntad.

Obviamente, aquellas personas que destacan en más de una de las dimensiones de la inteligencia que he considerado, tienen, en general, mejores capacidades en su conjunto.

Las que destacan por su inteligencia cognitiva y pragmática, pongamos por caso, son especialmente competentes en la ejecución de tareas; las que lo hacen en las inteligencias cognitiva y ejecutiva, son personas reflexivas, con una buena capacidad de razonamiento, algo especialmente útil en la resolución de problemas, por ejemplo; y son personas con una buena capacidad para trazar proyectos o planes aquellas personas que destacan por su inteligencia ejecutiva y pragmática. No cabe duda que la situación ideal es la de destacar en todas las dimensiones de la inteligencia consideradas, y situarse en el vértice opuesto al de la ignorancia supina. Por ponerle una etiqueta, podemos asociar dicho perfil con la voluntad y la competencia para crear. Es decir, no solo para ser capaces de resolver problemas o trazar planes, sino para dar vida a lo ideado y diseñado.

Fig. 1: cubo del aprendizaje

¿Qué cara del cubo elegir?

Explicado el cubo a los asistentes a mi conferencia, llegó el momento de hacerles intervenir. Obviamente, no hacía falta preguntarles con cuál de los vértices les gustaría identificarse.

Está claro que todo queremos vernos y ver a los demás en el vértice 8, asociado a la capacidad de crear.

Pero hay otra pregunta que no es tan obvia y que me interesaba mucho más. Les pedí que pensasen en particular en cada una de las tres caras del cubo que se corresponden, respectivamente, con el extremo positivo de cada uno de los ejes, asociado a su vez con el hecho de que la inteligencia correspondiente destaque de modo muy significativo en una persona dada. Serían las caras A, B y C del cubo.

Así, la cara A del cubo se identifica con una inteligencia cognitiva muy destacada y está asociada a los vértices: (manejar información, pensar, crear, hacer). De modo semejante, la cara B del cubo está asociada a una inteligencia pragmática muy acentuada, y tiene como vértices: (adquirir destrezas, hacer, crear, diseñar). Por último, los vértices: (fijarse metas, pensar, crear y diseñar) definen la cara C del cubo, que se corresponde con una inteligencia ejecutiva sobresaliente.

Al preguntarles con qué cara se quedarían si tuviesen que elegir una de ellas, pero no pudiesen elegir un vértice específico de las mismas, la elección claramente mayoritaria fue la cara C, lo que supone primar la inteligencia ejecutiva. Esto no solo ocurrió en aquella ocasión. Así ha sido siempre que he vuelto a presentar el cubo del aprendizaje en público y ya lo he hecho unas cuantas veces y con públicos muy heterogéneos. Es cierto que en aquel primer caso la relevancia de las respuestas fue mayor, al menos para mí, al tratarse de un público formado por expertos en educación y me consta que muy motivados y competentes.

Yo imaginaba que esta iba a ser la respuesta mayoritaria del público, pero no estaba seguro de antemano, por supuesto. En todo caso, no llevaba plan B, así que, si no hubiese sido este el resultado, no sé cómo habría continuado la charla. Pero, a veces, hay agua cuando uno se tira a la piscina, así que pude continuar la conferencia con la siguiente reflexión:

“Está claro que mayoritariamente valoramos muy especialmente el desarrollo de la inteligencia ejecutiva en las personas. Obviamente, sin que ello suponga renunciar a cultivar los otros dos tipos de inteligencia. Esta opinión, que yo comparto, no deja de ser paradójica si tenemos en cuenta que vivimos inmersos, y hasta sostenemos, un sistema y modelo educativos que no cuidan particularmente la inteligencia ejecutiva. Pero si la función de la inteligencia es dirigir el comportamiento y no simplemente conocer, ¿cuál es la razón de que no cultivemos especialmente la inteligencia ejecutiva y nos centremos sobre todo en la inteligencia cognitiva?”

Hubo un largo silencio, finalmente interrumpido por un murmullo creciente. Después se alzaron muchas manos y mantuvimos un debate sumamente interesante, pero no es el caso contarlo aquí y ahora.

Misión a la luna: programa Apolo

Lo que sí haré es ponerles un ejemplo de estos perfiles. Es un ejemplo poco ortodoxo, pero espero que así resulte más fácil de entender. Tiene que ver con la misión Apolo y el papel que asignaríamos en ella a personas con los perfiles asociados a los distintos vértices del cubo de aprendizaje. El número que precede a cada perfil es el correspondiente al de los vértices del cubo.

  1. Personas que un día mirando la Luna deciden que quieren ir allí y comienzan a trazar un plan para intentarlo.
  2. Aquellas personas que les gustaría llevar con ellas a las anteriores en su viaje a la Luna.
  3. Personas que sería bueno tener en el Apolo si hay que comunicar a tierra: «¡Houston, tenemos un problema!»
  4. Podrían montar el módulo lunar a partir de los planos (y no les sobrarían o faltarían tornillos, al contrario que a mí con los muebles de Ikea).
  5. Buenas ayudantes de las anteriores.
  6. Memorizarían todos los planos y manuales (los de mantenimiento, averías y hasta de chapa y pintura).
  7. Personas que se meterían de polizón en el Apolo (pero probablemente en la zona de propulsión, no en la cabina).
  8. Personas que nos gustaría mandar a la Luna (y daría igual si llevan o no combustible para el regreso, ya que no sabrían volver).

Una reflexión más para acabar. Me temo que la COVID-19 está reforzando las debilidades de nuestro modelo educativo. Echamos mano de lo que tenemos y podemos, y tratamos de atender las necesidades más perentorias. Lo entiendo.

Una pandemia nos mete en las urgencias y cambia las prioridades, y ahora lo prioritario es la salud y tratar de mantener el sistema socioeconómico a flote.

Sin embargo, esto tiene claros riesgos. Creo que estamos desandando algunos de los pequeños pasos dados para despegarnos del modelo de memorización-reproducción en la educación e incorporando de modo acelerado y sin mayor reflexión las tecnologías que permiten la enseñanza a distancia. Sin duda estamos logrando enseñar a distancia, y es muy meritorio hacerlo en estas condiciones, pero no está nada claro que estemos logrando el adecuado aprendizaje a distancia. Y me permito recordar, una vez más, que el objetivo de la educación no es enseñar a nuestros estudiantes, sino que aprendan.

 

 
Comentarios
  1. Pedro Merino dice: 25/11/2020 a las 12:47

    El articulo es extraordinariamente sagaz y didáctico. estoy muy de acuerdo con sus planteamientos. Merece la pena reflexionar sobre este tema.


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