De la academia de 1980 al algoritmo de 2026
Por limitaciones de espacio, este análisis subjetivo prioriza el examen de lo que pienso que son algunas deficiencias del sistema universitario frente a las virtudes ya conocidas por todos, entendiendo que la identificación de áreas de mejora son un pilar fundamental para el avance de la institución.
Yo entré como un impetuoso profesor ayudante universitario en 1980 y he dejado las aulas como un catedrático en activo en el curso 25/26, y que yo recuerde, siempre he admirado a la institución universitaria en su conjunto.
Este texto pretende recordar, cómo a juicio del autor la universidad pública española pasó de ser una institución en blanco y negro, rígida y elitista, al complejo sistema de masas actual.
Para su descripción voy a utilizar un desglose en cuatro épocas históricas, y finalizaré destacando algunos aspectos sobre los que opino que hay que reflexionar.
El Boom: la etapa fundacional de la universidad moderna
Empecemos con el «Boom» (1983–1993). Esta es la etapa fundacional de la universidad moderna, con el hito legislativo de la LRU (Ley de Reforma Universitaria) de 1983 impulsada por el primer gobierno del PSOE. En ella se consagra por primera vez la autonomía universitaria en el ámbito académico, de gobernanza, y financiero.
Es la época de la democratización. Las aulas se llenan con la generación del baby boom y las clases trabajadoras acceden masivamente a las facultades, por lo que se crean nuevas universidades públicas por todo el mapa. La saturación fue tan brutal que los recursos no dieron abasto. Además, para estabilizar a miles de docentes a toda prisa, se asentó un modelo de funcionarización que sembró la semilla de la endogamia.
Era CNEAI y ANECA
Siguió la «Era del CNEAI y de la ANECA» (1994–2007). Se comprobó que la investigación era una actividad marginal, por eso esta etapa se centró en su profesionalización. Para ello se creó en 1989 la CNEAI (Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora), seguida por el hito legislativo de la LOU (Ley Orgánica de Universidades) de 2001, y se afianzó en 2002 con la creación de la ANECA (Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación) que entre otras actividades integró orgánicamente a la CNEAI.
Es la edad de oro de la producción científica.
La invención de los sexenios de investigación transformó la psicología del profesorado. En apenas quince años, España escaló puestos hasta convertirse en una potencia científica mundial. Las infraestructuras de los campus se modernizaron gracias al crecimiento económico del país y los fondos europeos. Pero empezó a desequilibrarse la balanza, la obsesión por el “paper” hizo que la docencia pasara a un segundo plano. Además, la LOU introdujo un sistema de habilitación/acreditación nacional que, lejos de acabar con la burocracia, la multiplicó, convirtiendo la carrera académica en una yincana de papeleo.
El Big Bang de Bolonia
La siguiente época es la del «Big Bang» de Bolonia y la Austeridad (2008–2019).
Esta tercera etapa es, probablemente, la más convulsa de la historia reciente de la universidad.
Coinciden dos trenes de alta velocidad en sentido contrario: el mayor cambio metodológico en siglos y la peor crisis económica del sistema.
La implantación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) o Plan Bolonia (2008-2010), implantada casi a coste cero, generó un sucedáneo de evaluación continua que saturó de tareas a los alumnos y a los profesores. Todo ello unido a los sucesivos reales decretos de recortes presupuestarios en (2012) con el que se impuso la tasa de reposición cero, la cual colapsó la carrera docente, el envejecimiento drástico de las plantillas y el recurso masivo a la figura precaria del profesor asociado para sostener las aulas. La estructura de las carreras se europeizó mediante los grados y los másteres, facilitando la movilidad internacional, y el programa Erasmus alcanzó su cénit.
La época híbrida
Por último, la época Híbrida, Post-Pandemia y de Transición Normativa (2020–2025/2026). Esta época está marcada por un nuevo marco legal que intenta corregir los errores de la era de la austeridad. El hito legislativo es la LOSU (Ley Orgánica del Sistema Universitario) de 2023, esta ley nació con el objetivo explícito de atajar la precariedad laboral, obligando a reducir el porcentaje de profesorado temporal y dignificar las condiciones de los asociados.
La aplicación de las nuevas normativas ha abierto una enorme brecha de financiación entre el Gobierno central que legisla y las Comunidades Autónomas que pagan, sumiendo a muchas universidades públicas en la incertidumbre presupuestaria para poder contratar el profesorado necesario que compense la reducción de horas lectivas de los temporales.
Además, la etapa actual está marcada por la digestión del trauma de la COVID-19 que obligó a una digitalización exprés disruptiva que rompió inercias tecnológicas de décadas; los campus virtuales y el modelo híbrido se consolidaron, y se refuerza con el surgimiento del desafío cognitivo de la Inteligencia Artificial Generativa.
Acontecimientos significativos
En definitiva, la evolución de estos 45 cursos ha humanizado, democratizado y profesionalizado la universidad, pero en ese proceso quiero llamar la atención que han ocurrido algunos acontecimientos razonablemente llamativos al menos para mí:
-
-
- El declive de la figura del catedrático de universidad que ha perdido el aura de intelectual o científico puro basada en su prestigio, su capacidad de liderazgo y su autoridad. Se ha pasado del catedrático despótico de los años 80 a un gestor burocrático sobrecargado, cuya autoridad académica y capacidad de influencia se ha diluido casi por completo.
-
Un proceso paulatino
Esta pérdida de peso e importancia no ha sido casual; responde a un proceso de desmantelamiento estructural que se puede explicar a través de factores clave cómo la inflación de cátedras y la promoción casi automática por un proceso de acumulación de méritos. Este proceso es diferente al que han seguido los modelos: anglosajón, germánico y latinoamericano.
-
-
- Al cruzar la evolución de la institución con la transformación sociológica de sus dos grandes protagonistas —profesores y alumnos—, se observa un fenómeno de desafección mutua que ha ido ganando terreno, especialmente en las últimas dos décadas.
-
Se ha perdido el valor del título de los 80, se ha consolidado cierta mentalidad de cliente.
La digitalización y el consumo de información fragmentada y corta han cambiado los hábitos cognitivos, por lo que al profesorado actual le resulta muy difícil competir y captar la atención de los alumnos, lo que se traduce en aulas silenciosas, medio vacías y en una alarmante falta de hábito de lectura de textos largos y complejos.
Ahora bien, el comportamiento de los estudiantes es, en gran medida, un reflejo del repliegue o desinterés de una parte del profesorado, un fenómeno que no suele ser un rasgo de carácter individual, sino una consecuencia directa de los incentivos del propio sistema: la tiranía de la publicación frente a la docencia. El síndrome del profesor quemado por la excesiva burocratización (informes de calidad, guías docentes kilométricas, actas electrónicas, acreditaciones de la ANECA). El envejecimiento de las plantillas. El distanciamiento generacional y metodológico.
Conclusión
Toda esta combinación de factores ha desembocado con frecuencia en lo que algunos sociólogos de la educación llaman un «pacto implícito de no agresión» en el aula: «Tú no me exijas demasiado, y yo no te exigiré demasiado a ti en los exámenes, aprobarás con más facilidad que antaño y así me evitaré problemas, reclamaciones y tutorías».
Este círculo vicioso de desinterés recíproco ha empobrecido el debate intelectual, la pasión por el pensamiento crítico y la vibrante vida universitaria de antaño, convirtiendo el espacio del aula, en demasiadas ocasiones, en un mero escenario de trámite burocrático para ambas partes. Este lastimoso aspecto, hasta donde yo sé, puede encontrarse también en numerosos centros universitarios a nivel internacional.
La universidad pública no es solo un reflejo del presente, sino un depósito de siglos de resiliencia. Confiemos que seguirá evolucionando con la soltura que solo otorgan la experiencia y el compromiso con el saber.


Me ha gustado mucho el artículo, creo que es un repaso fantástico a la evolución de la universidad. Y como estudiante de doctorado que soy, me resulta bastante preocupante este último periodo de «época híbrida» con la concepción del título como un mero trámite más a conseguir, la existencia de la IA o la falta de interés generalizado. No tengo la solución pero creo que hay que transformar la universidad tal y como la conocemos, porque se está convirtiendo en algo anacrónico y carente de sentido.
Echo en falta un breve análisis sobre el hecho de que, es mi opinión, hay demasiadas universidades públicas y privadas y ¿pocas de excelencia?