Productividad y calidad científica: ¿dos caras de una misma moneda?

La belleza, como el talento o la inteligencia, son cualidades subjetivas, contexto-dependientes y por tanto difíciles de definir a gusto de todos. Lo mismo ocurre con la calidad: ¿qué es la calidad científica?

Desde que a finales de los 80  se publicara el R.D. 1086/1989 estableciendo los diversos conceptos retributivos aplicables al profesorado universitario e implantando un mecanismo incentivador de su labor docente e investigadora individualizada, mediante los conocidos quinquenios y sexenios, hasta el actual marco jurídico que los regula, se viene identificando la productividad científica (variable medible y objetiva) con la calidad de la investigación (variable ni medible ni objetiva) con los consiguientes agravios y perjuicios.

Productividad y calidad: ¿dos caras de una misma moneda?

A pesar de que todo el mundo reconoce que productividad y calidad transitan por espacios diferentes, la insistencia en igualar el significado de los valores que uno y otro ofrecen sobre el desempeño del profesorado universitario es tan incomprensible como injustificable. Un claro ejemplo en mi opinión de la rancia expresión “Sostenella y no enmendalla”.

Se da por bueno que la calidad científica está en proporción directa a los sexenios de investigación que, no siendo más que un incremento retributivo, se han convertido en la clave de la promoción profesional. Así, aunque en origen no fueran más que un complemento económico, la evaluación de los sexenios ha llegado a adquirir una importancia trascendental, porque suelen interpretarse en el sentido de “tantos tienes, tanto vales”.

Los sexenios no son garantes de la calidad

Dado el continuo debate que generan los sexenios y las formas de evaluarlos, puede ser pertinente reflexionar sobre si el resultado de la evaluación, verdaderamente, ofrece garantías sobre la calidad científico-académica de la persona evaluada.  Particularmente importante puede ser saber si el número de trabajos, sus citas, los índices de impacto, etc. son las variables más  adecuadas para evaluar dicha calidad. Porque de no ser así, quizás fuera bueno cambiar la métrica que empleamos.

Hay que tener en cuenta que los valores que proporcionan esas variables, siendo útiles, no son suficientes para evaluar la calidad científica, que por otro lado ni siquiera está definida. Pero como desde que se iniciara el proceso de evaluación de sexenios, la identificación de la producción con la calidad ha ido en aumento, la necesidad de tener un gran número de artículos muy citados ha ido creciendo, lo que ha impulsado a algunas personas a explorar atajos para progresar en sus carreras y así alcanzar, de forma poco limpia, los valores umbrales que en cada caso se exigen, en detrimento de quienes actúan correctamente, así como de todo el sistema en su conjunto, ya que a la postre las sospechas se proyectan sobre todo el colectivo.

Un sistema viciado: atajos para conseguir una aparente calidad científica

La oferta de atajos es tan carente de ética como imaginativa y variada y tiene como único objetivo la construcción de perfiles académicos falsos (Science, Vol 383, Issue 6685). Así por ejemplo, si eres editor de alguna revista con cierto prestigio, y principalmente en el SCI, así como si estás en un Comité Editorial, hay empresas bien establecidas que te ofrecen generosos incentivos económicos por cada artículo que la empresa de referencia te envíe y apruebes su publicación en muy corto plazo de tiempo.

Pero es que la demanda de trampas no se queda atrás. Así, si quieres construirte un curriculum adecuado a tus circunstancias, puedes  contactar con alguna de las “fábricas de artículos” que suelen vender la autoría de trabajos falsos a las personas interesadas en aumentar su currículum. Como recientemente se ha puesto de manifiesto (Nature, Vol 626, 1 Febrero 2024) alrededor del  2% de todos los artículos científicos publicados en 2022 tenían indicios de haber sido producidos por ese tipo de factorías de artículos. Pero lo cierto es que aunque cada vez se hacen más esfuerzos para detectarlos, su identificación es muy difícil y, lo que puede ser aún peor, cada vez lo será más.

Desgraciadamente el problema no termina ahí, ya que también hay atajos para conseguir un buen catálogo de trabajos dirigidos que contribuirán a inflar el curriculum. Es el caso de la dirección de TFM, TFG o incluso de tesis doctorales que, siendo actividades que habilitan para lograr un título oficial en España y en muchos otros países, se encargan a empresas que se dedican específicamente a eso y que se anuncian en las redes sociales sin ningún recato. Así la persona defraudadora, haciendo la vista gorda, puede conseguir ser director de varios trabajos de esa naturaleza, cuando no su autor directamente, con el consiguiente beneficio curricular.

¿Qué hacer para conseguir verdadera calidad científica?

A la vista de este muestrario de vías para evitar el trabajo serio y riguroso que requiere la investigación científica, siendo por tanto conscientes de la existencia de tantas y tantas trampas ¿de verdad conviene mantener el sexenio como unidad de medida de la calidad científica? ¿No sería más razonable asociarlo, como originalmente se pensó, a un complemento retributivo sobre la productividad, desprovisto de connotaciones de calidad científica? Desde mi punto de vista la respuesta indudablemente es positiva.

Surge inmediatamente la pregunta de cómo medir la calidad de la actividad investigadora, algo que puede ser útil en muchas circunstancias.  Se trata de un problema que no es nuevo (Nature, Vol 591, Marzo 2021, 516-519) pero cuya solución, a la vista de lo que aquí hemos comentado, pasa ineludible pero no exclusivamente por pedir revisiones muy estrictas de las aportaciones, incentivando y exigiendo la profesionalización de los evaluadores, para lo que se necesita tiempo, dinero y transparencia.

Factores prioritarios para asegurar la calidad científica

El tiempo es primordial. Para opinar sobre la calidad de un trabajo hay que leérselo. Pero no basta con eso porque también hay que entenderlo y tener el suficiente conocimiento temático como para saber si realmente aporta algo al estado de la cuestión o no. Ese trabajo no es fácil ni mucho menos y por tanto tiene que estar remunerado, como ocurre con otras muchas evaluaciones. Pero también hay que exigir transparencia en el proceso y por tanto profesionalidad a los evaluadores, de forma que públicamente se hagan responsables de sus decisiones. Basta con exigir que cuando un evaluador califique positivamente una aportación, su nombre aparezca firmando la correspondiente evaluación.

Creo que unas primeras medidas como estás contribuirían decisivamente a eliminar en buena parte los atajos, a la vez que ayudarían a que quienes desempeñan su labor investigadora correctamente, destaquen por sus aportaciones y no por el nombre del medio en que estas aparezcan. Puede que el camino que hay que recorrer sea largo y tortuoso, pero merece la pena.

 

Comentarios
  1. Teodoro dice: 02/04/2024 a las 10:03

    Enhorabuena y muchas gracias prof. Verdegay por esta reflexión tan interesante y pertinente.
    Esos indicadores (sexenios, citas, por ejemplo) no son suficientes, aunque necesarios. Efectivamente, en ocasiones su utilización ha derivado hacia prácticas poco deseables.
    La solución no es fácil, pero sin duda pasa por dedicar tiempo y recursos además de transparencia.
    Por aportar otra opción, cuando se habla de calidad científica personal y de promoción personal, sería requerir la existencia de un mínimo de producción en solitario al evaluar.

  2. Miguel Angel dice: 02/04/2024 a las 11:00

    Totalmente de acuerdo con el profesor. Un análisis certero que muchos deberían de leer. Acreditación y sexenios no son medidores de calidad, sino de suficiencia.

  3. Girard Vernaza dice: 02/04/2024 a las 21:13

    Estoy de acuerdo con los comentarios respecto a las publicaciones científicas y los doctorados, pero como actuar y evaluar esos trabajos “académicos” que no son pensados, diseñados y redactados por personas ajenas al que aparece como autor? El desafío es enorme, considero que en las instituciones de educación superior, previo a la valoración del artículo publicado, estas deben tomar un examen sobre la elaboración o cada uno de los pasos que dio para leo artículo. Quizás esta prueba proveía ayudarnos en estos aspectos.


¿Y tú qué opinas?