Repensar la Universidad
Recientemente he tenido el honor de que amigos queridos y generosos me hayan hecho el regalo de un libro de homenaje con motivo de mi jubilación (“Una pasión universitaria. Escritos en homenaje al profesor Juan A. Vázquez. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Oviedo. 2025).
En una de las partes de ese libro, un grupo de colegas, analistas, responsables y protagonistas destacados de las políticas universitarias de épocas recientes (*), varios de ellos editores de este blog, ofrecen un conjunto muy valioso, y creo que único, de ensayos con sus visiones sobre los cambios y retos del sistema universitario español en las dos últimas décadas.
El balance de dos décadas de avance universitario
Sus contribuciones me han hecho preguntarme si merecieron la pena los esfuerzos entonces desplegados. Decididamente creo que sí, porque hoy tenemos una universidad indudablemente mejor, con avances sensibles en recursos, infraestructuras, enseñanzas, métodos docentes, investigación y transferencia de conocimiento, internacionalización, proyección social y hasta en los lenguajes, que empezaron a recoger términos como emprendimiento o “spin offs”, por ejemplo.
Mereció la pena trabajar para encontrar la senda zigzagueante que nos condujese a Europa y al encuentro con Latinoamérica, contribuir al tránsito de la cantidad a la calidad, de la universidad cerrada a la abierta, inculcar la cultura de la evaluación y procurar poner vida más allá de las normas, porque vida es lo que nunca puede faltar en la universidad.
Visto con perspectiva, me parece, pues, que el balance del sistema universitario español en las dos últimas décadas es el de un formidable avance y una positiva transformación.
Pero es también mucho lo que todavía queda por hacer y habrá que poner la vista tanto en los retos del presente como en el horizonte de nuevas tendencias que pueden afectar sensiblemente al funcionamiento de la universidad.
Problemas persistentes y nuevas inquietudes en la Universidad
Todo parece dicho ya y, a la vez, me parece que todo queda por decir en una institución en permanente cambio como la universidad. Para empezar, son muchos los problemas que persisten y parecen en trance permanente de resurgir.
Buena parte de las necesidades financieras distan aun de encontrar solución. Algunos procedimientos burocráticos han conducido a nuevos desvaríos difíciles de comprender. Los desequilibrios entre oferta y demanda se han acentuado, al igual que la rigidez. En profesorado se dibuja una especie de pirámide pintada del revés. La gobernanza apenas ha observado un cambio cosmético (mandatos rectorales de seis años) cuyos efectos están todavía por ver.
Y, más allá de eso, son algunos procesos de fondo los que me suscitan mayor inquietud. Han crecido imparables las universidades privadas, pero percibo en las públicas más reflejos defensivos que capacidades de reacción para competir.
La autonomía y la libertad académicas se ven amenazadas desde los extremos tanto de las cancelaciones “woke” como de las intromisiones de nuevos inquisidores y nuestra voz no suena tan alta como se debiera oír.
Algunos excesos e incentivos mal diseñados han tenido el efecto de encerrar a muchos profesores en sus despachos y romper los vínculos que componen una verdadera comunidad de “ciudadanía universitaria” y es algo que me resisto a admitir.
La digitalización y la Inteligencia Artificial: retos decisivos
A cuestiones como ésas se suman ahora nuevos y decisivos retos como el de la digitalización. No me refiero solo a la imparable expansión de las enseñanzas “online”, a la que será preciso poner algún coto y unas irrenunciables exigencias de calidad. A lo que me quiero referir es a algo más amplio y fundamental, a la aplicación de la Inteligencia Artificial en ámbitos como el de la personalización de las enseñanzas, la evaluación y relaciones con los estudiantes, el manejo de grandes volúmenes de datos para la investigación, la transferencia de conocimiento y las conexiones con las empresas y la sociedad o la mejora de la eficiencia en los sistemas de gestión y organización. Y para eso resulta imprescindible contar con estrategias ambiciosas y bien definidas, que no acabo de percibir nítidamente en el conjunto del sistema universitario español.
Fenómenos como el de la Inteligencia Artificial ofrecen formidables herramientas y oportunidades que, de ningún modo, podemos dejar de aprovechar, pero comportan, al mismo tiempo, una verdadera revolución en las visiones y concepciones de nuestra actividad y suponen un profundo cambio de paradigmas con enormes implicaciones y retos para la universidad.
Esencias fundamentales de la universidad en cuestionamiento
Algunas esencias fundamentales de la universidad parecen ponerse en cuestión. El cultivo académico de la inteligencia resulta casi pintoresco ante los prescriptores de nuevos credos y versiones absolutas de la verdad.
Las certezas se imponen a las dudas, la audacia a la reflexión y la teoría se supedita a la pulsión imparable de la acción.
Los ritmos sosegados del pensamiento sucumben a la velocidad de un caudal desbordado de información, que requeriría de más y no menos capacitación que es la esencia de la educación. La formidable progresión en los medios convive, en ocasiones, con una colosal confusión en los fines. En fin, hasta los libros parecen, a veces, rarezas transformadas en manuales de instrucciones, mientras en la virtualidad se diluye la calidez de la relación personal.
Por otra parte, se apuntan tendencias y cambios de paradigmas que nos obligan a renovar discursos, perspectivas, planteamientos y enfoques ante los nuevos escenarios a los que nos hemos de enfrentar. Cuando creíamos tener las respuestas, nos cambiaron las preguntas, como decía Benedetti, y por eso es tiempo para repensar la universidad. Además de gestionar, no habrá que olvidar la irrenunciable misión de transformar
Viejos dilemas y la necesidad de repensar la Universidad
Hay viejos dilemas que no se podrán aplazar mucho tiempo más, para que los estímulos de demanda sustituyan a los de oferta como guía en la universidad; las rigideces dejen paso a la flexibilidad y la lógica del control a la del estímulo como recurso esencial para incentivar; el todo gratis se repliegue ante la imperiosa necesidad de valorizar nuestra actividad; y la evaluación se oriente menos al cumplimiento y más a la innovación, para mirar al futuro y no solo por el retrovisor.
No es extraño que cuando la universidad ha perdido el monopolio y ve amenazada su hegemonía en la educación superior, haya incluso quiénes lleguen a cuestionar su propia necesidad.
Pero justamente por eso, se hace más imprescindible que nunca una institución como la universitaria que, eso sí, tendrá que repensarse, rearmarse, y encontrar nuevamente su sitio en una sociedad que está mudando de piel.
Quiero pensar que la universidad será capaz de responder a retos como ésos sin renunciar a sus esencias como ámbito de libertad, valores y creatividad; como institución competitiva, pero ante todo competente; como espacio de reflexión que busque respuestas, pero no deje de hacerse preguntas y cultive la sabiduría y el pensamiento (esas dos palabras casi olvidadas) para convertirse en la universidad del “bien ser”, como ha dicho Emilio Lledó, que es mucho más que el bienestar.
(*) La relación de esos autores es la siguiente: Juan Hernández Armenteros; José Antonio Pérez; Martí Parellada; Ángel Gabilondo; Francisco Michavilla; Rafael Puyol; Salvador Ordoñez; Domingo Docampo; Zulima Fernández; Federico Gutiérrez-Solana; Begoña Cueto; Javier Mato; Javier Uceda; Andrés Pedreño; José Manuel Moreno; José Ramón Chaves; Antonio Arias; Fernando Tejerina; Mercedes Esteban.


Lamento no compartir la opinión de Juan. A. Vázquez de que «el balance del sistema universitario español en las dos últimas décadas es el de un formidable avance y una positiva transformación». Por el contrario pienso que, en general, se caracterizó por un cierto estancamiento en muchos aspectos. Y la prueba más evidente de ello es la larga lista de retos y tareas que tiene pendientes el SUE como él mismo enumera a continuación.
Como un botón de muestra de este estancamiento cito la posición de las universidades españolas en el ranking de Sanghai :En el año 2005, nueve universidades públicas españolas estaban situadas entre las 500 mejores universidades del mundo, y en el año 2025, solo aumentamos en una, pasando a diez.
Bien es cierto que este cierto estancamiento que a mi juicio se produjo no es culpa directa de nuestros gestores ya que en los años 2007-2008 se produjo la crisis financiera que tuvo una lenta recuperación económica de casi diez años y que incidió de forma muy negativa en sectores públicos como la sanidad y la educación.
Lo que si comparto plenamente con Juan A. Vázquez es la amplia lista de tareas y retos pendientes de realizar y conseguir, y entre ellos quisiera destacar el de la reforma de la gobernanza en nuestras universidades públicas. Esta es una tarea, orientada a introducir una mayor eficiencia en la toma de decisiones en las universidades ,que la mayoría de los países de la UE ya la han abordado y que en España sigue pendiente. En este sentido, La CRUE muy pocas veces se manifestó, al menos públicamente, en la necesidad abordar esta reforma. Hoy, las caracteristícas generales que definen la mayoría de estos países de la UE están notablemente alejadas de las del SUE y se impone la necesidad de abrir un debate político y social sobre su reforma.