La universidad sin tiempo

A nadie se le escapa que el trabajo universitario requiere tiempo: organizar una asignatura implica semanas y meses de estudio, de pensar en las evaluaciones o de gestionar el calendario de sesiones. Preparar una buena clase significa pasar varias horas pensando cómo acercar la materia a los estudiantes, elaborando y buscando ejemplos precisos y accesibles, seleccionando aquello que se va a explicar y aquello que se va a dejar fuera, preparándose uno mismo para exponer, y exponerse, ante los alumnos.

Escribir una investigación conlleva horas de esfuerzo: de lectura y relectura de las fuentes, de confrontación con los estudios, de escrituras y reescrituras frustradas, de seminarios y congresos, de pensar, simplemente, el sentido y el objetivo de lo que se hace.

Divulgar y participar del debate público es posible solo si uno está atento a esos debates y los sigue de principio a fin, si uno se somete a las reglas de los medios no académicos, si uno, de nuevo, recurre a ejemplos y argumentos no limitados a los especialistas.

Todo lo que en la academia adquiere la forma de la publicación, todo lo que se presenta a algún público, es solo la punta de un iceberg hecho de tiempo.

La escasez de tiempo en la vida del profesor universitario

Sin embargo, el tiempo es aquello de lo que los universitarios carecemos. Solo en el punto anterior aparecen tres realidades distintas, que exigen lecturas, habilidades y actitudes diferentes. Tres realidades, por tanto, que reclaman su propia dedicación temporal: las horas entregadas a la corrección de exámenes no redundan en una mejor divulgación, ni las lecturas utilizadas durante la preparación de las clases suelen coincidir con los temas de las propias investigaciones.

Mientras no tengamos los giratiempos de Harry Potter, que permitían retroceder en el tiempo, la dedicación a una actividad solo puede realizarse quitándole horas a otras actividades, universitarias o familiares. Por ese motivo, a nadie le sorprende ya que los famosos deadlines académicos tengan siempre dos fechas: la original y, dos semanas después, la real, porque nadie llega nunca puntual.

En la universidad, hasta la muerte tiene que llamar, como el cartero, dos veces.

Salud mental y fatiga emocional en la universidad

Si a todo ello le sumamos las diferentes formas de exposición pública que acompañan a todas esas actividades, resulta comprensible que los profesores universitarios presenten índices altos de fatiga emocional y de estrés. Las consecuencias de la escasez de tiempo, de trabajos intensos, de la necesidad de adaptación y de la exposición pública son, según algunos estudios, el estrés, la depresión y la profunda fatiga.

Es cierto que esta sensación de ahogo temporal, de que a nuestros días les faltan horas para hacer lo que queremos o debemos hacer, no es exclusiva de la universidad; vivir como si no llegáramos a todo forma parte de la experiencia común de esta época. El sociólogo Hartmut Rosa ha llamado la atención sobre ello: si bien nuestra época no es la primera que experimenta una aceleración temporal, sí sería cierto que la sociedad tardomoderna es la primera que estabiliza esa aceleración, lo que tiene efectos, siempre según Rosa, “patológicos” y “alienantes” sobre la vida de las personas.

Al fin y al cabo, esta aceleración constante nos impide apropiarnos del mundo en que vivimos: afirmar que no llegamos a todo es otra forma de decir que hemos perdido el control de nuestras propias vidas.

The slow professor

Si las patologías de origen temporal son hoy generales, es también cierto que la sensación de ahogo se vive con particular intensidad en la academia. No en vano el movimiento “slow”, que llama a combatir la aceleración temporal tardomoderna, ha tenido su representante universitario en el exitoso libro The slow professor.

Claro que llamar “exitoso” a este libro supone juzgarlo por sus ventas y por los debates que ha suscitado. Es más discutible, sin embargo, que su diagnóstico se haya traducido en una modificación de la realidad de nuestras universidades. Al contrario, los profesores universitarios continúan multiplicando sus ya repletas agendas y acelerando aún más los tiempos diarios.

El peso de la gestión administrativa en la carrera académica

A las tareas ya nombradas (investigación, docencia y divulgación) habría que añadir la cuarta pata de las carreras académicas actuales: la gestión. Para hacer carrera en la universidad es hoy imprescindible la dedicación a la gestión universitaria, ocupando cargos administrativos aquí y allá y de forma más o menos constante. Y bien está, a mi juicio, que las universidades se autogobiernen (que los rectores y decanos sean universitarios, algo que no ocurre en todos lados) y que dediquemos parte de nuestro tiempo a algunas labores de gestión: organizar seminarios, congresos, publicaciones colectivas o grados universitarios.

Lo que no es tan evidente es que los universitarios deban ocuparse en tareas para las que no están preparados, ni que los cargos deban multiplicarse hasta el infinito, ocupando el tiempo de los profesores en tareas tan alejadas de su labor como inútiles.

Tareas que, para colmo de males, solo generan ineficiencias administrativas. Salir de esto implicaría dotar de mayor responsabilidad y de mayores medios a los profesionales de la administración burocrática: si no le pedimos a los profesores de lingüística que impartan las asignaturas de medicina, ¿por qué deberíamos confiar la gestión de un departamento a los expertos en la filosofía kantiana?

Junto a esto, habría que revisar, también, la cantidad y la utilidad de los cargos administrativos actuales: quizá no sea necesario que haya una coordinación por cada curso, ni mediadores entre los estudiantes y los profesores, ni comisiones mixtas para organizar viajes, ni reuniones quincenales para pensar colectivamente las guías docentes, ni que cada reunión, por pequeña que sea, deba contar con un acta oficial. Nadie duda de la importancia de la coordinación, pero multiplicar los cargos, las comisiones y las reuniones solo produce un doble perjuicio: resta tiempo para que los universitarios realicen su trabajo original e impide saber quién es el responsable real de cada tarea.

«Publish or Perish»: la presión por publicar en Humanidades en la universidad

Lo que se critica aquí, en definitiva, es algo ya repetido: que el lenguaje gerencial casa mal con la razón de ser de la institución universitaria y que, además, carece de sentido que los profesores pasen más tiempo con el Excel que leyendo, abandonando sus tareas esenciales y dedicando sus horas a trabajos secundarios. Críticas como esta son hoy en día recurrentes, especialmente en el campo de las humanidades, y suelen venir acompañados de la denuncia del famoso publish or perish: es decir, de la obligación tanto formal como informal de publicar de manera constante para asegurar el progreso de las propias carreras.

En un mundo así, los humanistas, en lugar de dedicarse a la lectura paciente de los clásicos, al estudio y a la reflexión, habrían sucumbido inevitablemente a la presión por publicar papers sobre la última cuestión de moda. Habría en todo ello una traición tanto al sentido original de las humanidades, colonizadas por la exigencia de la rentabilidad académica y por formatos más propios de otras ciencias, como a la propia vocación de los humanistas. Si hacer carrera, ha escrito alguna vez Andrés Trapiello, es hacer la carrera, esto se cumple más que nunca en las humanidades universitarias actuales.

El debate sobre los papers y la rentabilidad del saber

En todo ello, los papers aparecen para los críticos como uno de los enemigos a batir, como la expresión más acabada de una universidad que ha renunciado al saber y se ha entregado a la rentabilidad económica. Y si esto es grave en el conjunto de la universidad, lo es aún más en el caso de las humanidades, que habrían renunciado a sus formatos de trabajo clásicos para adoptar un modelo de publicación extraño y poco favorecedor. En lugar de dedicarse a los libros, que requieren tiempo y paciencia, los universitarios escriben hoy unos papers que solo acentúan el daño a las universidades.

La necesidad de tiempo para el estudio y la investigación

Cabe, por supuesto, matizar esta crítica: no está tan claro que la monografía haya sido siempre el tipo de trabajo propio de las humanidades, ni tampoco que el artículo de investigación sea históricamente ajeno a esas mismas humanidades. El problema, con todo, es que la presión por publicar no explica por sí sola la experiencia de ahogo temporal: lo que necesitan los universitarios no es eliminar los papers, sino tiempo para trabajar en sus investigaciones y en sus clases.

Podemos, claro, discutir con Ortega y con Newman que la investigación forme parte de las tareas esenciales de la universidad, pero nadie discutiría la importancia del estudio en la vida universitaria. Hasta el punto de que una universidad en la que no se estudiara estaría tan dañada que ni siquiera merecería el nombre de universidad.

Pues bien, a día de hoy, los papers son una de las pocas excusas que tienen los investigadores para escapar de las múltiples tareas cotidianas y para dedicar tiempo al estudio.

De ahí que poner el foco de la crítica en los papers sea, a mi juicio, un error: si elimináramos de la universidad actual la necesidad de publicar estas pequeñas investigaciones no tendríamos una mayor valoración del conocimiento, de los libros y de los clásicos, sino una universidad cuya estructura y cuyo funcionamiento impedirían hasta la mínima forma de estudio. De ahí que sea importante acertar con el diagnóstico: lo que necesitan los universitarios en su día a día no es solo una reivindicación del libro, sino algo más sencillo: tiempo para estudiar.

Propuestas para una universidad más humana y eficiente

La pregunta, entonces, es cómo conseguir ese tiempo. Y la respuesta puede ser doble: o bien reduciendo las actividades cotidianas, o bien unificando tareas. La reducción y reorganización de la gestión es, en ese sentido, esencial, porque esta introduce en las jornadas diarias las distracciones suficientes como para impedir el tipo de reflexión que el estudio necesita.

La unificación entre la docencia y la investigación sería otra opción: explicar aquello sobre lo que se investiga parece una idea razonable, siempre que se sigan unos criterios pedagógicos mínimos. Uno puede imaginar, incluso, unos grados universitarios en los que los dos primeros cursos sean generales e introductorios, mientras que los dos últimos cuenten con asignaturas optativas vinculadas a la docencia de los profesores.

Las posibilidades son múltiples, todas con sus ventajas y sus inconvenientes. Entre estos, claro, se puede señalar que la crítica que aquí se hace carece de realismo, porque el sistema universitario apunta hoy en otra dirección: hacia un mayor control jerárquico, una mayor dedicación a actividades administrativas, una mayor homogeneización de la docencia y una reducción dramática, aún más, si cabe, del tiempo dedicado al estudio.

En definitiva, todo apunta hoy a la necesidad de llenar cada hora de la jornada laboral con actividades medibles y conclusivas, limitando así el tiempo que se dedica a estudiar, a pensar, a preparar una buena docencia. Pero eso no invalida el diagnóstico ofrecido: los universitarios necesitamos, con urgencia, más tiempo.

 

Comentarios
  1. Juan josé Escribano Otero dice: 26/03/2026 a las 10:22

    Sugerencia:
    La aparición de internet ahorró tiempo en encontrar las fuentes para cualquier estudio (ya no había que viajar a no sé qué biblioteca a por no sé qué libro físico), y a la par, nos obligó a usar ese tiempo ahorrado a desbrozar la selva que supone la proliferación de millones de «fuentes» de sospechoso valor.

    Pues bien, ahora, las herramientas de inteligencia artificial nos pueden ahorrar tiempo en tareas no críticas, en tareas administrativas en mayor o menor medida y nos proponen utilizar ese tiempo liberado en ser más humanos.

    Hay que pagar, por supuesto, como siempre, la curva de aprendizaje. Primero, aprender a usar las herramientas. Después, sacarle partido.

    Un espólgan: «La IA nos hará humanos».

    :-)

  2. Juan Carlos García de Vicente dice: 27/03/2026 a las 09:39

    Un aplauso para este artículo. Un aplauso. Muchas gracias por poner texto al agobio que muchos sentimos por no poder «estudiar». Estudiar: pensar, sedimentar, contrastar, dejar que nuevos enfoques encajen o contrasten con los que hemos alcanzado. Estudiar para entender uno mismo mejor la realidad. Muchas gracias por este artículo. Es evidente que estamos en camino (y lejos aún) de encontrar soluciones aplicables a nuestro entorno académico en España.


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