Economía social y universidad: emprender desde la responsabilidad

Un adjetivo muy necesario

La empresa puede, y debe, tener el adjetivo social. Lo demanda las exigencias de sostenibilidad y solidaridad del tiempo presente, lo exige el crecimiento de la desigualdad en nuestras sociedades, y lo necesita el alumnado para una I+D+i conectada a un mundo de retos laborales cambiantes. Y dicho adjetivo se puede integrar bien desde los objetivos y prácticas de cualquier ámbito de producción y consumo (como la Responsabilidad Social Corporativa, RSC), bien, y especialmente, desde el ámbito cada vez más destacado de la Economía social (o Tercer Sector).

Fundaciones y asociaciones, mutuas y cooperativas, sociedades laborales y de garantía recíproca, centros especiales de empleo, empresas de inserción o de trabajo asociado, nacen y se desarrollan continuamente en España y Europa. Desde la Ley 5/2011 de Economía Social, la Confederación empresarial española de Economía Social (CEPES) recogía que en 2021 existían ya en nuestro país 7.000 cooperativas de trabajo asociado, presentes en todos los sectores productivos y generadoras de más de 300.000 empleos (llegando a constituir, por ejemplo, el 12% del total de industrias alimentarias y el 10,1% del sector energético).

La “economía socialmente responsable” es, por tanto, una realidad en crecimiento y un reto que desafía ciertas estructuras del actual “capitalismo inclusivo”. “Profit o no profit”; esa es la cuestión que nos plantea sobre el lucro; y sobre la que responde, de manera directa, la Economía Social proclamando que el beneficio comercial tiene que estar destinado para reinvertir, para reintegrar, para reciclar, para repartir, para repensar. Por ello, las Universidades como instrumento al servicio de la ciudadanía desde el “bien público”, deben aumentar en su investigación (transversalmente) y en su formación (competencialmente) esta dimensión no lucrativa por oportunidad y por necesidad. Para parecerse, aún más, a la generación que educa críticamente en clase. Para atender con más eficacia los problemas sociales que se estudian en el aula, para participar en las transformaciones productivas que se dan en la calle. Otro ingrediente más en el esfuerzo para aumentar el “valor social integrado” de la educación superior, como analizaba Josep M. Vilalta.

Unas palabras universitarias

Los centros universitarios aprendieron pronto la lección. El primer hito lo podemos encontrar en el Centro Internacional de Investigación e Información sobre la Economía Pública, Social y Cooperativa (CIRIEC-España) con sede en la Universidad de Valencia, nacido en 1986 para estudiar la realidad de la Economía Social en la “piel de Toro”. Entidad que, desde 2003, apoyó la creación de la Red ENUIES, destinada a conocer mejor la labor que realizaban los centros e institutos universitarios de investigación en este campo, impulsando la cooperación científica entre Universidad y Empresa. Asimismo, destacó el nacimiento de la Cátedra de Economía Social de la Universidad de Murcia en 2008, en colaboración con todas las organizaciones regionales, como Amusal, Fecamur, Fecoam, Ucoerm y Ucomur. Se formaba un grupo de investigación y docencia multidisciplinar (con las Facultades de Derecho, Economía y Empresa y Ciencias del Trabajo) e interuniversitario (con la Universidad Politécnica de Cartagena) para la colaboración entre investigadores-docentes universitarios, entidades representativas del sector, y alumnado.

En 2018 se contabilizaban 115 estudios de posgrado presenciales, semipresenciales y a distancia (master oficial o propio, curso superior o de especialista) y 3 doctorados en las universidades españolas. Estudios que abordaban campos generales de estudio y gestión (RSC, Economía Social y Tercer Sector, Cooperativas, Organizaciones no lucrativas y ONGs), y apartados más específicos de implementación: integración social, recursos humanos, comercio justo, personas con discapacidad, atención a la dependencia, desarrollo sostenible, orientación profesional, actividad agroalimentaria o educación.

Unos verbos solidarios

Cooperar y asociarse, buscar un fin colectivo, autogestionarse, toma democrática de decisiones, contexto local, integración socio-laboral, respeto medioambiental, innovación responsable. Estos son algunos de los rasgos propios de la Economía social que se comparten, o se deberían compartir aún más, con el mundo universitario, como competencias a adquirir y como ventana de oportunidad. Por ello, esta interacción debe ser analizada en varios planos de análisis.

En primer lugar, como salida profesional valiosa, emergente y solidaria para el alumnado, mientras se preparan en sus correspondientes titulaciones o cuando ya se convierten en egresados universitarios. Porque no siempre el mercado laboral se adapta a los que hemos estudiado, porque a veces hay dificultades injustas de origen o sobrevenidas, porque es momento del trabajo en equipo, porque hay que pensar no solo en lo estrictamente material, y porque los universitarios a veces están muy solos para buscar, encontrar y trabajar.

Ante altas tasas de desempleo juvenil y tendencias de precariedad recurrente y flexibilidad no deseada, la Economía Social aporta posibles herramientas para ayudarse a sí mismo y ayudar a los demás. En equipo se puede comenzar el camino en el mundo laboral normalizado (y en ocasiones digno), y se puede apoyar a quién no encuentra dicho sendero o ha sido desplazado de él (y como sabemos, de muy difícil retorno).

En segundo lugar, porque en nuestras aulas, laboratorios, prácticas, grupos de trabajo, convocatorias, proyectos o programas, esos mismos rasgos “valóricos” están ampliamente presentes en los últimos años, sobre todo ante el impacto del paradigma urgente y central de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Aunque hay advertir que, en ocasiones, se pueden quedar en letra muerta, o vegetativa, dentro de guías docentes meramente teóricas, en campañas de simple impacto mediático o en acciones más protocolarias que prácticas.

Ante las tendencias individualistas y consumistas que parecen difundirse, sin freno aparente, en nuestras sociedades posmodernas, la Universidad puede ser un baluarte en el estudio, enseñanza y divulgación de las “buenas prácticas” solidarias y comunitarias. Como las que encarna la Economía Social. Porque en la Universidad se puede enseñar y practicar, desde una teoría bien fundada y una experimentación lo más ligada a realidad, como lo “económico-social” es un instrumento visible para convertir muchas de las pretensiones de los ODS en realidades inmediatas, palpables, cercanas:

  • “Erradicar la pobreza”, desde la experiencia del asociacionismo español tan decisivo en las titulaciones de índole social.
  • “Promover la agricultura sostenible”, desde las cooperativas del campo español siempre referente en las carreras agroalimentarias
  • “Promover el bienestar para todos”, desde la función social de asociaciones y fundaciones en la formación jurídica, o desde la RSC en la formación económica.
  • “Garantizar una educación de calidad inclusiva”, fomentando el cooperativismo en centros de formación formal o no formal (Magisterio, Pedagogía, Educación social).
  • “Asegurar el acceso a energías asequibles”, desde el ejemplo de las cooperativas de autoconsumo nacidas en ADE y ejecutadas en las Ingenierías.
  • “Fomentar el trabajo decente para todos”, desde el empoderamiento cooperativista y la protección mutualista, bajo el estudio de la Economía, las Relaciones laborales o el Derecho del Trabajo.
  • “Reducir las desigualdades”, desde la labor integradora de las empresas de inserción con los colectivos más desfavorecidos, en el moderno Trabajo Social o con las Nuevas Tecnologías adaptadas.
  • “Garantizar las pautas de consumo y de producción sostenibles”, desde emergentes empresas económico-sociales de base local que pueden ser diseñadas en todas las carreras universitarias.

Decía Donoso Cortés que “hay que unirse, no para estar juntos, sino para hacer algo juntos”. Y la Economía Social, entre el Estado y el Mercado, recupera parte de la inolvidable función solidaria de los “cuerpos sociales intermedios”. Aquello que nos vinculan a la comunidad, a lo local, a los otros, colaborando en equipo para buscar un producción más justo y un consumo más responsable. Finalmente  buscarle un espacio más solidario de supervivencia y realización a quienes menos tienen, entre un poder público que a veces no llega y un poder capitalista que a veces no quiere llegar.

 

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