¿Internacionalización, «quo vadis» en la próxima década?

Uno de los cambios más importantes en la educación superior europea durante las pasadas 2 o 3 décadas ha sido el creciente papel de la internacionalización, tanto a nivel regional, como mundial. Si bien se inició a partir de actividades de cooperación universitaria y de valores relacionados con el humanismo y la ciudadanía, su desarrollo obedece a muchos otros factores. Entre estos factores, destacan la globalización de la economía y de los empleos, la acelerada digitalización del trabajo y de la sociedad (con herramientas TIC comunes en todo el mundo, pero con condiciones de acceso y uso muy desiguales) y la cada vez más feroz competición mundial entre países para crear nuevos empleos, atraer más innovadores y conquistar nuevos mercados.

En educación superior, estas tendencias han impulsado la internacionalización como un área clave en las políticas educativas nacionales y las estrategias de las universidades. La movilidad de estudiantes (principalmente asiáticos) que buscan un título extranjero (sobre todo de EE.UU., Reino Unido o Australia) se ha triplicado en una década. También han crecido los programas de intercambio (notablemente, ERASMUS+ en Europa) y de movilidad, tanto entrante (por ejemplo el DAAD alemán) como saliente (como es el caso de muchos países que incentivan a sus jóvenes universitarios para formarse en los países más avanzados o para participar en proyectos de investigación internacionales).

Un nuevo significado de la internacionalización universitaria

La internacionalización empezó a referirse a nuevos conceptos, tales como los títulos conjuntos o la internacionalización en casa, “para todos”. A la vez, se hizo más competitiva, buscando atraer los mejores talentos (estudiantes, investigadores, innovadores, emprendedores), captar nuevos recursos (fondos de investigación, proyectos empresariales, estudiantes extranjeros de postgrado, etc.) e incrementar el prestigio (mediante los rankings). Se ofertaron cursos y títulos a distancia, en modo digital o bajo acuerdos de franchising, y se abrieron campus offshore por todo el mundo.

El reclutamiento de estudiantes extranjeros que pagan una matrícula más alta se ha convertido en un comercio en algunos países y en bastantes universidades de habla inglesa.

A pesar de que se critican mucho por sus “deficiencias metodológicas”, los rankings universitarios internacionales se han impuesto como una realidad ineludible, que tiene un impacto potente sobre las decisiones de gobiernos y de rectores. En vez de la calidad educativa como eje central de la internacionalización universitaria, prevalecen razones políticas, que explican el crecimiento exponencial de ERASMUS+, o comerciales. Un ejemplo de ello es la oferta de másteres cortos para extranjeros en Reino Unido.

Por ello, mucho antes del COVID-19 comenzaron a aparecer señales que alertaban de una cierta desorientación en la internacionalización universitaria.

Un apunte sobre el impacto de la pandemia

Son incontables, a fecha de hoy, los artículos sobre el impacto de la pandemia en la educación superior con referencias a la digitalización forzada de los cursos, el cierre de los campus, la amenaza de fuertes recortes, la crisis en el empleo para los egresados, etc.

De manera casi unánime, se señala que la internacionalización ha sido y será una de las dimensiones más afectadas:

  • Los flujos de movilidad estudiantiles se detuvieron muy pronto y miles de estudiantes quedaron atrapados en sus campus de destino, a menudo en situaciones muy precarias.
  • La digitalización ha impedido los contactos con la comunidad de acogida, que es esencial en la experiencia internacional
  • Los profesores no pudieron viajar a otros campus en el exterior para realizar la parte presencial de sus cursos híbridos
  • Y, entre otros efectos, se suspendieron experiencias en laboratorios, exámenes y trabajos de fin de carrera, así como la entrega de titulaciones.

No obstante, a pesar del caos provocado por las medidas nacionales de confinamiento, de desconfinamiento, de cierre de fronteras y de parálisis del transporte aéreo, así como por la falta de concertación europea, se presume que el impacto del COVID sobre el recorrido de la internacionalización será bastante limitado a medio plazo. Para bien o para mal, se impondrán las tendencias que ya se venían vislumbrando.

La movilidad de los estudiantes universitarios

La actividad internacional más afectada por el COVID ha sido la movilidad. En España se notará la menor presencia de extranjeros europeos y latinoamericanos en los campus. Se estima que, en el año 2021, los principales flujos de estudiantes que busquen un título de la universidad anfitriona se van a reducir a la mitad, o quizá más, según el país de origen y de destino. Previsiblemente, afectará más fuertemente a las universidades (sobre todo de EE.UU., Reino Unido, Australia, pero también de España) cuyos cursos y presupuestos dependen de la presencia y de la matrícula de estudiantes  extranjeros. No obstante, se prevé también que las universidades vayan a aumentar sus esfuerzos de reclutamiento, lo que podría acelerar la recuperación en los años siguientes.

A medio plazo, se espera que el volumen global de este tipo de movilidad no retroceda mucho por la pandemia COVID, sino que haya -como hubo en anteriores crisis- varios cambios en el volumen y en el origen de los flujos (donde Asia, y especialmente China, seguirá como principal proveedor). También habrá cambios en el destino, donde se prevén un descenso en universidades punteras de países caros con idioma inglés y la elección de destinos en zonas más “sanas”.

Donde surgen más dudas es en la movilidad de corto plazo. Es decir, en la movilidad cuya duración no excede un semestre o año académico, organizada en el marco de programas de cooperación e intercambio gubernamentales o interuniversitarios. Generalmente, este tipo de movilidad se ve como algo bueno, aunque no esencial, siempre que sea marginal y no provoque demasiada disrupción en la actividad universitaria “normal”.

La pandemia nos ha enseñado que este tipo de estancias pueden ser arriesgadas por razones sanitarias y jurídicas, y costosas, por las complicaciones ocasionadas para estudiantes y universidades.

Una mirada al futuro inmediato

La mayoría de programas de Study Abroad de las universidades estadounidenses se cancelaron en 2020 y lo más probable es que vayan a pasar uno o más años antes de su reanudación.

En Erasmus+, la digitalización improvisada reveló sus limitaciones obvias con respecto a la exposición a otro idioma y cultura, creando descontento entre estudiantes y tensiones entre socios. Muchos participantes se quedaron sin recursos y su repatriación no fue nada coordinada. Podría también ocurrir que, por primera vez, el presupuesto del programa no crezca fuertemente para el próximo periodo programático (2021-2027).

La expectativa es que una parte importante de la movilidad de este tipo tarde más en recuperarse. Se espera que se vuelva más “selectiva”, dirigida a zonas sanas y hacia destinos menos remotos. Además de que se reduzca más la duración media de las estancias, así como la participación en los programas de los grupos vulnerables.

En cuanto a los otros componentes de la internacionalización, es previsible que no sufran demasiados cambios en su volumen, sus modalidades y sus logros. Es el caso de la internacionalización “en casa”, o “para todos”, que supone que las universidades internacionalicen en profundidad sus currículos y sus campus. Una tarea que, por otra parte, sigue pendiente desde hace décadas. Es el caso también del desarrollo de las escuelas doctorales o de postgrado, con su alto potencial de movilización a nivel institucional. En cuanto a la investigación en proyectos y grupos internacionales, que es una actividad universitaria poco visible en la esfera pública, es probable que se pueda reanudar una vez recuperada la libertad de acceso a los laboratorios. Aunque todo ello posiblemente con menos recursos y una mayor orientación hacia ciertas áreas prioritarias, en especial del sector sanitario.

Es poco probable que la internacionalización universitaria sea muy diferente en la década 2020.

La internacionalización universitaria: pocos cambios previstos para la década de 2020

Seguirá siendo, eso sí, más necesaria que nunca, por los retos que se plantean con respecto a la ecología, el clima, el desarrollo sostenible, los nuevos nacionalismos y el enfriamiento de las relaciones internacionales. Pero no hay señales de que la internacionalización universitaria vaya realmente a entrar en una nueva época histórica.

Parece dudoso que se pueda reorientar hacia los valores de la cooperación, el humanismo y la calidad educativa (los ideales que impulsaron su desarrollo a final del siglo XX), ni que se vayan a reducir las presiones hacia más competencia entre universidades y más comercialización, conclusiones muy similares a las de mi colega y amigo Hans de Wit, en su artículo The End of Internationalisation (International Higher Education n°62, 2011), del que es también co-autor Uwe Brandenburg [1]. Tampoco es probable que se produzca la deseable integración plena de la dimensión internacional en los planes estratégicos, presupuestos y organigramas de las universidades, salvo en algunas, por ejemplo, en los Países Bajos. Lo más probable es que, en la mayoría de ellas, la internacionalización quede como una línea específica, deseable, pero no esencial.

Cabe señalar también que es poco probable que vaya a mejorar el aseguramiento de la calidad de la internacionalización; los sistemas internos de calidad de las universidades, generalmente, no examinan la movilidad estudiantil (entrante y saliente), ni los cursos ofertados en un campus, ya sea propio o ajeno, en el extranjero; tampoco se espera que vayan a pesar más los logros internacionales en los criterios de evaluación y acreditación externa (ni siquiera en los European Standards and Guidelines). Finalmente, no creo que en el futuro aparezcan rankings universitarios menos sesgados y más orientados hacia la adquisición de competencias internacionales.

 

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