Libertad y Comunidad: ética para la Universidad en llamas

Hace ya tiempo que se adormeció el estupor causado en la Universidad española por los primeros escraches a profesores y ponentes. Se trata de un fenómeno que venía produciéndose desde hace algún tiempo al otro lado del Atlántico y que se ha instalado en Europa, y en España en particular. En su momento parecían casos aislados, como el que tuvo lugar en la McMaster University con el profesor Jordan Peterson. Se trata, no obstante, de un fenómeno que poco a poco ha ido afectando, como un tumor, a intelectuales y profesores de universidades de todo origen, disciplina y adscripción ideológica, con mayor incidencia en las áreas vinculadas a las Humanidades y las Ciencias Sociales.

España se incorporó a esta corriente en 2010 con el boicot que Rosa Díez sufrió en la Universidad Complutense de Madrid cuando se disponía a impartir una conferencia. La metástasis se confirmó cuando, en 2020, uno de los asistentes a aquel boicot recibió el mismo trato en la misma universidad cuando se disponía a hablar ante un grupo de alumnos. La conexión entre estos dos sucesos parece dar la razón a la descripción que Hannah Arendt hizo de lógica revolucionaria: “El revolucionario más radical se convierte en conservador al día siguiente de la revolución” (On Revolution).

Con el tiempo, el acoso y boicot a profesores por razones ideológicas se ha ido convirtiendo en un fenómeno lamentablemente frecuente, especialmente en el ámbito anglosajón, con Kathleen Stock, hasta hace poco profesora de la Universidad de Sussex, como una de sus últimas víctimas. En España, los episodios más frecuentes los vemos allí donde el nacionalismo somete a la universidad a una tensión sobreañadida a la que ya experimenta el ámbito universitario del resto del país.

Universidad y poder político

Más allá de la indignación que puedan provocar hechos como estos, el fenómeno vino a cristalizar el contagio de la Universidad de una conflictividad que era ya una realidad en el espacio de lo político. A nadie resulta ajeno que el nivel de agresividad que vemos aumentar poco a poco en la universidad va en paralelo con el que vimos primero en las calles, poco antes de la crisis económica, y más tarde en los parlamentos y medios de comunicación.

En cierta manera, parece lógico que así sea si asumimos que hay verdad en la idea de que la Universidad no es ajena a la política. Es más, no solamente no es ajena, sino que sus efectos sociales son los de un poderoso aparato de producción cultural, ideológica e incluso de estratificación social, como señalan autores como Manuel Sacristán, recientemente reseñado en estas páginas.

Sin embargo, pudiendo asumir algunos de los análisis que se hacen de la función de la Universidad en estos términos, permanece inviolable la idea de que su auténtica misión, su aportación más específica a la sociedad, consiste precisamente en ser un espacio fundado específicamente para el diálogo en libertad. Pertinentes como puedan ser los análisis de su existencia y actuación a otros niveles, desconocer esta misión pone en grave peligro, no solo la institución universitaria, sino aquello que la sociedad reclama de ella.

Dialéctica y creatividad

La teoría de juegos de John Nash nos muestra que, en contextos de tensión entre distintos oponentes totalmente desvinculados, existe la oportunidad de alcanzar equilibrios. Así se ve una y otra vez en la guerra, en el mercado y así se ve también en política. No obstante, nos muestra también que a menudo los equilibrios que se obtienen en estas condiciones no son los mejores posibles. Para alcanzar el mejor resultado posible para todos los actores sería necesario eliminar uno de los condicionantes: sustituir la desvinculación por el compromiso. Si los participantes en el juego se vuelven “previsibles” por el compromiso mutuo, es mucho más probable que el resultado beneficie a todos en mayor medida.

La Universidad debe ser el lugar donde un mayor compromiso ético entre sus actores permita esperar resultados mejores que los de otros ámbitos de la actividad humana.

Esta sencilla idea matemática nos sirve para aproximarnos al valor de una realidad, la Universidad, cuyo diseño institucional está ordenado en gran medida a preservar la libertad de juego de todos sus actores, por lo menos en un grado mayor de lo que permite el conflicto al que están abocadas otras instituciones. Allí donde los resultados posibles de otros ámbitos de la actividad humana como la política o el mercado están tremendamente condicionados por la lógica del conflicto, la Universidad se erige como el lugar donde un grado mayor de compromiso ético entre los actores permite esperar un abanico de resultados mucho mejor. La Universidad se convierte así, cuando es lo que está llamada a ser, en una atalaya desde la que mirar más lejos, en un faro que permite a las sociedades contemplar posibilidades distintas a las que se derivan de la mera suma de fuerzas de otros órdenes.

Compromiso con la libertad

La libertad, de cátedra, de pensamiento, de expresión, de intercambio de pareceres e ideas que es inherente a la institución universitaria permite a la Universidad distanciarse de las luchas de poder del mundo para constituir un ámbito más auténticamente creativo, que excede los límites de la dialéctica que ordena la actividad humana en otros ámbitos. Mas esto solo es posible mediante el compromiso ético de todos sus actores de preservar dicha libertad, sin la cual la institución universitaria acaba fagocitada y convertida en un instrumento más de los poderes del mundo.

De la Universidad, por tanto, podría decirse análogamente aquello que dijo Chesterton de la Iglesia: Si el mundo se vuelve demasiado mundano, tendrá a la Universidad para reprenderlo, pero si la Universidad se vuelve demasiado mundana, ¿quién habrá que pueda corregirla?

Universidad y comunidad

A nadie se le escapa, sin embargo, que la garantía de libertad por sí sola no es capaz de producir los frutos que la sociedad espera de la Universidad. Es perfectamente posible que el mero respeto a la libertad del otro no tenga nada que ofrecer, por sí mismo, más allá de un diálogo de sordos en el que cada uno dice la suya. Una Universidad así no sería más que una suma de voces que, sin orden ni concierto, termina por provocar el Babel de los saberes universitarios al que a menudo se parecen las discusiones académicas.

La libertad sin ninguna tensión hacia la comunidad termina por provocar el Babel de los saberes universitarios al que se parecen nuestras discusiones académicas.

Para que la libertad fructifique es preciso que sea cierto aquello que de la Universidad dijo Alfonso X el Sabio en su definición: que sea un “ayuntamiento de profesores y alumnos”. La imagen de la yunta es tremendamente valiosa, pues quienes están bajo ellas no solo están el uno al lado del otro, sino que sus esfuerzos, por diversos que estos puedan ser, se dirigen en la misma dirección.

¿Qué hacer con las discordias?

Es evidente que la vida universitaria no está —ni es razonable esperar que esté— libre de discordias. Interfieren elementos tales como la distribución de los presupuestos y la asignación de docencia, investigación y responsabilidades de gestión hasta los intereses personales o diferencias de orden ideológico. Si le sumamos el hecho de que quienes estamos en la Universidad no somos ajenos a las luchas del mundo, parece casi naif pretender despojarnos de la armadura al cruzar el umbral de las facultades, enterrar el hacha y revestirnos de la toga para dialogar con aquellos a quienes en otros ámbitos quisiéramos acallar. La cultura de la cancelación de la que hace unos días nos escribía Dídac Martínez en estas páginas es una señal inequívoca de lo que pierde la Universidad al verse sometida a intereses que le resultan extraños. Todo parece conspirar siempre a favor de la disgregación de la comunidad universitaria.

La comunidad como principio regulador

Esto parecería convertir en un ideal inalcanzable la idea de una comunidad universitaria. Sin embargo, este pesimismo solo denota una mala comprensión de lo que constituye la comunidad.

La comunidad no es el destino ideal de cualquier género de grupo humano, el arquetipo de la perfecta comunión de intereses e ideas, del todo distinto a la realidad de nuestras discordias presentes. La comunidad es, más bien, la realidad valiosa que está ya germinalmente presente en cada grupo humano que se reúne con un propósito. Siendo esto así, la comunidad es el principio regulador —tanto de la conducta individual como institucional— que permite ordenar al grupo humano para la conservación y cultivo del bien que persigue.

La idea de que la Universidad debe ser comunidad es inherente a la misión de la Universidad, que no es otra que el esfuerzo continuado por alcanzar la verdad. Quienes desprecian la necesidad de hacer de nuestras universidades auténticas comunidades capaces de acoger diversidad de perspectivas lo hagan acaso por estar convencidos de haber alcanzado la verdad absoluta, no necesitando por tanto siquiera de universidades.

Comunidad universitaria y diversidad de saberes y corrientes

Así, la Universidad se nutre y necesita precisamente de la participación de los distintas disciplinas y corrientes de pensamiento, pero no como voces que, aisladas entre sí, aspiran a ganar adeptos dentro de las facultades y los grados. En su lugar, precisa de voces que aspiren a mezclarse, a discutir, a enfrentar ideas, sabiendo regularse a sí mismas según la conciencia de comunidad que evita que las discordias conviertan en enemigos a quienes están bajo una misma yunta y persiguen un mismo bien.

La voluntad de sostener la comunidad universitaria solo se construye sobre la confianza de que sin la comunidad es imposible aspirar a la verdad.

Este compromiso con la libertad y la comunidad universitaria debe empujarnos a todos, profesores, investigadores, alumnos y personal de gobierno y administración de las universidades, a descubrir en quien tenemos por oponente un bien necesario y valioso para el fin que perseguimos como universitarios. La comunidad, como principio regulador, exige de cada uno de los actores una constante voluntad semejante a una fuerza centrípeta, aglutinadora, que solo puede mantenerse sobre la confianza de que sin la comunidad nos es imposible alcanzar el bien al que aspiramos.

Un ejemplo de este esfuerzo, tremendamente costoso, pero absolutamente necesario, nos lo proporciona la magnífica expresión de Von Balthasar que nos invita a “saquear a los egipcios”. La referencia, de origen bíblico, se refiere al trasladarla al ámbito intelectual a la voluntad de tomar de los demás todo aquello que pueda integrarse bajo nuestra propia comprensión del mundo. Esta apertura radical no solo permite acercar las posturas cuanto sea posible, sino que también nos obliga a la escucha que nos permite ser corregidos, confirmados, ampliados y enriquecidos en nuestra comprensión de la realidad. Solamente así permitimos que nuestras disciplinas, saberes e ideas no se encierren a sí mismos en la torre de las ideologías y permanezcan siempre al servicio de lo que la sociedad espera de ellas.

 

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