El sistema universitario ante la COVID-19: corto, medio y largo plazo

La tecnología nunca había tenido tanto impacto en el desarrollo individual, colectivo, empresarial y, en general, de la  sociedad. Antes del estado de alarma decretado el 14 de marzo de 2020 se vivía un periodo de transformación digital. Eso sí, a diferentes velocidades y de forma desigual en función de los estratos sociales, la ubicación geográfica o los sectores de actividad.

No obstante, éramos conscientes de que esta transformación nos estaba cambiando nuestros hábitos de comunicación, ocio y acceso a los servicios. Además, bajo el paraguas de la industria 4.0, la automatización y la inteligencia artificial, se preconizaban cambios en los puestos de trabajo, donde un 80% de los que conocíamos se transformarían y un 30% desaparecerían. Aunque de forma global el empleo se vería incrementado, este nuevo empleo demandaría mano de obra muy cualificada.

Con la pandemia por la COVID-19 y el estado de confinamiento se ha incrementado la dependencia de las personas hacia la tecnología. Para teletrabajar, seguir clases, hacer deporte, estar en contacto con nuestros seres queridos, combatir el aburrimiento, comprar, etc.

Además, las soluciones tecnológicas se han puesto en primera línea para ayudar a combatir los efectos de la enfermedad: desde la movilización de las estructuras para construir respiradores e imprimir equipamientos de protección, hasta la utilización de aplicaciones de inteligencia artificial para buscar los tratamientos más efectivos contra el virus. También se han intentado detectar positivos por la voz, por radiografías de tórax, e incluso se han creado aplicaciones móviles para la trazabilidad de los contagiados, etc.

Las brechas en el acceso a la tecnología

Precisamente, es en este momento en que se hace tan patente nuestra dependencia como sociedad de la tecnología y de sus beneficios. Y, sin embargo, tiene como contrapartida que se magnifican las brechas entre aquellos que tienen acceso a la tecnología y aquellos que no. Concretamente, se tienen tres tipos de brechas con respecto al mundo digital:

En primer lugar, la brecha de acceso. Se refiere a cuando no se tiene acceso a la tecnología, a los ordenadores, a los dispositivos móviles de altas prestaciones y, principalmente, a una adecuada conexión a Internet. Se distinguen dos situaciones, principalmente: la falta de acceso por carecer de medios económicos y la falta de acceso por residir en zonas con problemas de despliegue de las redes de comunicación.

En segundo lugar, la brecha de uso. Significa que hay conectividad en el hogar, pero menos dispositivos que personas conviven. En estos casos se ven obligados a organizarse y repartirse su uso.

En tercer lugar, la brecha competencial. Es complementaria a las otras dos y se refiere a las carencias en las competencias digitales que tienen las personas. Esta deficiencia les impide sacar los beneficios de la tecnología y huir de sus riesgos y malas prácticas.

Las brechas en el sistema universitario 

De una manera más o menos efectiva, gracias a la digitalización se han podido proponer alternativas a numerosas problemas. En lo que se refiere a la educación en el contexto de esta pandemia, se ha podido atender a esos 1.500 millones de estudiantes que se han quedado sin asistir a sus clases en los colegios, institutos o universidades en todo el mundo.

Pero, a su vez, la crisis ha dejado expuestas las carencias y limitaciones de un sistema educativo que se ha venido digitalizando, en el mejor de los casos, pero no transformándose para ser digital. Además, especialmente en los niveles preuniversitarios, las brechas de acceso, uso y competencias son muy evidentes y crean importantes desigualdades.

En la educación superior, especialmente de las universidades presenciales, desde hace tiempo se debate sobre la oportunidad o necesidad de adoptar modelos semipresenciales u online. Se plantea en titulaciones oficiales, sobre todo en posgrados, como respuesta a la demanda social y a los movimientos en el mercado global del sistema universitario.

Pero al igual que en otros sectores profesionales, se ha ido postergando la decisión, la inversión y, con ello, la transformación. No obstante, existen importantes excepciones que han sabido evolucionar sus modelos tradicionales hacia modelos mixtos en los que las tecnologías del aprendizaje están muy presentes. Convirtiéndose, así, en instituciones con modelos educativos de referencia.

Por otro lado, hay que señalar que es precisamente en las universidades presenciales donde se produce una mayor brecha competencial. Esta brecha, mayor en el caso de las universidades públicas, se ve enfatizada por una resistencia al cambio del profesorado, así como por una falta generalizada de estrategia institucional que marque una hoja de ruta para la transformación digital global de la universidad.

Retos del sistema universitario

El mundo después de esta primera oleada de la pandemia no va a ser el mismo. La educación tampoco lo será. A continuación, señalo los principales objetivos o retos a los que deberá enfrentarse el sistema universitario, a corto, medio y largo plazo.

A corto plazo

A corto plazo, se va a cerrar el actual curso académico con los parches que de forma sobrevenida se han aplicado tanto para impartir las clases como para evaluar. Si bien no habrán sido los más adecuados desde el punto de vista de su diseño educativo, hay que poner en valor que se ha dado una respuesta en un tiempo record.

Además, han demostrado un compromiso sobresaliente por una buena parte de la comunidad universitaria que ha pasado a la acción en lugar de desaparecer o limitarse a criticar la docencia online. Pero los verdaderos retos están a medio y largo plazo.

A medio plazo

En el medio plazo, en el curso 2020/2021 no se volverá a la normalidad a la que estábamos acostumbrados antes del confinamiento. Habrá que aprender a convivir con este virus.

A las situaciones de adaptación de las aulas físicas habrá que añadir escenarios de virtualidad. Bien como complemento a las medidas adoptadas o de nuevos estados de confinamiento en el peor de los casos. En cualquier caso, la improvisación ya no va a admitirse como una excusa porque ya conocemos los efectos de este virus.

Hay que empezar a rediseñar nuestra docencia para escenarios de presencialidad reducida complementada con verdadera docencia online. Y esta nueva docencia no se debería limitar a cambiar el aula de clase por la sala de videoconferencia.

A largo plazo

En el largo plazo, toda crisis tiene su efecto positivo. En este caso, la COVID-19 ha supuesto un acelerador imprevisto para la transformación digital de la docencia universitaria. Hay unas lecciones aprendidas que sería un error si no se aprovechan o si no se canalizan para reflexionar profundamente sobre el sistema universitario.

La transformación digital era una necesidad y un requerimiento de nuestra sociedad. De esta experiencia deberían salir nuevos planes estratégicos que fortaleciesen y modernizasen la universidad y sus misiones con respecto al avance del conocimiento y de la sociedad.

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Comentarios
  1. CÉSAR OMAR NUÑEZ dice: 12/05/2020 a las 17:38

    Me gusta los planteos y el tratamiento de la información

  2. Bismark Villanueva Fajardo dice: 12/05/2020 a las 21:25

    Valoro compartir tus reflexiones;agradeciendo de antemano tus aportes para que sean tomados como referencia para la construcción y adecuación de los contenidos y estrategias metodológicas para la interacción presencial y virtual.

  3. Patricia Sánchez dice: 13/05/2020 a las 08:29

    No puedo estar mas de acuerdo con este análisis y con los retos identificados en el artículo. Efectivamente, desde los equipos de gobierno se está consiguiendo dar una respuesta en tiempo record. Esto está requiriendo alcanzar consensos no siempre fáciles y en un escenario extraordinariamente complejo lo que está siendo posible gracias a un enorme trabajo y un fuerte compromiso de muchas personas. Sin embargo, ahora es el momento de revisar nuestras estrategias. No identificar la relevancia de ello puede amenazar nuestro futuro al comprometer la aportación de valor que debemos seguir haciendo a la sociedad como instituciones públicas. Enhorabuena por el artículo.

  4. Albert Corominas dice: 13/05/2020 a las 18:51

    Estoy de acuerdo con que las universidades públicas presenciales deberían plantearse (deberían haberse planteado ya hace tiempo) cuáles son las combinaciones adecuadas de presencialidad y no presencialidad, en función del tipo de enseñanzas impartidas y de su posición en los planes de estudios. Sin duda, la UNED, única universidad pública española no presencial, podría proporcionar una ayuda muy valiosa en estos procesos de cambio.

    Debería tenerse en cuenta, no obstante, que, por una parte, todas las universidades más universalmente reconocidas son presenciales y, por otra, que no conviene, sin más, hacer de la necesidad virtud.

    Tal vez porque provengo de una universidad politécnica en la que el personal suele tener competencias, incluso muy avanzadas y desde hace muchos años, en el uso de la tecnología digital en la investigación y en la docencia, me ha sorprendido la afirmación de que la brecha competencial «es mayor en el caso de las universidades públicas», teniendo en cuenta, por otra parte, los tipos de estudios que predominan en las universidades privadas. No he conseguido encontrar fuentes documentales que confirmen esta opinión. El mayor peso de la enseñanza no presencial en las universidades privadas no es equiparable a una mayor competencia en tecnología digitales de su profesorado.


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