Asistir o no asistir

El dilema de la presencialidad universitaria

Las nuevas tecnologías han venido para cambiarlo todo en el mundo universitario, fuera y dentro de las aulas, como casi todo en la vida. Bien lo sabemos.

En la educación superior esta transformación nos da mucho, en términos de conectividad inaudita y de recursos factibles, de documentación masiva y de impacto global; pero parece que también nos está quitando algo, sobre todo en cuanto a la presencialidad en campus y aulas, a nivel cualitativo y cuantitativo. También lo sabemos. Porque eso dicen docentes, eso aparece en las quejas, eso se apunta en informes, eso se siente cada día.

Las clases son aburridas, los docentes no atraen, los contenidos están en internet. Para qué gastar tiempo y esfuerzo cuando todo está a golpe de clic. Los alumnos no atienden, no participan y no preguntan, vienen a cuentagotas o salen de clase en medio de la explicación. Para qué complicarse sí se puede limitar todo a exponer un simple power point y listo. Dilemas en los actores de las universidades presenciales, mientras la oferta online se dispara desde instituciones privadas que parecen muy adaptadas al entorno, y desde públicas que comienzan a modificar sus grados a inevitables formas semipresenciales o a distancia. Y no solo en los codiciados máster.

¿Se quedarán las aulas vacías?

Un fenómeno posiblemente colateral de esta transformación: el vacío real o simbólico de las clases no obligatorias, de las lecciones magistrales, de las tareas voluntarias cara a cara, de las reuniones grupales con profesores y compañeros, en diferentes grados. Así aparece en las noticias: docentes que alertan del vaciamiento sin freno de aulas, de su frustración al quedarse a veces casi a solas, de que se pierde la valiosa interacción en la generación del conocimiento, de la apatía entre personas que apenas se conocen a lo largo de un cuatrimestre; y alumnos que se quejan de métodos antiguos o inútiles encorsetados en lugares y horarios reglados, que no pueden compararse con las contenidos rápidos y adictivos que disfrutar a cualquier hora, y que no sirven para inmediatas integraciones laborales profetizadas desde la red.

Las plataformas digitales comenzaron el camino, la pandemia aceleró el proceso, y saltarse las clases se ha convertido, parece, en la norma y no en la excepción.

Fernando Ojeda, catedrático de Botánica de la Universidad de Cádiz, hizo viral una carta dirigida a sus alumnos donde denunciaba que, a la vez, se “engañaba a los alumnos” y los “alumnos se engañaban” a sí mismos ante “la falta de asistencia generalizada”. Un absentismo creciente que, a su juicio, era un “mal endémico de la universidad española” desde hace tiempo provocado, a la vez, por demasiadas clases enciclopédicas de profesores derrotados, y por clases desiertas de alumnos sin capacidad de esfuerzo, poniendo en peligro el avance material e inmaterial conseguido en la educación superior.

¿Cuáles son las causas y cuáles las alternativas?

Diagnóstico

Claramente es variado y las soluciones parece que también. Hay centros, no tantos como parece, que optan por la obligación formal de asistir, incluso con recursos telemáticos de registro; otros optan por la semipresencialidad oficializada en planes de estudio o guías docentes renovadas al año siguiente; bastantes siguen el mismo camino de siempre sin atender, entre la burocracia o el legalismo, a una realidad parece que “endémica” de verdad; y algunos, muchos más de lo que parece, apuestan por innovaciones metodológicas de todo tipo y sin éxito asegurado, para atraer, para seducir, para vender lo adecuado de venir, de atender, de preguntar, de participar. Porque la realidad es la que es, dando o quitando en un horizonte transformado de oportunidades continuas. “Estamos ante una nueva generación de alumnos, formada digitalmente y habituada a otros entornos, incluso de relación personal”, apunta Daniel Vallespín y ante la cual:

“Es lógico pensar en el diseño y construcción de una nueva aula universitaria diferente de aquella que fue propia de la segunda mitad del siglo XX. Con todo, tampoco deberíamos caer en la trampa de diseñar un aula “marciana” que sobre el papel de no pocos expertos de la pedagogía resulta ideal, pero que quienes bregamos, día a día, con la docencia, sabemos que también, cuando menos hoy, todavía tiene mucho de utópica y está lejos de ser posible, si es que realmente es deseable, sin filtro o limitación alguna”.

Alternativas

Presencial, semipresencial y a distancia. Opciones variadas para situaciones variadas en esta transformación sociocultural imparable, bajo la omnipresencia de las redes sociales, los contenidos a demanda, los aparatos electrónicos y las pantallas digitales.

Todo puede convivir, todo debe convivir, respondiendo a las distintas situaciones personales y colectivas en la vida personal y laboral cambiante. En el equilibrio está la virtud (areté) decía Aristóteles, o debería estarlo.

Pero los riesgos existen para la presencialidad, la parte “más débil” de esta plural oferta ante la atracción sin freno del conocimiento virtual, de una parte, y la rentabilidad que se exige en todos los procesos productivos, de otro. Ante menos alumnos que vienen podría ser lógica, desde criterios de eficiencia, eficacia y calidad, la tentación de pensar en reducir el número de nuevo ingreso, los grupos y turnos en cada curso, o la oferta de titulaciones sobre previsiones de matriculaciones, permanencia o abandono. Y a menos alumnos que asisten podría ser inevitable, desde lógicas puramente mercantiles, optar por trasladar, íntegramente, las clases de aulas reales costosas a aulas virtuales asequibles, ahorrando luz y agua.

Parte de un cambio social

Los alumnos no son como antes, empoderados ahora por un conocimiento inmenso e instantáneo en la red con el que cuestionar, desde primero de grado, al profesor y su forma de dar las clases; ligados a artefactos tecnológicos con los que formarse e informarse en esa misma clase o fuera de ella al margen del docente; y con un mutada capacidad de atención ligada a esa viralidad que le lleva a desechar rápidamente los contenidos o la forma de exponerse que no se adecue a su perfil biodigital personal. Y los docentes tampoco son como antaño, cada vez más familiarizados con ese mundo tecnológico, por supervivencia sobre la tarima o ante la ANECA, y del que sus alumnos son nativos, pero con formatos para dar sus clases que inevitablemente entra en colisión, en muchas carreras, a la hora de educar, compartir y evaluar in situ.

Se observa que el problema o la alerta se encuentra en los grados, precisamente en los grados. Más allá de puntuales problemas familiares o en el trabajo, el absentismo posible y creciente en numerosos grados de geografías diferentes responde, quizás, a causas más profundas y más comunes. Unas marcadas por este realidad digital que deja obsoletos a velocidad de vértigo propuestas de antaño, y otras por esa corriente evolutiva que prima marcos de autoformación teledirigida e individualizada, viral y selectiva sin referentes estables de supervisión académica o erudita, y que en numerosas ocasiones no se puede entrelazar, todavía, con lo que se dice y se hace en un aula normal y corriente.

Presencialidad o no presencialidad.

 Presencialidad o no presencialidad. Ahí está la cuestión en el día a día de muchos campus. Unos no entienden para qué entrar y otros por qué no obligar.

Porque frente al éxito rotundo, como es lógico, de soluciones cada vez más a distancia, propias de la oferta y la demanda vigente, diferentes autores apuntan la necesidad de defender, desde el compromiso y la innovación, la importancia de esa presencialidad que da vida a los entornos, que dinamiza a las comunidades donde se inserta, que conecta a los diferentes y a los distantes, que permite movilidades geográficas y ascensores sociales, que une en el aquí y en el ahora realidades cotidianas, que genera recursos materiales imprescindibles, y que supera tendencias individualistas o separadoras de impacto aún por estudiar.

Adalid Ruiz y Jesús García-Laborda señalaban que el proceso de enseñanza y aprendizaje en entornos presenciales forma a los estudiantes en las distintas realidades del proceso esencial de construcción educativa, para el inicio del mismo a nivel superior y para la posterior continuidad a lo largo de vida, como la presencia constante del mentor en el aula que permite reconocer dificultades que interfieren con dicho proceso, o la colaboración con el par en esa socialización única que se produce en dichos entornos.

Un marco común

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) emitió un llamado a los países para marcar normas que regularan la utilización de la tecnología en el sector educativo, de manera que se evitara reemplazar completamente la instrucción presencial impartida por maestros, incluso en el ámbito de la educación superior. Porque los libros van desapareciendo de las aulas, las bibliotecas se convierten en meras salas de estudio, los alumnos pueden resultar simples números para mantener abiertas facultades o turnos, y en algunos centros los profesores son sencillos gestores de documentos informativos (en acceso abierto) e instrumentos valorativos casi automáticos (desde tareas a exámenes preelaborados).

El informe 2021-2022 de la Fundación Conocimiento y Desarrollo alertaba, y no solo por las consecuencias de los confinamientos durante la pandemia, de la realidad del crecimiento del “absentismo” en las aulas universitarias, como fenómeno local de una realidad global en el mundo occidental. Al respecto, el U.S. Bureau of Labor Statistics ya recogía la reducción constante del número de matrículas para clases presenciales en EEUU desde el año 2018 en detrimento de soluciones formativas online.

E-learning

El e-learning es necesario e inevitable. Una realidad imparable en el mundo universitario a veces como complemento deseado, a veces como competencia directa para la educación presencial y otras veces como alternativa obligada.

Gestores y docentes usamos, a diestro y siniestro, repositorios digitales, revistas electrónicas, TICS o campus virtuales para mejorar el trabajo, acreditarnos en investigación, publicar como sea, conectar con alumnos o para darnos a conocer en este entorno complementario. Y los alumnos se adaptan a estos entornos con presteza, pero cada vez van más allá, al principio y al final de su formación superior.

Según la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), la educación online ha crecido, ni más ni menos, que un 900% en el mundo desde el año 2000, con la expansión de universidades exclusivamente online o desde la adaptación continua de las presenciales. En España, el Observatorio Sectorial DBK de INFORMA subrayaba que el sector de la educación a distancia en España registró un crecimiento del 12,1% en 2021 y del 10,3% en 2022, y el conjunto de las universidades (privadas reconocidas por ley y la UNED) suponían el 46,0% del mercado total.

Aquí y ahora

El futuro, ya presente, es poder estudiar cómo queramos, cuándo queramos y dónde queramos.

E internet, y el metaverso anunciado, lo posibilita de manera exponencial. Las exigencias están en nuestro entorno: conciliación y compatibilización, especialización y digitalización, flexibilidad y reciclaje. Y la universidad responde, como siempre, a los retos del momento antes o después. Pero el reto de mantener la presencialidad, bien reducida, bien adaptada o bien modernizada, sigue encima de la mesa para unos gestores con más competencia y responsabilidad que nunca, evitando perder matriculados en sus aulas; un alumnado que tienen más capacidad de elegir que nunca, incluso desde sus primeros tiempos en el grado, sí entra o no en clase; y un profesorado que, también más que nunca, tiene que transmitir el conocimiento, investigar desde la excelencia, divulgar el saber y llenar su aula, sin morir en el intento.

Medio llenas o medio vacías, depende de cómo salgan las cuentas. Así están muchas de las aulas de las universidades españolas, o eso dicen.

 

Comentarios
  1. Carmen Perez-Esparrells dice: 21/01/2024 a las 13:07

    Una entrada valiente del profesor Sergio Fernández que pone el dedo en la llaga de las nuevas formas de transmitir el conocimiento y la forma de hacerlo en las aulas universitarias. Nos da pistas a los docentes de cómo corregir el tiro sin pasarnos de frenada y advierte de los peligros en la toma de decisiones al respecto de los líderes universitarios.

  2. José Luis Vicéns Moltó dice: 03/02/2024 a las 12:59

    Podemos hablar de empoderamiento, de digitalización, de todo lo que queramos. La realidad es más sencilla: las clases que damos no gustan, tampoco satisfacen las expectativas de los alumnos (contratantes de un servicio concreto), y no son decisivas para las evaluaciones/certificaciones. El alumno contrata algo tangible, las clases, y algo intangible, los derechos de examen y certificación, o sea, “humo”. Extrañamente consumen el humo y no lo palpable. El problema está en el profesorado, no en el alumnado. Comencemos por definir el problema y ser conscientes del mismo.


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