Mirar al futuro con esperanza

Asentar la universidad del siglo XXI

En estos momentos, desde instancias ministeriales, se han puesto a debate diversas normativas que conciernen tanto a las universidades  como a los procesos (formativos, de investigación y transferencia del conocimiento) que tienen lugar en su seno. Por ello, creo oportuno aportar una reflexión personal acerca de quiénes somos y a dónde deberíamos encaminar nuestros pasos.

No deberíamos volver la vista atrás y sí tener una perspectiva de un futuro con esperanza renovada.

Como punto de partida, creo necesario señalar que los modelos sociales se dividen, por un lado,  entre aquellos que aceptan, resignadamente, que vivimos en el infierno y tratan de maximizar sus opciones ; por otro, entre los que me encuentro, quienes, sin desconocer la condición crítica de nuestras sociedades, consideran que nuestro papel es muy diferente del de la resignación cómplice o entusiasta.

¿Qué ha sido de la Universidad?

Muchas ideas 

Debería preocuparnos, y no solo, a los que vivimos por y para la universidad, que esta institución esté jugando un papel tan secundario en un momento cardinal para la vida de nuestras sociedades. Vivimos agobiados por una crisis económica y social que la pandemia del COVID-19 ha agudizado. Que incide de manera especial en jóvenes y mayores, trabajadores y trabajadoras precarios, pero también en personas con contratos fijos, migrantes, mujeres y personas dependientes.

Desde la universidad no hemos participado de manera activa en esclarecer las causas de la situación actual y menos aún en la construcción colectiva de las potenciales alternativas.

Digo esto reconociendo el trabajo ímprobo que centenares de académicos y académicas han venido haciendo por diagnosticar, analizar y aportar ideas de manera comprensible, colaborando en las respuestas a los problemas que estamos sufriendo (de salud, sociales, de comunicación y convivencia)  y los posibles escenarios.

Escasa visibilidad

Pero, parece obvio también que la universidad como institución no es identificada por el conjunto de la población como actor imprescindible, cuyas opiniones deban ser tenidas en consideración para abordar las salidas a una situación que nos agota. Obsérvese que no resalto lo sustantivo, las opiniones mismas, pero el hecho de que la universidad es percibida ya como una institución encerrada y aislada de la sociedad debería mover a la reflexión, cuando menos.

La responsabilidad social de la universidad es uno de los aspectos más significados de una apuesta por una universidad de calidad, y ambos son indisociables.

La comunidad universitaria, protagonista del futuro

Un segundo aspecto hace referencia a nuestra exigencia de que la universidad del futuro esté firmemente anclada en los miembros que la componen y que estos se muestren identificados con ella. Es decir, una institución que fíe su presente y su futuro a la calidad de sus recursos humanos, de su personal docente e investigador y del personal de administración y servicios.

Esto significa condiciones dignas de trabajo, tanto en relación con la superación de la precariedad, la definición nítida de las trayectorias profesionales con perspectivas progresivas y previsibles en términos de mérito y capacidad, como en salarios acordes con el trabajo que asumen sus miembros y su impacto en la sociedad. Pero también en su capacidad de cara a la formación permanente, la transversalidad y el apoyo al trabajo cooperativo entre las diferentes culturas que la conforman, y la internacionalización como medio de abrir la institución a un mundo globalizado que ha superado los marcos nacionales en educación superior.

Los estudiantes, en el centro

Debo resaltar que la comunidad universitaria incluye, también, a los estudiantes, que son una buena parte de su razón de ser y que deben ser considerados como un activo institucional.  Cuidar los procesos de aprendizaje y favorecer una enseñanza exigente y de calidad que, además de formar profesionales que respondan a las necesidades de la sociedad en sus campos respectivos, contribuya a crear conciencia y práctica de ciudadanía.

Tenemos la responsabilidad de formar estudiantes con conciencia y práctica de ciudadanía. 

Este debería constituir un compromiso no solo institucional sino también de los responsables académicos, en tanto que personas, para poner en práctica las decisiones colectivas. Pero aquí, nuevamente, los modelos divergen y, en ocasiones, admirados por la visión cómplice del “esto es lo que hay”, se minusvalora el papel de los estudiantes. Se mantiene una perspectiva cortoplacista sobre su vinculación con la institución universitaria durante su limitado, en el tiempo, periodo de formación; y, lo que es peor,  se les considera una carga (en el argot universitario se utiliza el término “carga docente”) que hay que soportar, dado que el salario se conceptualiza en función de esa tarea prioritariamente docente.

El estudiante no puede considerarse «carga d0cente».

Un proyecto colectivo

El punto de encuentro de esta compleja red de experiencias, intereses y expectativas debe ser la mejora y consolidación de la participación colectiva en la vida cotidiana de la universidad. Podemos y debemos hacer un esfuerzo para convencernos de que las prácticas democráticas y participativas son nuestra garantía de cohesión y acuerdo. En una institución tan plural, compleja, donde conviven culturas (científicas, humanísticas etc.) tan diferentes, esta idea de democracia densa debería ser el dinamizador natural.

Las prácticas democráticas y participativas son nuestra garantía de cohesión y acuerdo.

Nos parece, plenamente defendible y posible, la propuesta de una universidad pensada para cooperar, compartir y colaborar. La lógica del “sálvese quien pueda” es una reliquia del pasado que, tristemente, pretende ser presentada como una moderna novedad. Generar sinergias, acuerdos y compromisos forjados a través de prácticas participativas, basadas en la deliberación y la argumentación, deberían constituir el ADN de la Universidad del siglo XXI. Hemos de establecer objetivos que trasciendan sus muros, teniendo los problemas sociales como referencia inexcusable.

Nuestras sociedades necesitan universidades con capacidad para formar profesionales, claro está, pero también con vocación de intervenir sobre los problemas que nos apremian.

Si queremos otros resultados, necesitamos actuar de otra manera.

 
Comentarios
  1. Fernando Galan-Estella dice: 30/04/2021 a las 20:37

    …..anclada en los miembros que la componen…. palabras y palabras que no conducen a nada. Otra frase hueca … la propuesta de una universidad pensada para cooperar, compartir y colaborar. ¿Que piensa Vd.? Una Universidad para colaborar, ¿con quien, para que?
    » Nuestras sociedades necesitan universidades con capacidad para formar profesionales» ¿de fontaneria? La Universidad no esta al servicio de la sociedad,


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