¿Una nueva universidad o la nueva universidad de siempre?

Se puede leer y ver en multitud de artículos y vídeo-blogs que la universidad española (y sospecho que la de muchos otros países también) han hecho en tiempo récord el camino desde la presencialidad hacia la virtualidad. Todo ello, sin parar la actividad ni renunciar a la calidad de la enseñanza, de la investigación, de la devolución de conocimiento a la sociedad en forma de proyectos y nuevos servicios. Faraón Llorens ha explicado este proceso en un artículo publicado en este mismo foro y que tituló “Docencia de emergencia: cómo cambiar el motor en pleno vuelo”.

La adaptación “de golpe y a la fuerza” como señala el autor, ha sido espectacular, ciertamente. En la Universidad Europea (UE), por ejemplo, se han seguido impartiendo todas las clases programadas en formato presencial, ahora en formato a distancia, con la misma duración y con los mismos resultados de aprendizaje. Las reuniones semanales que los socios de la Asociación de Enseñantes Universitarios de la Informática (AENUI) mantienen desde finales de abril sirven para poner de manifiesto que este esfuerzo ha sido compartido por todo tipo de instituciones, ya sean públicas o privadas.

Las excepciones -que sin duda las ha habido- han sido pocas, provocadas por la necesidad de utilizar algún equipamiento que solo se encuentra en los laboratorios del campus, ahora cerrado a cal y canto.

Capacidad de reacción no es lo mismo que capacidad de transformación

Si bien los cambios habidos y por haber son ciertamente palpables aquí y allá, es inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿y si lo que está poniendo de manifiesto este virus es nuestra capacidad de reacción a un problema externo que momentáneamente trastoca nuestra capacidad de movimiento? Si eso fuera cierto, quizá sería más correcto hablar de capacidad de adaptación o reacción y no tanto de transformación de las universidades.

La universidad, como concepto, siempre está en crisis. Por su propia naturaleza se plantea quién es, cómo debe servir a la sociedad y hacia dónde debe crecer y desplegarse. Y es, precisamente, ese diálogo crítico lo que le ha permitido adaptarse al devenir de los tiempos.

No obstante, tampoco hay que olvidar que la universidad tiene una fuerte carga de inercia. Una fuerza centrípeta que reacciona, haciendo las veces de freno, frente a los intentos de cambios bruscos. Al escuchar o leer a muchos responsables universitarios sobre la transformación experimentada en la universidad española por el confinamiento, parece entreverse muy a menudo algo parecido a la coletilla “mientras no podamos hacerlo de otra forma”. Es decir, la universidad se adapta, se transforma y se hace más digital por imperativo legal. O, mejor dicho, por imperativo sanitario.

En ese sentido, mi razonamiento es que estamos dispuestos a hacer lo que haga falta temporalmente. Pero, en cuanto podamos, volveremos a hacer lo mismo de siempre y de la misma forma que siempre. ¿Por qué? Porque funcionó, porque ya tenemos todo preparado para esa realidad y porque nos sentimos cómodos en ella. Porque aquella realidad estaba hecha a imagen y semejanza de los que ahora formamos parte de la comunidad universitaria. Si no encajabas en el modelo, no entrabas. Si estás dentro es que encontraste la forma de entrar, de permanecer y puede que hasta de medrar en ese sistema.

¿Faltan estímulos para mantener los cambios realizados en la universidad?

Así que, cuando llegue la “nueva normalidad universitaria”, ¿qué estímulos harán que procedamos a funcionar de una manera distinta? Esto quizá es el elemento del que menos se habla, cuando podría ser el más importante.

Por poner una metáfora más cotidiana: este confinamiento ha sido como la situación en la cual un médico prescribe una dieta (una dieta de aulas y contacto directo con nuestros estudiantes). Pero, si realmente quisiéramos un cambio real, una transformación sostenible y duradera, lo que haríamos es adquirir unos hábitos de alimentación y ejercicio saludables. Y no simplemente seguir temporalmente una dieta.

Las universidades, con sus docentes, estudiantes y personal de apoyo, ha demostrado que es capaz de adaptarse y de cambiar los motores de la nave en pleno trayecto. Pero, de momento, nada más.

Para hablar de transformación, nueva normalidad o conceptos similares conviene explorar un poco más sin dejarse arrastrar por el triunfalismo reinante. Tampoco conviene dejarse llevar por la emoción de haber conseguido no estrellar la nave y haber cumplido con el expediente (de manera notable, todo hay que decirlo).

¿Es sostenible la transformación digital que ha vivido la universidad?

El paso de la presencialidad a la virtualidad es un hecho. No obstante, si queremos hablar de transformación digital, ello debería llevar consigo algún tipo de rastro en muchos elementos propios de la vida universitaria.

En ese sentido, para responder a si la citada transformación de la universidad es sostenible y será duradera puede ser interesante fijarse aspectos concretos e intentar inferir, a partir de la huella que dichos cambios hayan dejado, si podemos hablar de una verdadera transformación universitaria y digital.

Para ello, no obstante, habrá que fijarse en lo que ocurra a partir del próximo curso y en los siguientes. Será entonces, centrando nuestra atención en el modo en que se imparte docencia, en el modo en que se lleva a cabo la investigación, y en el modo en que tiene lugar la transferencia, cuando podamos establecer conceptos precisos para describir los cambios que están teniendo lugar en la universidad.

Se necesitan nuevos formatos para una transformación de la universidad duradera

La nueva realidad universitaria se va a parecer mucho, me temo, a la universidad de siempre. Al menos si seguimos replicando los formatos de docencia, investigación y transferencia. Seguramente no es la universidad que querríamos construir y no será la que digamos que estamos haciendo, pero será la que tengamos. Conviene emplearse a fondo para influir en esa reconstrucción universitaria para que se parezca mucho más a lo que la nueva realidad necesita. Siempre en proceso, siempre en gerundio.

Si de verdad queremos una verdadera transformación en la universidad, deberíamos estar explorando -no solo a corto plazo- nuevos formatos. Sin embargo, me da la impresión que dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo en solventar lo urgente e inmediato y en explicar que “eso que hemos hecho” ya es la transformación digital necesaria, en lugar de acometer reformas en el sentido deseado. Y ello nos conducirá, según mi opinión, a una nueva universidad muy parecida a la de siempre en cuanto la situación lo permita.

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Comentarios
  1. José Fernando Calderero dice: 02/07/2020 a las 11:16

    Indudablemente es plausible el esfuerzo que han hecho muchos profesores para impartir las clases mediante dispositivos digitales en línea. Pero… si seguimos manteniendo conceptualmente el viejo esquema de considerar la clase el medio de transmitir en voz alta, aunque sea «a distancia» los contenidos que se han de aprender los alumnos no habremos avanzado ni un mm desde los tiempos de Felipe II, en los que, por ejemplo, en la Universidad de Salamanca (en 1575) estaba prohibido dictar apuntes porque «entorpecía el discernimiento de los estudiantes» y los profesores que desobedecían eran multados con varios maravedíes. Si hacemos eso mismo mediante plataformas virtuales no nos creamos que hemos «innovado» pedagógicamente. La imprescindible, y urgente, reforma universitaria pendiente es que, con independencia de los instrumentos utilizados, los profesores y alumnos desarrollen el sentido crítico, dejen de difundir acríticamente teorías (que muchas de ellas, solo son ocurrencias) y se comprometan «hasta las cachas» en la búsqueda de la verdad sin sesgos ideológicos apriorísticos. Si además dominan las competencias digitales, mucho mejor, me parece a mí.


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