La universidad online: una oportunidad para un nuevo humanismo

En tiempos de transformación digital, hablar de universidad no es tanto hablar de su formato como hablar de su sentido, tal y como indiqué en este artículo. ¿Qué tipo de personas está formando la universidad actual? ¿Qué papel juega la educación superior en un mundo mercantil y cada vez más incierto, complejo y fragmentado en lo político, un mundo que requiere de muchas herramientas conceptuales para poder interpretarlo y transformarlo?

Estas preguntas no pueden responderse desde parámetros tecnológicos o económicos, por mucho que nos inviten a creer que sí, sino solo desde una mirada humanista. Y es precisamente allí donde la educación online encuentra su mayor potencial: en la posibilidad de configurar la experiencia educativa desde una individualización nunca antes vista, un despliegue de recursos que abarquen y fomenten tanto la ética de la comprensión como la autonomía personal, pasando por la creación de sentido, la construcción de puentes y la capacidad crítica de los alumnos.

Más allá de la pantalla: una educación para la persona

La educación digital ha sido, en muchas ocasiones, interpretada como un recurso práctico o una solución transitoria a la crisis de las universidades clásicas, presenciales, de las universidades “de verdad”. Se ha considerado que, en una sociedad donde las personas necesitan obtener más títulos para seguir promocionando y/o acceder a nuevas oportunidades, la universidad online es una “fábrica de expedición de títulos” útil en dicho formato. Sin embargo, desde una visión humanista, la enseñanza online puede y debe ser mucho más: una vía de acceso a la formación integral de la persona allí donde las estructuras tradicionales no alcanzan ni a toda la sociedad, ni a todas las situaciones particulares, ni a todos los segmentos de la población.

El objetivo de la universidad online no debe ser replicar el aula presencial en la pantalla, sino construir la experiencia educativa desde un proceso diferente, un camino que parta de las condiciones de cada uno y desemboque en una adaptación individualizada para lograr la equidad educativa. Así lo explica Enrique Dussel: “La justicia educativa no consiste en tratar a todos por igual, sino en ofrecer a cada cual lo necesario para desarrollar su singularidad” (Dussel, 2006: 92).

En este sentido, el aprendizaje online no es un sustitutivo de la presencialidad, sino una herramienta con un enorme potencial para el desarrollo de la autonomía, la reflexión y la conciencia ciudadana.

El acceso ilimitado a los recursos, la posibilidad de gestionar el propio tiempo, la interacción con personas de contextos diferentes y la apertura comunicativa son elementos que, bien articulados, pueden enriquecer profundamente el recorrido formativo de cada estudiante de una manera única y particularizada.

Autonomía, no soledad

El humanismo no concibe al alumno como un consumidor de contenidos, sino como un sujeto activo que construye sentido. En entornos online, esta idea cobra una relevancia especial: el estudiante se enfrenta al desafío, completamente individual a la par que acompañado, de organizar su aprendizaje, establecer sus rutinas, tomar decisiones y sostener un compromiso consigo mismo para seguir construyéndose. Esta autonomía no constituye un rasgo técnico, sino un rasgo moral: forma parte del proceso de convertirse en persona y en ciudadano.

La educación online no tiene por qué caer en la trampa de la soledad o el abandono: “La autonomía no es aislamiento, sino la capacidad de autorregular la propia vida en relación con otros” (Camps, 2003: 48), afirmaba Victoria Camps. El profesorado puede acompañar sin invadir, guiar sin dirigir, confiar en la capacidad de los estudiantes para pensar por sí mismos, todo ello sabiendo que el pensamiento autónomo se fortalece en el diálogo entre dos independencias, en el contraste de ideas compartidas en cualquier formato -presencial u online-, en la presencia, aunque sea virtual, de aquellos que nos acompañan en la búsqueda del conocimiento.

Educar a distancia, un acto de confianza

Educar a distancia es, en esencia, un acto de confianza: confianza en la capacidad humana de amaestrarse a sí misma, en la fuerza de voluntad del que quiere echar abajo sus prejuicios y presupuestos, en la diligencia del que se quiere formar como alguien distinto. Esta idea de la educación, que va desde la mayéutica de Sócrates hasta la pedagogía crítica de Freire, se revitaliza en los contextos digitales. La educación online puede ser un espacio privilegiado para el pensamiento emancipador siempre y cuando no se limite a transmitir competencias instrumentales, abriendo preguntas, provocando la duda, fomentando el análisis crítico y estimulando la creatividad. La instrumentalización del conocimiento no tiene que ver tanto con el formato de universidad como con el sentido de la misma dentro de la sociedad.

El humanismo no puede obviar las herramientas digitales de las que dispone en el abordaje de los desafíos del presente. No basta con formar profesionales para los puestos de trabajo existentes; necesitamos otorgar herramientas digitales en su versión más humanista a los estudiantes, de modo que puedan leer con ellas su tiempo, identificar injusticias, participar activamente en la vida social y un largo etcétera.

La universidad online, si se compromete con esta tarea, puede convertirse en un motor de ciudadanía democrática y de pensamiento libre hasta confines a los que nunca pudo llegar la universidad presencial.

Un nuevo pacto ético con la tecnología

Uno de los riesgos más señalados de la educación digital es la desconexión con la vida real. Pero esta distancia no tiene que ver con el formato, sino con lo que la universidad ofrece al estudiante. Un entorno online bien diseñado es el que permite conectar los contenidos académicos con los desafíos del mundo real: desde estudios de caso hasta prácticas colaborativas con comunidades, instituciones y personas reales, pasando por investigaciones aplicadas, análisis de casos de otros países y/o culturas y narrativas personales de segmentos de la población muy variopintos.

Cuando el aprendizaje teórico se vincula con aquello con lo que nos enfrentamos en el día a día, el aprendizaje adquiere sentido. Y ese sentido es el que da profundidad a la formación.

Tal y como señala Martha Nussbaum (2010: 20), una educación humanista no es aquella que enseña a ganar dinero, sino la que enseña a vivir con dignidad, responsabilidad y compromiso con uno mismo y con los demás.

El humanismo no se deslumbra por las plataformas virtuales ni fetichiza los recursos digitales, sino que se pregunta para qué, para quién, en qué condiciones se pueden -y deben- utilizar.

La educación online, a pesar de poder contribuir a democratizar el conocimiento, también puede acentuar las desigualdades si su ampliación no se acompaña de políticas inclusivas, accesibilidad, formación docente y sostenibilidad ecológica. Es por esto que cualquier institución, incluidas las educativas, no tiene un halo que la proteja de la decadencia: son sus prácticas las únicas que podrán hacerlo.

Formar en el uso crítico

Formar en humanismo es formar en el uso crítico de los dispositivos digitales, en la gestión consciente de los datos y en la participación responsable en redes sociales. Así lo señala Henry Giroux: “El pensamiento crítico debe acompañar a todo proceso educativo, especialmente en una época en que la tecnología puede ser tanto herramienta de liberación como de control” (Giroux, 2012: 98).

No podemos delegar el desarrollo de competencias en la iniciativa individual del alumno cuando es esta la que se tiene que contribuir a formar desde la universidad. La universidad, también en su formato online, debe asumir la tarea de formar ciudadanía desde una ética del bien común, sabiendo que la autonomía y la independencia son puntos de llegada, más que lugares de salida. Así las cosas: “La tecnología solo es humanizadora si está al servicio de fines éticos y políticos, no si los suplanta” (Ortega y Gasset, 2007: 129).

A menudo se asocia lo online con lo impersonal. Sin embargo, y al igual que el resto de “defectos” analizados, este no es una consecuencia del formato de universidad, sino de los fines de la misma, de su sentido dentro de la sociedad. El enfoque humanista de la universidad, sea presencial u online, entiende que el aprendizaje es pleno únicamente cuando es honesto y participativo.

La comunidad universitaria, aunque se construya desde la distancia, es un espacio donde se escucha, se dialoga, se discrepa y se transforma el pensamiento individual.

El aula virtual puede convertirse en un ágora si hay un compromiso claro con el intercambio respetuoso, la construcción colectiva del saber y la transformación activa. La universidad online no tiene por qué ser un espacio frío: puede ser un espacio cálido si en ella se cultiva la palabra, la tolerancia y la presencia conjunta, aunque medie una pantalla.

Educar es transformar, también en digital

Lo que está en juego en la educación online no es solo su viabilidad técnica, sino principalmente sus fines, su sentido.

¿Formamos para cumplimentar puestos de trabajo instrumentales o para que las personas comprendan su mundo y construyan un lugar mejor? ¿Transmitimos datos o ayudamos a pensar? ¿Capacitamos para el mercado o para la vida en comunidad?

En una época que corre el riesgo de convertir la universidad en un mero proveedor de servicios, es urgente recuperar su función ética y política. Y esto vale tanto en la presencialidad como en la virtualidad. Porque educar, también online, es un acto de confianza en la capacidad humana de crear, construir y convivir de manera diferente. En palabras de Joan-Carles Mèlich: “La universidad tiene una función crítica: debe cuestionar las formas de poder y abrir espacios para imaginar otras formas de vida” (Mèlich, 2010: 45).

Más allá de los dispositivos

Más allá de la pantalla, más allá de los dispositivos, más allá de las tutorías por videoconferencia, la educación online puede ser un espacio de encuentro con uno mismo y con los demás. Si se concibe desde una perspectiva humanista, la universidad digital tiene todos los requisitos necesarios para formar personas autónomas, críticas, solidarias y conscientes de su responsabilidad en el mundo.

Es momento de reivindicar una educación universitaria que no se reduzca a procesos, créditos y competencias, sino que abra posibilidades de sentido. Que no prepare solo para el empleo, sino también para el cuidado, la ciudadanía y la esperanza. Porque como decíamos al principio, lo que está en juego no es el futuro de la universidad: es el futuro de las personas que se forman en ella, así como de la civilización a la que pertenecen. Y esto por aquello que indicaba Adela Cortina: “Educar es dar razones, enseñar a pensar, a deliberar, a convivir: es preparar para una ciudadanía lúcida y sensible” (Cortina, 2007: 25).

 

Comentarios
  1. Eugenia Trigo Aza dice: 07/07/2025 a las 16:19

    Muchas gracias por la reflexiones que colocas ubicando «la búsqueda de sentido» como eje de la formación. Ese es el proyecto que como equipo de investigación llevamos a cabo desde hace décadas, tanto en docencia como en investigación. He formado parte de distintos equipos de investigación con diversas universidades, países y contextos y ese siempre fue mi principio fundante: la búsqueda de sentido en aquello que somos, hacemos y divulgamos. Actualmente formo parte del equipo de investigación internacional CoMoVi y se pueden seguir nuestras publicaciones en la página de Academia.edu y en el canal Youtube. Quedo a disposición. Muchas gracias.

  2. […] Para algunos supone una segunda oportunidad, una vuelta a la universidad, pero para otras personas supone, cada vez más, su primer contacto con el mundo universitario. Y nos podemos preguntar, ¿se puede vivir la universidad desde la distancia? […]


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