Retomar el valor de la clase magistral en tiempos de IA. Una reflexión sobre el debate del absentismo universitario

No cabe ninguna duda de la Universidad no es meramente, o no exclusivamente, un espacio de certificación. Al contrario, debe constituirse como un lugar de elaboración de sentido profesional, donde el universitario como futuro profesional pueda integrar el saber de su especialidad, el compromiso ético, el pensamiento crítico y juicioso, la cultura humanista. Y, también, una cierta experiencia práctica que le permita acceder al mercado laboral con un espíritu crítico y reflexivo.

Desde este punto de vista la certificación profesional es un requisito, pero no condición suficiente para un egresado universitario, puesto que también tendrá que ser un profesional creativo, innovador, en constante formación además de un ciudadano crítico y reflexivo que participe activamente -con su contribución profesional, entre otras cosas- al desarrollo humano y al progreso social.

Las dos caras del absentismo universitario

Cada vez son más las voces que denuncian el absentismo, o falta de asistencia, de los estudiantes a las aulas universitarias. Además, podríamos añadir aquellas críticas que demandan también el ausentismo, es decir, la aparición de universitarios que están de “cuerpo presente” ocupando una silla en el campus. Sin prestar atención, pendientes del móvil o de cualquier notificación de las redes sociales que les resultan más atractivas de lo en la clase está sucediendo.

Indudablemente, en tiempos de la IA, los alumnos recurren a la tecnología para aprender, resolver problemas o dudas sobre las materias, elaborar sus trabajos u organizar la información. Sin embargo, cabría preguntarse qué función tiene en todo esto el conocimiento y no únicamente como acceso a la información. Cabría cuestionarse, asimismo, qué papel juega la universidad en estos tiempos puesto que ya se ha subrayado que no puede ser únicamente un lugar de certificación profesional, sino que ha de transmitir conocimiento cabal en sentido mayúsculo.

La necesidad de autocrítica frente al absentismo

Con todo, la universidad debería hacer autocrítica, tanto los docentes como del tipo de docencia que en las aulas se lleva a cabo. Un profesor que simplemente transmite información, sin previa interiorización ni reflexión sobre esta, o que se dedica exclusivamente a leer un Power Point, que luego puede facilitar a los estudiantes, es un docente que está invitando a los estudiantes a que no acudan.

No aprenden in situ o pueden aprenderlo en diferido y en menos tiempo del que ocupa una clase universitaria.

En cualquier caso, la universidad no debe negar, obviar o menospreciar los avances tecnológicos ni a las infinitas ventajas que ofrece la IA. No obstante, está obligada a garantizar que el estudiante aprende un conocimiento y no únicamente recibe o adquiere una información. Información que, en el mejor de los casos, también podrá adquirir posteriormente en diferido a través de la IA o de las tecnologías digitales.

El valor de la clase magistral

Por estos motivos, ahora más que nunca, se ha de poner nuevamente en valor la clase magistral. Una clase magistral no puede basarse en el uso de un Power Point o de un soporte (digital o analógico) que el profesor lea, porque eso no implica ni que el profesor haya interiorizado reflexivamente el conocimiento ni que los alumnos lo estén haciendo o lo hagan más adelante. A menudo se piensa que la clase magistral supone que el alumno es pasivo y sólo debe escuchar o tomar apuntes.

Una buena clase magistral requiere que tanto el alumno como el profesor estén pensando paralelamente, reflexionando al mismo tiempo, con la mente activa y con actitud positiva, propositiva y de entusiasmo.

Cuando el profesor transmite un conocimiento piensa junto con los alumnos, no transmite una información momificada, sino que está obligado a entrar en clase con la mente activa, abierta, despierta y en constante movimiento. Este tipo de docencia, que obliga al profesor (y a los estudiantes) a permanecer activo mientras va explicando, pone de relieve la importancia que le concede el docente a la formación del estudiante. Por ello, la clase magistral podría vincularse con el compromiso ético del docente hacia su tarea formativa y su profesión académica.

De la enseñanza programada a la inteligencia artificial generativa

El nutrido debate en el ámbito universitario sobre la enseñanza programada y la introducción de la tecnología educativa (Area, 2009; Cabero, 1996; Castañeda et al., 2020), que se prolongó en los años 80 y 90, en realidad, es similar al que actualmente existe con la Inteligencia Artificial, especialmente la generativa (IAg) (Doroudi, 2023). Para explicar las dicotomías de este debate, el profesor Marc Fuertes (2025) diferencia acertadamente entre aprender de y aprender con la tecnología.

«Aprender de» y «aprender con»

En general, el aprender de hace referencia a la enseñanza asistida por ordenador, actualmente proseguida por sistemas de tutoriales inteligentes. Estos sistemas se basan en modelos expertos y de personalización del aprendizaje con feed-back o retorno inmediato. De alguna manera, estos sistemas reproducen la enseñanza tradicional dado que se basaban en una imitación de la figura docente como transmisor de información.

Este tipo de enseñanza sitúa en el foco de atención la tecnología, desplazando, en consecuencia, el protagonismo de la acción educativa del aprendizaje a la enseñanza. Así, el protagonismo de la acción educativa recae en la tecnología y no en el sujeto. Estos programas, que generaron un enorme interés en la década de los 90, vuelven ahora a resurgir la IA con el objetivo de optimizar la experiencia del aprendizaje del alumnado.

Adquirir información o procesar conocimiento

Asimismo, este tipo de uso de la tecnología entiende que el proceso educativo debe fundamentarse en informaciones prácticas o aspectos de inmediata aplicación, obviando su sentido procesual y mediato. En el fondo, este discurso se sustenta en que el aprendizaje es una cuestión de adquirir información y no de procesar conocimiento o de desarrollar la reflexión crítica del educando.

Sin embargo, con respecto a aprender con hace referencia, la tecnología se entiende como una herramienta puesta al servicio del aprendizaje, que complementa la figura del docente, pero en ningún caso la sustituye. Es decir, se utiliza en la acción pedagógica un objeto tecnológico concreto, pero el control y la utilización dependen absolutamente de la persona, sea el docente o el estudiante.

Así, la tecnología puede complementar o reforzar puntualmente el proceso educativo universitario, pero el centro de la acción depende de la tarea o gestión humana, del profesor o de alumnado.

En definitiva, se trata de que las tecnologías educativas en el ámbito universitario ayuden a procesar el conocimiento, favorezcan que el alumno adquiera o consolide el conocimiento, pero no de forma inmediata sino procesual. Si bien aprender de responde a los intereses mercantilistas de la industria EdTech, el aprender con la tecnología supera estos intereses y fomenta el uso crítico de estas herramientas.

La pandemia y el fetichismo tecnológico en la universidad

En el ámbito universitario, toda esta expansión tecnológica llegó a su punto culminante durante la pandemia provocada por el Covid-19 (Díez-Gutiérrez, 2021). Con la llegada del confinamiento, prácticamente declarado en toda la geografía mundial, el uso de la tecnología en la educación terminó de implantarse definitivamente. Fue en este contexto donde la industria EdTech encontró una brecha, o un campo abonado, para empoderarse definitivamente.

Los autores más críticos con este fenómeno comenzaron a manifestar su preocupación por el fetichismo de la tecnología en el sentido de que parecía que la tecnología era la herramienta más adecuada para la formación del estudiante universitario, que estaba obligado a permanecer aislado o confinado en su hogar. De alguna manera, ante esta situación de solipsismo generalizado, la tecnología se erigió como el ágora, la plaza pública, convirtiéndose en el punto de conexión de los individuos con el mundo y con la sociedad. Así la educación también se volcó en este ámbito tecnológico, y provocó, no sin razón, la progresiva implementación del absentismo y del ausentismo universitario.

Recuperar el entusiasmo por la clase magistral clásica

Resulta necesario, ante esta situación, que el profesorado universitario sea un intérprete o constructor permanente del conocimiento, que previamente lo haya preparado y dispuesto reflexivamente, que ha de saber transmitir a los alumnos garantizando de algún modo su aprendizaje e interiorización. Por eso, ahora más que nunca, es necesario dejar de mercantilizar la información y retomar la clase magistral clásica.

Una clase magistral en que el docente que transmite con entusiasmo lo que sabe y que los estudiantes están pensando conjunta o paralelamente a él, con igual pasión.

Ambos ha de estar permanentemente activos en el aula y saber que su presencia es necesaria, dejando de sentir que puede ser contingente.

En definitiva, se trata de volver a activar las mentes, tanto del profesorado como del alumnado, de retomar el entusiasmo por la clase magistral clásica para que todos los universitarios vuelvan a las aulas a aprender conocimientos, a disfrutar de la construcción de contenidos de forma conjunta, y no únicamente a adquirir información. De tal modo que los universitarios (profesorado y estudiantado) volvamos a ilusionarnos por aquello que tanto estimamos, la Universidad (Esteban, 2025). Ni más ni menos.

 

Comentarios
  1. José Luis Vicéns Moltó dice: 18/06/2026 a las 16:37

    Los alumnos no van a clase fundamentalmente porque las clases suelen ser malas. Sí, malas.Y lo son dado que no consiguen interesar a los alumnos, que no perciben que sean atractivas per se (aprendizaje) ni que les faciliten la superación de las evaluaciones. Buscar otras razones es patear como un hamster en un rodillo. Por cierto, los investigadores brillantes son los que menos clases imparten; el premio a la investigación es apartar de la carga insoportable que son los alumnos (la universidad sería fantástica sin alumnos que quiten tiempo para investigar, que es lo divertido).

  2. Francisco dice: 18/06/2026 a las 22:02

    Profesora VILAFRANCA, excelente trabajo, por no decir que se trata de una auténtica clase magistral! Felicidades y mil gracias!

  3. Juan Carlos García de Vicente dice: 19/06/2026 a las 09:41

    Muchas gracias, Isabel, por tus reflexiones. No comparto algunas críticas de los comentaristas precedentes. Y eso es bueno: porque estamos construyendo con «algo» que no esperábamos que formase parte del ecosistema docente de forma tan acelerada. Me ha gustado especialmente tu frase que revaloriza el papel que puede seguir teniendo la llamada «lección magistral», tan denostada: dices «Una buena clase magistral requiere que tanto el alumno como el profesor estén pensando paralelamente, reflexionando al mismo tiempo, con la mente activa y con actitud positiva, propositiva y de entusiasmo». Una buena clase magistral es una cordada con los alumnos para escalar un ocho mil de algún conocimiento significativo: no es ver el vídeo de cómo se escaló y los pasos difíciles, sino atravesarlos con ellos sin dejar atrás a ninguno. En parte la pena es que estamos, los profesores, desmotivados: ni por incentivos económicos, ni por reconocimiento social, ni por métricas de la ANECA… En fin, Isabel, gracias sinceras

  4. Gonzalo Génova dice: 19/06/2026 a las 15:15

    Estimada Isabel, se me ha adelantado Juan Carlos: tampoco comparto algunas críticas negativas de otros comentaristas, pero sobre todo coincido en que «Una clase magistral en que el docente que transmite con entusiasmo lo que sabe y que los estudiantes están pensando conjunta o paralelamente a él, con igual pasión.»

    Pensar juntos, esa es la clave. Por eso la clase magistral debe ser dialogada, aunque sea dialogando con los rostros de los alumnos. Y por eso el uso de transparencias, especialmente si están demasiado sobrecargadas, puede ser un estorbo más que una ayuda.

    Gracias por tu reflexión.

  5. Pablo dice: 19/06/2026 a las 16:20

    ¡Por fin, una reflexión diferente a la moda! Una clase magistral con pizarra puede ser infinitamente más útil y motivadora que el enésimo mecanismo de gamificación con vídeos interactivos.

  6. Alberto dice: 25/06/2026 a las 21:37

    Artículo demasiado nostálgico y basado en cierta aversión a la IA. La clase magistral no va a volver. Estamos en otra era. El imperio de la IA es la evolución natural que cambiará [ya lo está cambiando] el paradigma universitario clásico.

    Hay que ir asumiendo el nuevo modelo de Universidad. Pretender volver al pasado es nostalgia y es inútil.

  7. Álvaro Cepudo dice: 29/06/2026 a las 12:20

    Leo una cierta apatía, tanto en la noticia como en los comentarios. Yo creo que un profesor que se prepara una clase con ilusión, todavía puede impartir una clase magistral. Otra cosa, independiente de lo que yo crea, es que los cerebros del alumnado se hayan acostumbrado a recibir mensajes inmediatos que nada tienen que ver con digerir un texto medieval, con sus recursos y sus pausas, o entender una explicación que requiera ir a ralentí y no pasado de vueltas. Parece que si uno no da las clases a base de reels, ya está condenado a ser un mal profesor y no creo que sea así.

  8. J dice: 30/06/2026 a las 13:46

    El problema es que la mayoría de los alumnos tienen cero motivación. Simplemente quieren un título para trabajar. No les gusta estudiar. Copiar con chat GPT es estándar. Los tres o cuatro a los que sí les gusta si van a clase, participan y lo disfrutan. El resto están de relleno.


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