Por una educación humanista. Diez propuestas para el debate (II)

Completo aquí las propuestas para el desarrollo de una educación humanistas en nuestras universidades.

  1. Suscitar el interés por la verdad. La verdad es la meta del conocimiento. Sin ella no puede haber educación. Sin embargo, en nuestra época parece haber entrado en crisis.

Ya sea por el relativismo o por las nuevas formas de dogmatismo, cada vez son más quienes consideran que el diálogo como medio de indagación es una empresa fútil, destinada al fracaso. Una educación humanista reconoce que vivimos en un mundo fragmentado y complejo, donde es difícil encontrar respuestas a las grandes preguntas.

Lo decisivo es que los estudiantes den los primeros pasos en dirección hacia la verdad: no todas las posturas ante un mismo problema pueden ser igualmente válidas; quien propone algo lo hace porque lo considera mejor, más verdadero o razonable; la razón es una brújula que permite orientarse en el pensamiento.

Lo característico del humanismo es suscitar el interés (o el amor, si se prefiere) por la verdad. Sin ese interés, el campo del saber permanece cerrado. Encontrar la verdad (o la justicia, que es una de sus formas) es difícil, pero no imposible. Sería un gran avance que la verdad fuera el horizonte de toda actividad intelectual. Para empezar, ayudaría a cambiar una organización social basada en la lógica del poder.

  1. Reivindicar el conocimiento total. En la educación superior se ha impuesto el modelo de la «multiversidad», donde el ideal de la unidad del saber ha quedado sustituido por la atomización del conocimiento, como viene recordando desde hace medio siglo Alasdair MacIntyre.

Sabemos cada vez más y más de menos y menos. Y el proceso no parece tener fin. La educación en sentido genuino necesita tener en cuenta todos los saberes. Uno de los más olvidados en nuestro contexto es la teología. Las preguntas sobre Dios habitualmente quedan fuera de las aulas, como si la religión fuera una cuestión meramente de creencias subjetivas.

Una educación que incluya las preguntas últimas no puede excluir las aportaciones que se hacen desde la teología. Naturalmente, las valorará con el mismo criterio que las demás ciencias humanas. Aunque en nuestro contexto educativo esta idea pueda parecer extraña, es común en otras tradiciones universitarias.

No se trata de algo sólo para los creyentes, sino para cualquiera que desee comprender la realidad en todas sus dimensiones. La religión ha configurado tan íntimamente la cultura que obviarla conduce a visión incompleta o deformada.

Por otro lado, nos cuesta reconocer que, en educación, la neutralidad es una quimera. No hay hechos sin interpretación. Siempre se enseña desde una tradición intelectual y a partir de una serie de prejuicios.

Incluso en los planteamientos «genealogistas» con frecuencia falta el reconocimiento de que sus sospechas y análisis en términos de poder se hacen desde una cierta concepción del saber y de la sociedad. Es fundamental desarrollar la conciencia hermenéutica para hacer explícitos los presupuestos, de modo que cada estudiante pueda comprender su lógica interna y tomar postura ante ellos. Se cultiva así un «hábito de la distancia» que resulta liberador.

  1. Incluir la educación ética y del carácter. La preparación profesional que se adquiere en la universidad no puede obviar los aspectos éticos, porque en el desempeño de su trabajo las personas se enfrentarán a dilemas morales.

Desde una perspectiva humanista, que considera las instituciones educativas como lugares de crecimiento personal, esa educación ética no queda limitada a su dimensión teórica (saber qué es lo justo). También incluye la puesta en práctica (aprender a ser justo), es decir, el cultivo del carácter.

En la secundaria y el bachillerato hay cierto consenso acerca de la conveniencia de atender a las dos dimensiones. En la universidad debería suceder lo mismo. Es cierto que a ella llegan quienes son ya legalmente adultos (aunque todavía en una etapa de desarrollo personal). Sin embargo, las universidades son comunidades humanas donde surgen inevitablemente cuestiones de integridad, respeto o amistad.

Aunque aún haya pocos, los programas de educación del carácter para universitarios demuestran que es posible conjugar el respeto a la libertad y al pluralismo de concepciones sobre la vida con el objetivo de ayudar a madurar éticamente. No se trata de hacer pasar a los estudiantes por un molde, ni de «habituarles» para adquirir destrezas (skills) por medio de determinadas prácticas, sino de crear los contextos adecuados para que se ocupen del «cuidado de sí».

En sentido estricto, la virtud no se puede enseñar, pero sí es posible diseñar un entorno educativo (una comunidad) en el que profesores y alumnos actúen como «parteras», por medio del diálogo y la convivencia.

  1. Lo decisivo son las personas. Una universidad es, ante todo, una comunidad intelectual, un lugar de convivencia culta entre estudiantes y profesores. Por eso, las actuales tendencias individualistas resultan problemáticas.

No solo se ha atomizado el saber, sino también las unidades académicas. A pesar de lo que pueda parecer, el futuro de las instituciones educativas no depende de lo estructural u organizativo, sino de las personas.

Lo que falta hoy en día es una mayor colaboración entre los profesores. La asfixiante burocracia, con su lógica procedimentalista, se extiende allí donde no hay formas de solidaridad primaria. Para ofrecer una mejor educación a los estudiantes, lo decisivo es elegir bien y cuidar a los profesores. Las metodologías y los recursos pueden ser de ayuda, pero nunca sustituirles.

  1. Leer a los clásicos. Es el último principio pero, desde luego, no el menos importante. El mejor predictor del éxito de un proyecto de educación humanista es que se lea y, en concreto, que se lean libros clásicos (antiguos y contemporáneos).

Su lectura abre las puertas del saber, tanto por sus contenidos como por las capacidades intelectuales que pone en práctica. Al leerlos se entra en contacto con la tradición y se ejercita la capacidad de juzgar: ningún libro clásico es plano o vulgar. Reflejan lo real en toda su riqueza y complejidad. Dan testimonio de lo mejor y peor de la humanidad. Son, por eso, una escuela de vida.

Hay muchas formas de leer a los clásicos, todas enriquecedoras. En la tradición de la educación liberal es habitual hacerlo en los llamados «seminarios de grandes libros». Se trata de una metodología que nada tiene de original: propone dialogar en clase acerca de los libros siguiendo el «método socrático» y redactar ensayos argumentativos sobre cuestiones existenciales. Su objetivo es el de cualquier forma de educación desde la infancia: enseñar a leer (cuidadosamente), escribir (de manera persuasiva) y argumentar (con rigor). No es poco.

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universídad es el blog de Studia XXI, un foro crítico cuyas propuestas están encaminadas a debatir y provocar la adopción de medidas eficientes en educación superior.

 

 

 
Comentarios
  1. Elsy Medina dice: 07/04/2022 a las 17:13

    Opino que es muy interesante el planteamiento del Prof. Jose Maria Torrealba, en general atravesamos una crisis en nuestras universidades. Ocasionalmente, hablar o plantear ideas sobre la etica y la lectura no resulta tan interesante, para los estudiantes y docentes, como uno espera. Son dos temas trascendentales analizándolos desde la axiología y la lingüística, yo estoy feliz de leer este interesante documento porque me permite conversar, poner sobre la mesa e incluso generar discusion sobre estos puntos bien explicados por el Profesor Torrealba. Gracias, Elsy Medina. Docente Universidad de Carabobo. Valencia – Venezuela

  2. José María Torralba dice: 10/04/2022 a las 00:44

    Muchas gracias por su interés, Delsy. Ojalá se genere discusión sobre estos temas, como dice.

  3. Vilma Salcedo. dice: 20/04/2022 a las 01:56

    Es muy acertado el debate que plantea José María, pues hoy se ha relativizado la verdad, se justifica el parágmatismo y se ha negado la perspéctiva ética como un límite necesario a la sociedad y a la moral de cada persona, negar la verdad es un gran problema que permite todo en nombre del poder de cada sujeto. La moral debe responder a la cultura y los valores éticos de aspiración social universal, la propuesta es genial desde la léctura de los clásicos, y los aútores látinos serían nuestro referente cultural mas idóneo en nuestros territorios donde se han negado las raices históricas y la violencia que nos sembráron desde la colonia hasta hoy.
    Saludos desde Soacha, Cundinamarca, Colombia.


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