Univerdad

Una conversación pública sobre la universidad española en clave afirmativa y crítica, desde la independencia y el rigor intelectual

Publicar ciencia abierta en un mundo abierto (I): “devolved la ciencia a los científicos”

“Quien recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía; igual que quien enciende su vela con la mía, recibe luz sin que yo quede a oscuras. Las invenciones no pueden, por naturaleza, ser objeto de propiedad”.
Carta a Isaac McPheron, 13 de agosto de 1813. Thomas Jefferson

Uno de los temas actuales que afecta a la ciencia, a las universidades y a la carrera de los investigadores son las transformaciones que se están sucediendo en la llamada nueva comunicación científica, ciencia abierta, ciencia digital, ciencia ciudadana o ciencia democrática, que está posibilitando la extensión de las TIC e Internet en la comunidad científica y universitaria. La creación del primer servidor abierto a Internet de artículos científicos que creó el físico Paul Ginspard en el Los Alamos National Laboratory (LANLen el año 1991, dio paso a miles de iniciativas tecnológicas reales que se van consolidando en torno al acceso abierto a los resultados de la ciencia. Por otra parte, las editoriales externas a las universidades que continúan controlando mayoritariamente el negocio de la información científica también están adaptando sus modelos de acceso. Y como no podía ser de otra manera, también surgen proyectos “alternativos”, como Sci-Hub, con más de 50 millones de artículos de revistas, muchos de ellos protegidos por los derechos de autor.

Aportamos aquí en forma de diálogo algunas reflexiones al respecto.

¿Cuánto cuestan las revistas científicas?

Las revistas científicas en soporte electrónico o revistas digitales científicas cuestan a las universidades españolas más de 100 millones de euros al año. Y cada año costarán más, entre un 3% y un 5% de incremento anual. Esto es debido a tres motivos principales: el incremento desorbitado del precio de las suscripciones por parte de las editoriales, un error estratégico en el modelo de compra que las bibliotecas cometieron hace unos años y al peor negocio que están haciendo las universidades que siguen pagando a precio de oro un producto que ya es suyo.

Que las editoriales suban cada año sus precios es comprensible pero ¿puede explicar el error de las bibliotecas y el peor negocio de las universidades?

Bueno, que las editoriales suban cada año sus precios tampoco es tan comprensible ni evidente. Los grandes grupos editoriales, por ejemplo Elsevier, no hablo de las pequeñas editoriales académicas, tienen una política de precios muy agresiva y corren el peligro de estrellarse si no cambian. Ellos saben que los presupuestos de sus clientes, que principalmente son las bibliotecas de las universidades, no tienen un incremento cada año del 3% al 5% en sus presupuestos ordinarios. Por lo tanto, están forzando demasiado la máquina, de tal manera que algún día sus clientes dirán basta y cancelarán las suscripciones. Las editoriales no están adaptando sus precios a la realidad económica de las universidades porque sus modelos de negocio son rentabilizar todo lo que puedan ahora, ya que la nueva comunicación científica, basada en las TIC, Internet y el acceso abierto, van a modificar por completo todo el sistema de publicación. Por lo tanto, puede que en el futuro sus productos ya no sirvan porque las universidades han optado por otro camino. Las editoriales deberían adaptarse al bolsillo de las universidades, sino se prescindirá de ellas porque el sistema actual no es sostenible. Muchas bibliotecas ya han empezado a cancelar centenares de títulos de revistas y a potenciar la publicación científica digital en acceso abierto a Internet. Lo óptimo sería construir un sistema mixto en donde quepan todos, pero será difícil.

Y sobre las bibliotecas y el mal negocio de las universidades…

Las bibliotecas académicas desde siempre son las que han adquirido, catalogado, preservado y prestado las revistas científicas en todas las universidades del mundo. Es su función dentro del sistema académico y científico. Pero en los años 90, cuando las revistas editadas en soporte en papel empezaron a editarse en soporte electrónico, las editoriales ofrecieron, no la compra de título a título, como se venía haciendo cuando se adquirían en papel, sino que ofrecían todos los títulos de revistas electrónicas de la editorial mediante un paquete global. Nos decían: “No compréis títulos individuales, comprad todos los títulos de nuestra editorial por un módico precio”. Ante esta oferta tan atractiva, las bibliotecas universitarias aceptaron estas ofertas y sus colecciones de revistas pasaron a multiplicarse por mil.

Era el viejo sueño “alejandrino” de poseer y ofrecer todo el saber a sus investigadores, pero no sabían que con esta decisión las editoriales marcarían las reglas de juego.

Estas reglas de juego son principalmente dos: la primera, que las bibliotecas ya no tienen la propiedad de las revistas digitales sino solo el acceso que tienen que pagar cada año y la segunda que tampoco pueden comprar títulos sueltos como antes, sino que deben comprar todos los títulos de la editorial, aunque muchos de ellos no sean relevantes. Esta es la trampa que hicieron las editoriales a las bibliotecas universitarias de tal manera que ahora se encuentran atrapadas en pagar cada año los precios desorbitados que las editoriales imponen.

Sobre el “peor negocio de las universidades”, es un tema muy analizado justamente por grandes y prestigiosos profesores e investigadores, que al grito de “devolved la ciencia a los científicos” ponen de manifiesto cada día este problema con multitud de declaraciones a favor del acceso abierto a la ciencia. La más importante de ellas, la Budapest Open Access Initiative (BOAI) que ya tiene 17 años y que denunciaba esta situación, pidiendo a los investigadores que publicaran sus artículos en servidores abiertos o en revistas de acceso libre en Internet.

El problema, de forma muy resumida, es el siguiente: los gobiernos y las universidades pagan todos los costes de la investigación: investigadores, laboratorios, bibliotecas, ayudas, convocatorias, etc. para producir nuevo conocimiento, pero después este conocimiento se regala en forma de artículos a las editoriales externas a las universidades que los publican en sus revistas. Una vez publicados los artículos, son las mismas universidades, mediante las bibliotecas, que vuelven a comprar el conocimiento que ya era suyo. Por lo tanto lo pagan dos veces, incluso en algunos casos tres veces, porque muchos investigadores tienen que pagar a las revistas para que editen sus artículos. Este tema sería tangencial y sin importancia si no fuera porque estamos hablando del nuevo conocimiento que genera la investigación de las universidades, que es justamente su actividad más esencial.

Pero, la ciencia se publica principalmente en revistas científicas y, por lo tanto, las editoriales tienen una función beneficiosa para la universidad…

Por supuesto, las revistas científicas como los congresos y ahora la red de Internet, son los canales habituales de la comunicación de los resultados de la ciencia por dos motivos: el primero, porque una revista científica es un producto documental periódico consolidado que sirve para publicar artículos y distribuirlos a los diferentes científicos de una misma especialidad y, segundo, porque una revista científica dispone de un comité científico de expertos que revisan y valoran los artículos recibidos sobre un determinado avance, resultado o descubrimiento. La revisión por pares es la piedra angular de todo el proceso científico y es lo que garantiza que la ciencia avance y no sea pseudociencia. Por eso son tan importantes las revistas científicas. Pero el problema no es este, porque ya hay miles de revistas científicas de gran calidad en acceso abierto con comités científicos de prestigio, por ejemplo las que aparecen en el Directory of Open Access Journals (DOAJ), sino que el problema es que estas grandes editoriales forman parte de conglomerados de empresas de información externas a la académica y sus objetivos son sus cuentas de resultados, no el bien común.

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Comentarios
  1. Eva Méndez dice: 24/11/2016 a las 15:05

    No puedo estar más de acuerdo con la reflexión de Dídac. Que es además, el sentir de muchos en Europa. Sirva de ejemplo esta iniciativa http://tiedonhinta.fi/en/english/ que comenzó esta semana en Finlandia (21/11/2016) y ya tiene más de 1600 firmantes.
    Lamentablemente, como en otras ocasiones, quedará en el refrendo público del desacuerdo…

    Necesitamos cambiar el sistema de comunicación científica, sobre todo la forma en que medimos el crédito de los investigadores. El denostado “impact factor” de las revistas científicas, sigue siendo la piedra angular de los sistemas de acreditación y evaluación en todo el mundo.

    Con todo el dinero que las universidades y organismos de investigación “donan” a los grandes editores (27 millones de euros en Finlandia y otros tantos en España, etc. más de 900 millones de Euros sólo en Europa, por poner una cifra) podríamos crear un sistema de comunicación científica abierto y global… pero el problema es que para crear un sistema nuevo, necesitamos mantener el actual statu quo de la ciencia… y eso cuesta, ya sabemos cuánto.
    Un cambio estructural, un cambio sistémico… La llamada a la acción está hecha para la “Open Science”: https://english.eu2016.nl/binaries/eu2016-en/documents/reports/2016/04/04/amsterdam-call-for-action-on-open-science/amsterdam-call-for-action-on-open-science.pdf pero… Y los estados miembros, al menos en Europa, agarraron el guante (http://data.consilium.europa.eu/doc/document/ST-9526-2016-INIT/en/pdf) pero… ¿quién le pone el cascabel al gato?

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