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¡Empecemos a jugar al fútbol entre las universidades españolas!

Disculpen mi atrevimiento por utilizar un símil futbolístico, ya que no soy muy aficionada a este deporte, aunque lo sigo con cierto interés. Y lo uso para provocar de nuevo su atención, ya que me preocupa enormemente el devenir de las universidades españolas en las ligas mundiales si seguimos en esta senda de “café para todos”. En mi modesta opinión, sólo cabe una receta, comenzar a competir en diferentes ligas, lo que nos hará mejorar a todas las instituciones para intentar llegar a ser clasificadas, aunque a buen seguro, solo unas pocas serán las campeonas. Un buen amigo y compañero de publicaciones, Enrique Orduña-Malea, me decía que nuestro principal problema para jugar bien en las diferentes ligas, -ya saben que, en inglés se les llama league tables a los rankings-, radica en que “crear” unos ganadores supone tener unos perdedores… y ahora mismo la legislación actual pone “palos en las ruedas”, impidiendo, de alguna manera, que cada universidad crezca de forma independiente. En concreto, me argumentaba un punto importante: una universidad pública no podría contratar a un premio Nobel de forma estable en España.

Me preocupa enormemente el devenir de las universidades españolas en las ligas mundiales.

En el anterior post titulado ¡dejemos de llorar! ponía de manifiesto la apremiante necesidad de las universidades públicas españolas de captar más financiación tanto pública como privada y como esto pasaba por revalorizar el valor social de la universidad. En esta nueva entrada, quiero poner el énfasis en la necesidad de “recalibrar” el diseño de la financiación universitaria porque las universidades no pueden ser autosuficientes. Algunas de ellas necesitan un fuerte impulso a través de rompedoras iniciativas de diferenciación impulsadas desde los propios Gobiernos Autonómicos, en connivencia con las políticas de Investigación, Ciencia y Desarrollo Tecnológico. No se trata de decir que tenemos muy poca financiación pública todas a una, que también, sino que se trata de reclamar individualmente más financiación al sector público y al privado orientándola hacia unos objetivos claros y bien definidos. Si somos capaces de diferenciar y elegir, cuestión que no está exenta de muchas críticas, deberíamos empezar a hacerlo, como ya lo hizo hace mucho tiempo el gobierno suizo que, sin ir más lejos, apostó decididamente por sus buques insignia en la actualidad en los rankings globales, las Escuelas Politécnicas.

Se trata de reclamar  más financiación al sector público y al privado, orientándola hacia unos objetivos claros y bien definidos.

En definitiva, se trata de dar un paso hacia adelante y no hacia atrás, con decisiones valientes, que permitan jugar en la premiere league a las instituciones altamente investigadoras e innovadoras, y que cuentan con fuertes vínculos con el sector privado. Leía con envidia sana en LinkedIn que la Universidad de Twente, una de las Universidades Técnicas holandesas (aunque no la más importante en los rankings que, sin duda, es Delft), había conseguido liderar un proyecto de 16 millones de euros sobre Health Robotics y cuyo consejo ejecutivo ha nombrado recientemente como nueva Decana de la Facultad de Ciencias y Tecnología a Jennifer Herek. Nuestras universidades, politécnicas o generalistas, están muy lejos de uno de los sistemas de educación universitaria más pequeños de Europa, por número de universidades, pero que es capaz de colocar a más de una docena de universidades en los principales rankings globales del mundo y en puestos muy destacados.

Quizás para poder empezar a competir realmente en el “mercado global” de la educación superior, necesitamos salir fuera, lo que me recuerda el debate reciente que hay en España sobre la disputa de partidos en otros lugares. Se quería celebrar un partido del Madrid o del Barcelona en Miami, se ha celebrado la final de la copa Libertadores en Madrid, la final de la Supercopa de España fue en Marruecos, etc. La globalización lleva a estas cosas.  Pero, sin duda, lo que debemos alentar es, como en el fútbol,  una competición sana entre los grandes equipos: Barcelona, Madrid, Atlético de Madrid, Sevilla, Valencia, Real Sociedad… ¿Por qué? Para que los mejores jugadores terminen jugando allí, para que las jóvenes promesas, nacionales o internacionales, que quieran demostrar su increíble talento deportivo y ser reconocidas por ello, y para poder realizar fichajes y traspasos, como ya se está haciendo en otras universidades.  En suma, para ir formando equipos de primera, capaces de competir a nivel europeo y mundial, como llevan haciendo hace muchos años las mejores universidades norteamericanas, y como empiezan a hacer muchas otras. Permítanme un dato, en el último ranking de Shanghái han irrumpido 38 instituciones en posiciones por debajo del Top-500.

Para empezar a competir realmente en el “mercado global” de la educación superior, necesitamos salir fuera.

El auge de estos sistemas universitarios, no sólo los europeos sino también los asiáticos y de Medio Oriente, suponen una gran amenaza para el sistema universitario público español, pero, al mismo tiempo, una gran oportunidad para transformar rápidamente unas instituciones lentas y que, a veces, adolecen de una profunda inercia. Igual que lo hemos conseguido en el fútbol, lo terminaremos consiguiendo en la universidad española. Espero que el tiempo me dé la razón. España necesita buques insignia (flagships en el nuevo lenguaje) y, desafortunadamente, no estamos apostando claramente por ello.

Son momentos importantes para las instituciones universitarias y vivirlos para contarlos es ¡algo estimulante!

 

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